En las numerosas ocasiones en las que a lo largo de estos años he podido encontrarme con tantas personas que aman a Calasanz y colaboran con las Escuelas Pías, he solido hablarles utilizando un pasaje del Evangelio de San Mateo (Mt 11, 42) que es particularmente significativo y que dice así: “Cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua, a uno de estos pequeños, por su calidad de discípulo, no se quedará sin recompensa, os lo aseguro”.

Me gusta pensar este pasaje como si estuviera dirigido a todas esas personas -muchísimas- que colaboran con el proyecto calasancio en tantos lugares del mundo. Y lo hacen de manera diferente, generosa, sencilla, humilde. ¡Cuánto tenemos que agradecer a nuestros benefactores, a quienes nos ayudan de tantos modos!

Es imposible citarlos todos, no ya sus nombres, por supuesto, sino el modo y manera en el que colaboran y ayudan a las Escuelas Pías, con amor y disponibilidad. Personas que cuidan nuestras iglesias; médicos y enfermeros que nos atienden; personas que cuidan a nuestros ancianos; profesionales que ayudan en la formación de nuestros jóvenes; personas que nos ayudan con sus recursos materiales; personas que dan su tiempo por las Escuelas Pías; personas que oran por nosotros; personas que promueven nuestras vocaciones; educadores y colaboradores de nuestras obras; personas que dan su tiempo sin calcularlo; técnicos que coordinan aspectos de nuestra vida y misión que nosotros no podríamos atender; profesionales que trabajan con nosotros; obispos, sacerdotes y religiosas que se esfuerzan por colaborar; etc. Muchos de ellos son exalumnos, incluso de colegios que ya no existen porque las circunstancias sociopolíticas del país no lo permiten, pero siguen asociados y profundamente comprometidos con la Orden. Es impresionante la lista de personas que colaboran con el sueño de Calasanz ayudando, de múltiples modos, a sus hijos escolapios.

Escribo esta “salutatio” como homenaje a todos ellos, como acción de gracias por su entrega, su amor, su dedicación y su generosidad. Nunca será suficiente lo que hagamos para expresar este agradecimiento, pero creo que es bueno que crezcamos en la conciencia de que, sin ellos y ellas, nada de lo que somos y hacemos sería posible. Y siempre ha sido así, desde el comienzo.

He buceado un poco en los comienzos de nuestra historia, y he visto que desde el primer momento hay muchas personas que ayudaron a Calasanz, de maneras muy diversas. Quizá el más conocido es Ventura Serafellini, el calígrafo que dio clases en San Pantaleo hasta su muerte, y por quien Calasanz tuvo un especial afecto. Es impresionante leer en el contrato que Calasanz establece con el señor Serafellini, en el que estipula su salario, lo que dice al final: “que nuestros hermanos lo tengan como uno de los suyos, y sea partícipe de todas las obras y méritos de la Congregación, porque ha trabajado en este lugar desde el principio en que comenzó esta bendita obra de las Escuelas Pías, con grandísima perseverancia y amor[1]” Eso no impedía que Calasanz, que siempre acompañaba de cerca toda su obra, fuera también exigente con él para garantizar que cumpliera con su trabajo[2].

Pero Serafellini no es el único. Nombres como estos pueden componer el prólogo de la interminable lista de benefactores de la Orden en estos cuatro siglos de camino: los hermanos Castellani de Carcare; la familia Di Falco y Vito Santiago Ferraiolo, de Nápoles; los hermanos Palorsi de Narni o Andrea Baiano, un latinista portugués que vivía en Roma. Todos podéis añadir muchos nombres más a esta lista de personas que, con su amor por la Orden, han hecho y siguen haciendo posible la vida y la misión de las Escuelas Pías. Tal vez sea bueno recordarles en alguna reunión, compartir su recuerdo y sus anécdotas. Si lo hacemos en San Pantaleo, seguro que aparecerá rápidamente el nombre de D. Vincenzo, que durante más de treinta años vino una vez al mes a la comunidad a cortar el pelo de los escolapios de la Curia General.

Me gustaría compartir cinco sencillas reflexiones que tienen que ver con este inmenso don que recibimos, el don de la generosidad de las personas que quieren ayudar a la Orden porque comprenden la trascendencia[3] de la misión escolapia. Son reflexiones que quieren ser también invitaciones o propuestas.

GRACIAS. Quisiera expresar, en nombre de la Orden, nuestro agradecimiento a todas estas personas. Sin duda que lo hemos hecho muchas veces, y lo seguimos haciendo. Pero quiero que conste por escrito en esta carta fraterna. Agradezco a todas las personas que nos ayudan y que se preocupan de que nuestra vida y nuestra misión encuentre los mejores caminos para desarrollarse y crecer. Este agradecimiento lo expresamos de muchas maneras, y de modo especial con la oración. Por eso, vamos a introducir en nuestro “Calendarium Ordinis” una Jornada de Oración por nuestros benefactores, pero no sólo en el recuerdo agradecido de los que ya no están, cosa que hacemos en los días de oración por los difuntos, sino por todos los que -aún vivos- contribuyen a la vida de las Escuelas Pías. Establecemos esa jornada el día 21 de abril de cada año, pues fue en ese día, en el año 1622, cuando falleció uno de los mayores benefactores de nuestra Orden, el cardenal Miguel Ángel Tonti.

CARTAS DE HERMANDAD. Una de las más valiosas maneras que tenemos para reconocer el amor recibido de nuestros benefactores es la concesión de las así llamadas “Cartas de Hermandad”. Ya San José de Calasanz concedió algunas, porque comprendió bien el valor que tenía todo el bien que recibía de tantas personas. En nuestro archivo conservamos el texto del primer documento de “afiliación” que Calasanz concedió, en la persona de los hermanos Atilio y Pedro Palorsi. Dice así el valioso texto calasancio: Es costumbre antigua entre religiosos que a todos aquellos que se muestran aficionados a alguna Orden les correspondan mostrando hacia ellos todo tipo de amabilidad y bondad, haciéndoles partícipes de todas las gracias y bienes que tienen en esas Órdenes. Por tanto, sabiendo nosotros que los Sres. Atilio Palorsi y Pedro Santos Palorsi de Narni, nuestros amables bienhechores, tienen singular afecto hacia nuestra Orden, nos ha perecido deber nuestro admitirles a la afiliación y agregación de todas las misas, oraciones, ayunos, sufragios, vigilias, disciplinas y otras penitencias y buenas obras que se hacen en ella, y particularmente en el ejercicio de la buena educación e instrucción de la juventud. Que el Señor se digne confirmar en el cielo cuanto nosotros les concedemos en la tierra, exhortándoles a hacerse dignos, viviendo, según tienen por costumbre, devotamente. Y en fe de nuestro deseo se ha escrito la presente, firmada por nuestra mano y sellada con el sello de nuestra Congregación[4]

A lo largo de este sexenio, la Congregación General, siempre a propuesta de las Congregaciones Provinciales, ha concedido 65 Cartas de Hermandad, una media de diez cada año. Ciertamente, no son muchas. Quisiera hacer dos propuestas, para que las podáis reflexionar. Pueden parecer contradictorias, pero no lo son. La primera, que consideréis reactivar este precioso signo de agradecimiento, con la concesión de Cartas de Hermandad a nuestros benefactores. La segunda, que seáis exigentes en su concesión, reconociendo de esta manera a aquellas personas que se han distinguido, en verdad, por su amor a las Escuelas Pías. Una Carta de Hermandad ofrece a quien ya es hermano nuestro lo mejor que tenemos: nuestra oración ante el Padre de todos nosotros, por su vida y su plenitud.

PARTICIPACIÓN. Nuestra Orden tiene un Directorio de Participación, y es cada vez más claro que el dinamismo al que se refiere es una auténtica “Clave de Vida” de la Orden. Nuestro documento institucional trata de explicitar, sobre todo, “qué podemos hacer” para acompañar e incrementar la vinculación de las personas a las Escuelas Pías desde cualquiera de las cuatro modalidades. Y eso es bueno. Pero quizá habría que destacar más algo que está en la base del dinamismo de la Participación: que muchas personas colaboran de manera espontánea, simplemente porque aman, porque están agradecidas, porque quieren ayudar. Y eso es central en lo que la Orden quiere impulsar, proteger y bendecir.

El Directorio de Participación se aprobó después de un largo camino recorrido en el seno de las Escuelas Pías, un largo camino de comunión. De hecho, el directorio comienza resumiendo ese camino, antes de describir todos los tipos de colaboración y de explicar las modalidades de participación. Sólo quiero recordar cómo termina el directorio: con un capítulo dedicado a la corresponsabilidad de la Orden para desarrollar, siempre atentos a las novedades que vayan surgiendo, este apasionante dinamismo. Seis años después de la aprobación del Directorio, tal vez es tiempo de dar más pasos concretos, en toda la Orden, para hacerlo realidad.

ACOMPAÑAR. Es quizá una de las palabras más valiosas que tenemos para expresar la dinámica desde la que podemos y debemos situarnos ante tantas personas que nos acompañan a nosotros. Estar cerca, escuchar, consolar, bendecir, acoger, invitar, proponer, formar, exigir, corregir, aprender, todos estos verbos son fruto del saber acompañar.

Acompañemos a nuestros hermanos y hermanas para colaborar en su vida cristiana y escolapia, y para sostenerles también en sus sufrimientos. Nunca olvidemos que el amor por la Orden y por Calasanz también causa problemas y dificultades a quien lo profesa, del mismo modo que la vida escolapia también provoca problemas a quien la elige. Así lo garantizó el Señor, cuando prometió persecuciones además del ciento por uno, y en el futuro, la vida eterna[5]. Y así ha sido desde el principio. Quizá uno de los ejemplos más claros de esto, en vida de Calasanz, es el del citado Andrea Baiano, del cual dijo esto uno de los intelectuales de la época, alguien sin duda muy poco partidario de la educación de los niños pobres, porque lo consideraba un deshonor para las personas de alta categoría social e intelectual. La frase con la que el pensador Gian Vittorio Rossi despidió a nuestro benefactor Andrea Baiano no tiene desperdicio: “acabó sus días enseñando Gramática en las Escuelas Pías, una cloaca en la que confluían las heces de toda la ciudad[6]”. ¡Ánimo, hermanos! Sigan los pasos de Calasanz, aunque eso suponga, en ocasiones, recibir “felicitaciones” como ésta.

CONVERSIÓN. Mi quinta y última reflexión tiene que ver con uno de los dones más significativos que podemos recibir en nuestra relación con las personas que colaboran con nosotros. En muchas ocasiones, de ellos recibimos ejemplos que nos edifican profundamente, y nos anuncian el Evangelio a nosotros, que hemos profesado para ser testigos del Señor. En otras, sus preguntas nos desinstalan. En algunas, sus críticas o sus decepciones nos ponen delante de nuestras propias contradicciones y nos ayudan a superar nuestras tentaciones.

Creo que la llamada a la conversión también nos llega a través de nuestras relaciones. Seamos abiertos a este don, y tratemos de vivirlo desde las claves desde las que puede producir sus frutos: la fe y la humildad.

Termino esta breve carta recordando el punto de partida: “ningún vaso de agua quedará sin recompensa”. A todos nuestros colaboradores, a todas las personas buenas que aman a Calasanz y que expresan ese amor ayudando a los Escolapios de tantas maneras diferentes, vivid alegres y esperanzados porque el Señor ha prometido recompensaros. Y no olvidéis que sus recompensas sólo se comprenden y se viven desde la fe.

Recibid un abrazo fraterno

 

P. Pedro Aguado Sch.P.

Padre General

 

 

[1] Calasanz, Opera Omnia, vol. X, página 11, Documento del 15 de julio de 1618.

[2] Calasanz al P. Castilla: “Escríbame si han dado satisfacción al señor Ventura, y si es constante en ir y atender a la escuela, como espero y creo”. (Opera Omnia vol. 1, página 101).

[3] San José de Calasanz. Constituciones de la Congregación de los Pobres de la Madre de Dios, n. 6

[4]San José de Calasanz. Opera Omnia, vol. X, página 198, documento del 12 de diciembre de 1620

[5] Mc 10, 30

[6] Severino GINER. “San José de Calasanz, Maestro y Fundador”. BAC 1992, página 442, nota 97.