Durante la Visita Canónica General a la Provincia de Hungría tuve la oportunidad de reunirme con numerosos grupos de alumnos de nuestras escuelas. En todas ellas pude dialogar con los alumnos y, en muchos casos, responder a sus preguntas. Quisiera compartir con vosotros una sencilla reflexión al hilo de una de las preguntas más interesantes que me hicieron, y sobre la que todavía estoy reflexionando.

Fue en Göd, una escuela profesional que los escolapios de Hungría llevan adelante, dedicada a jóvenes que buscan abrirse camino en la vida desde situaciones que no son nada fáciles. Uno de los muchachos, un joven de unos 16 años me hizo esta pregunta: ¿Cuándo comenzó usted a creer en Dios? El muchacho se llama Erik, y le recuerdo perfectamente, meses después.

Como es lógico, respondí desde mi propia historia personal de fe, pero también le pregunté a él la razón por la que me hacía esa pregunta. Y su respuesta fue -tal y como yo me esperaba- muy clara: porque estoy buscando mi fe.

Os cuento esta sencilla experiencia porque creo que es muy significativa para nosotros. Quizá a muchos de nosotros, que creemos en el Dios de Jesús desde niños y que en muchas ocasiones esta fe nos ha sido trasmitida desde el propio núcleo familiar, nos resulta complicado acompañar las búsquedas de los jóvenes que están abiertos a la fe o la buscan con afán, pero que no saben cómo encontrarla o cómo descubrirla.

Pienso que estamos ante un desafío extraordinario: testimoniar, suscitar, transmitir, acompañar y educar la fe del joven de nuestros días, que en muchas ocasiones y contextos es lejano a la fe sencillamente porque nunca la ha vivido. Pero buscan.

Mi objetivo con esta carta no es escribir sobre “el anuncio de la fe” de modo general, sino sobre nuestras escuelas y presencias escolapias como espacios desde los que podemos ayudar a los jóvenes a descubrir a Cristo y encontrar la fe. Es quizá una de las aportaciones más importantes que podemos hacer como escolapios.

¿Por qué razón un joven se plantea la pregunta por la fe?

Me hubiera gustado hablar con Erick sobre esto, pero no era posible. Pero me imagino las razones que este joven -y muchos como él-tienen para empezar una búsqueda tan apasionante. Estoy convencido de que Erick se ha hecho esta pregunta desde lo que vive en nuestra escuela de Göd y desde lo que percibe de las personas que le acompañan y en sus propios compañeros.

Una escuela escolapia es una formidable plataforma para ayudar a los jóvenes a plantearse la pregunta por la fe. Las actitudes de los escolapios y de los demás educadores que trabajan en ella, el “alma” que se percibe en la escuela, las prioridades desde las que educamos, las actividades que organizamos, las invitaciones que los jóvenes reciben, los espacios de encuentro con Dios que se ofrecen y que se cuidan, y tantas otras cosas, poco a poco a poco van entrando en el corazón del joven, como el agua por una grieta. Y algunos empiezan a dudar, a pensar, a hacerse preguntas… Y algunos -quizá no muchos- dan el paso de formular y compartir sus búsquedas.

Pero para que esto sea así, los jóvenes necesitan ver el “tesoro escondido” que está en el centro de nuestras escuelas, de nuestra vida y de nuestras razones para vivir. Siempre ha sido así, y siempre lo será. La fe se transmite a través de los signos que la expresan y de la credibilidad de las personas que la encarnan. Por algo decimos siempre -citando a San Francisco de Asís- que “hay que predicar siempre, y si es necesario, con la palabra”.  

¿Cuáles son las posturas de nuestros alumnos ante la fe?

Siendo consciente del riesgo de simplificación, creo que podemos decir que hay varios tipos de posturas ante la fe en el conjunto de nuestros alumnos, siempre dependiendo de los contextos y de las diversas situaciones. Voy a tratar de sintetizarlas:

  1. Jóvenes creyentes, contentos de su fe y deseosos de crecer en ella, de compartirla y de orientar su vida desde ella.
  2. Jóvenes abiertos a la fe, que pueden encontrase más o menos bien en contextos pastorales, pero que no la viven ni les atrae de manera que se planteen posturas u opciones desde la fe.
  3. Jóvenes indiferentes ante la fe, a los que ni les va ni les viene ni les interesa.
  4. Jóvenes negativos ante la fe, contrarios a ella, cerrados o lejanos por propia voluntad.
  5. Jóvenes que nunca la han vivido y que no la tienen en su horizonte vital, pero pueden plantearse su búsqueda en función de las circunstancias que viven. Es el caso de Erick.
  6. Jóvenes de otras religiones, que las viven de modo diverso.

¿Qué les podemos ofrecer a todos ellos? Sin duda, a los primeros hay que ofrecerles procesos de fe desde los que puedan vivir y orientar su vida como cristianos. Es claro que el Movimiento Calasanz es una de las mejores opciones. A los segundos les ayuda mucho recibir propuestas atractivas desde las que puedan vivir aspectos importantes del ser cristiano, con el fin de acercarles poco a poco a los procesos globales que ofrecemos. Los que se sitúan en la indiferencia pueden descubrir el valor de la fe, poco a poco, a través de experiencias, testimonios o reflexiones compartidas.  Los cuartos necesitan, sobre todo, sentir que tienen sitio entre nosotros, que son valorados y queridos y que pueden participar de muchas iniciativas escolapias. A los que son como Erik, les tenemos que acompañar a fondo, ofreciéndoles itinerarios abiertos que les ayuden a encontrase con Jesús, incluyéndoles en tantas propuestas que llevamos adelante. Los que profesan otra religión pueden y deben crecer entre nosotros como hermanos, respetados y convocados, para que aprendan que la religión no es una barrera que separa a los seres humanos.

Pienso que todo esto hay que hacerlo desde escuelas y plataformas escolapias que son claras en su anuncio y vivencia del Evangelio de Jesús. El centro de nuestras presencias es Cristo y su propuesta, que es universal y para todos. Esto no excluye a nadie, sino que se ofrece a todos, y nosotros sabemos que las respuestas son diversas como son diversas las posturas de todos los que participan de nuestras propuestas educativas. Nuestras presencias escolapias tienen un tesoro que ofrecer, y no lo podemos ocultar. Todo lo contrario, debemos ofrecerlo con claridad, respetuosos siempre de la diversidad. Se pueden combinar bien ambas dinámicas.

El Papa Francisco cita en numerosas ocasiones una frase que pronunció Benedicto XVI en la Conferencia del CELAM en Aparecida. El Papa Benedicto afirmó que “la Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”. Es una afirmación muy importante, que nos tiene que ayudar a reflexionar sobre las claves desde las que presentamos la propuesta evangélica a los jóvenes que crecen entre nosotros y desde las que acompañamos sus procesos de búsqueda y de reflexión.

¿Cómo deben ser nuestras propuestas para que sean atractivas desde el punto de vista de la fe?

Esta es una pregunta que debe estar siempre en nuestras reuniones, en las mesas de los equipos que dirigen nuestras obras y que impulsan nuestro ministerio. Y en la de todas las comunidades que quieran, en verdad, ser alma de la escuela. No cualquier propuesta ni cualquier proceso sirve a la causa de la que estamos hablando. Quisiera aportar sólo dos pequeñas claves que creo que son fundamentales y que las veo en muchos de nuestros contextos escolapios. Sólo dos. Os dejo la tarea de completar esta reflexión.  Creo que es una tarea importante, y ojalá la llevemos adelante en nuestras presencias escolapias.

Una propuesta basada en experiencias que hagan que el joven se sienta, a la vez, escuchado y desafiado. Las dos dinámicas son imprescindibles. No basta sólo con “escuchar al joven”. Tenemos que ser capaces de ofrecerle algo que le supere, que le desafíe, que le ayude a comprender que ni él ni sus aspiraciones lo son todo. Escuchar para comprender, desafiar para inquietar y abrir el alma. Las dos a la vez.

Una propuesta en la que quede muy claro a quién proponemos y desde qué visión lo hacemos. Una propuesta en la que se note que el Evangelio está presente, inspirándola y enriqueciéndola. Una propuesta que genere itinerarios, que explicite comunión, que provoque deseos de fraternidad, que ayude a la pregunta vocacional. Una propuesta, en definitiva, capaz de suscitar la búsqueda de “algo más”.

Muchas veces pienso en el joven del capítulo 10 del Evangelio de Marcos. Un joven que fue capaz de hacer la pregunta certera: ¿qué debo hacer para encontrar la plenitud? Recibió la respuesta clara. Y no se atrevió a aceptarla. No sabemos qué fue de él. Pero lo que si sabemos es que supo preguntar y recibió respuesta. No ayudaremos a la fe de los jóvenes respondiéndoles a la baja, como tampoco todos aceptarán ni comprenderán las propuestas. Pero sólo con dinámicas significativas podremos provocar preguntas certeras, y sólo con respuestas desafiantes podremos engendrar caminos de fe. Y ahí deberemos estar, acompañando y compartiendo el camino de los jóvenes que Dios nos envía.

Pidamos a Dios que nos conceda el don de saber desafiar y acompañar. Recibid un abrazo fraterno

P. Pedro Aguado Sch. P.

Padre General

 

SALUTATIO

 

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