Nuestro próximo Capítulo General, que conmemorará el cuarto centenario de la publicación del Memorial al Cardenal Tonti, escrito por San José de Calasanz para defender su proyecto de que las Escuelas Pías fuesen constituidas como una Orden religiosa de votos solemnes, trabajará algunos temas importantes, inspirados en dicho Memorial. Uno de ellos tiene que ver con el título de esta carta fraterna.

Efectivamente, Calasanz insiste con mucha fuerza en una de sus más hondas convicciones: la Orden de las Escuelas Pías irá adelante sólo si los escolapios vivimos la vocación con autenticidad. Dice así, en el citado memorial: “La ampliación y propagación de las Escuelas Pías, según las necesidades, deseos e instancias de tantos, no puede hacerse sin muchos obreros, y no es posible conseguirlos si no tienen gran espíritu y no son llamados con vocación particular; ya que los llamados en general a abandonar el mundo, al no tener espíritu sino de incipientes, necesitan todavía destetarse de las comodidades del siglo y preferirán siempre, como lo muestra la experiencia, alguna Orden ya aprobada en la que después del Noviciado estén seguros de tener la vida asegurada y puedan llegar al sacerdocio, más que ingresar en una Congregación donde, en lugar de estas ventajas, se van a encontrar con otras dificultades que derivan de una vida mortificada por el trato obligado con muchachos, trabajosa por el continuo esfuerzo de su profesión, y despreciable a los ojos de la carne, que considera así la educación de los niños pobres[1]”. 

Es un texto muy fuerte, pero muy iluminador para el momento que vivimos. Calasanz sabe que su proyecto pervivirá si los escolapios son lo que tienen que ser. Por eso insiste tanto en el tipo de religiosos que quiere para las Escuelas Pías. Tenemos muchos ejemplos en sus escritos, y podemos leerlos y reflexionarlos con calma. Yo sólo he querido citar uno de ellos, porque me parece muy significativo para tratar de responder a esta pregunta tan importante: ¿cómo tiene que ser el escolapio? ¿qué escolapio necesita la Orden, los niños, los jóvenes, la Iglesia, el mundo? Calasanz responde: un escolapio con gran espíritu, consciente de su vocación, que no busca ninguna seguridad ni comodidad, sino entregarse a los niños y jóvenes con pasión, aunque nadie valore ni comprenda su vocación, porque los valores del mundo son otros. Este es el escolapio querido por Calasanz. Por eso es fundador, porque pensó en grande.

Quiero añadir una segunda reflexión, antes de pasar a la parte propositiva de esta carta fraterna. Me refiero al proceso de reducción de la Orden, acontecido en vida de Calasanz, y a su restauración como Orden de votos solemnes. Echar un vistazo a la historia siempre nos ayuda, máxime si lo hacemos ante uno de los episodios más significativos de nuestro caminar, el momento en el que parecía que todo se iba a perder. Fueron 23 años de lucha por conseguir la restauración de las Escuelas Pías.

Nuestros historiadores hablan de diversos factores que ayudaron en este proceso. Yo quiero fijarme en los internos, no en los externos. Quiero destacar lo que vivían los escolapios y las opciones que tomaron, porque nos pueden ayudar a comprender lo que hoy tenemos que hacer. Apoyándome en los escritos del P. Enric Ferrer, quiero destacar cuatro aspectos especialmente significativos:

  1. La clarificación de los que realmente querían ser escolapios de verdad, según el estilo de Calasanz. Durante estos 23 años, abandonaron las Escuelas Pías unos 250 religiosos, y quedaron otros tantos. La mayor parte de los que se fueron, ciertamente, no aguantaban ni la escuela ni la pobreza, y no se veía su gran espíritu ni su vocación particular, aunque había excepciones, como es natural.
  2. Llegan nuevos escolapios bien preparados y excelentes religiosos, que se unen a los fieles de siempre (Conti, García, Castelli, Caputi, Berro, Apa, Novari…) y regeneran el tejido escolapio. Nuevas vocaciones tocadas del don de la autenticidad, que entran en la Orden en tiempos recios.
  3. No se cerró ninguna escuela escolapia. Este fue el mejor ejemplo del valor y de la necesidad del ministerio escolapio. Incluso en algunas escuelas aumentó el número de alumnos. Y, sin duda, en las comunidades se vivía con mayor paz, sin la compañía de los intrigantes.
  4. Y se potenció la formación inicial. Ya en 1660, nueve años antes de la plena restauración, se abrió en Chieti un Juniorato con dos grandes escolapios al frente, que entraron después de la reducción: Angelo Morelli (rector) y Giovanni Carlo Pirroni (maestro). Empezaron entonces a trabajar en lo que luego sería la Ratio Studiorum. Los frutos no tardaron en llegar, años después.

Podemos seguir poniendo ejemplos de nuestra larga historia, y serían muy iluminadores. También de nuestro momento actual. Pero me quedo con lo que he dicho hasta ahora, que es más que suficiente para poder compartir con todos vosotros algunas convicciones que, a lo largo de estos años, han arraigado con fuerza en mi interior, y que me ayudan a dar respuesta a esta importante pregunta: ¿cómo es el escolapio que necesitamos? Serán cinco.

Mi primera afirmación es esta: el escolapio que necesitamos no vendrá, ni estará, si nosotros no lo somos ni lo testimoniamos. Es inútil esperar que los que vengan sean los escolapios que necesitamos si no ven en los que estamos algo del escolapio que sueñan ser. No tendrán gran espíritu si no lo ven en nosotros; no percibirán la fuerza de la vocación si no la experimentan en la vida cotidiana; no serán si no lo somos. Por eso es tan valioso el testimonio del escolapio anciano, o de media edad, o joven adulto, pero que cree en lo que vive y lo vive con pasión. Él es el portador de ese gran espíritu. Y por eso es tan destructivo el escolapio vago, sin convicción o generador de malos ambientes. El escolapio que necesitamos, o está en la Orden o no existirá nunca, salvo don inmerecido de quien todo lo puede.

En segundo lugar, creo que en las Escuelas Pías tenemos el desafío de transmitir ese gran espíritu, y eso sólo se puede hacer por la vía de “elevar el nivel”. No estamos aquí para aceptar opciones mediocres ni para ofrecer vidas baratas. Los jóvenes que vengan serán los escolapios que necesitamos si lo que respiran en la Orden es exigencia, convicción, estilo de vida definido, cuidado de las claves fundamentales de la vida consagrada escolapia. Sólo ahí aparecerá la auténtica alegría, la fraternidad que sostiene y hace crecer, la misión que da frutos y la serenidad de quien sabe que está dando la vida por algo que realmente vale la pena. Lo mismo podemos y debemos decir del proceso de integración y consolidación del laicado escolapio.

No creemos en barnices externos, sino en transformación interior. No buscamos personas perfectas, sino deseosas de crecer y conscientes de su pequeñez ante el don y la llamada recibidos. Así podrán crecer las vocaciones religiosas y sacerdotales escolapias, las fraternidades, la misión compartida, los escolapios laicos y todas las diversas vocaciones que el Espíritu Santo quiera suscitar. Lo hará, como siempre, porque el espíritu que se nos ofrece a todos es de “fortaleza, amor y dominio propio, porque no somos llamados por nuestros méritos, sino por la gracia del Señor[2]”.

Los jóvenes que vengan serán los escolapios que necesitamos -tercer apunte- si la formación que reciben les hace crecer. La formación escolapia tiene una dimensión que no debemos minusvalorar, y es la de transformar la persona para hacerla escolapia. No dejamos de ser quienes somos, pero no nos quedamos quietos. Hay un proceso de cambio, que nos debe ayudar a entrar en una dinámica de fidelidad creciente. Esta es la vida del escolapio que necesitamos. ¿Cómo podemos vivir sin dejar marchitar el primer amor[3]? ¿Cómo podemos mantener siempre el mismo afán vocacional con el que entramos a la Orden?

Muchas veces me habéis oído decir -y lo he dejado escrito-, que los jóvenes que profesan en la Orden para ser los escolapios que necesitamos, tienen una pregunta interior que normalmente no se atreven a formular, pero es real. La pregunta es ésta: “¿seré capaz de vivir, hasta el final, con la misma pasión e intensidad con las que estoy viviendo mis primeros años como religioso, o acabaré perdiendo este primer amor?”. Esta pregunta está en el alma de cada joven. Siempre les digo que la respuesta no la encontrarán en ningún libro. La respuesta se encuentra contemplando, por ejemplo, a un anciano que sigue viviendo con alegría y con profundidad su vocación. Al ver a una persona así, los jóvenes pueden comprender que SÍ, se puede. Es posible vivir hasta el final con la misma entrega vocacional. Y el camino no es otro que la fidelidad.

Mi cuarto apunte se refiere precisamente a este aspecto, al de la fidelidad vocacional. Si analizamos las razones por las que algunas personas nos dejan, creo que hay aspectos que son bastante comunes y, por lo tanto, iluminadores. Y algunos de ellos no son de su exclusiva responsabilidad. Entre ellos, puedo citar los siguientes: el escaso cuidado de la vida espiritual y de la fidelidad a la oración; la escasa profundización en el significado auténtico de los votos y en cómo deben ser cuidados y vividos; la dificultad para vivir relaciones humanas sanas y fraternas, sobre todo en la vida comunitaria; la búsqueda del propio bienestar y la excesiva preocupación por sí mismo y su mundo; la baja calidad de la vida comunitaria; las dificultades para vivir con la diversidad, en una vida consagrada cada vez más plural, multicultural y abierta; la pequeñez de la transparencia vivida y promovida, etc. El escolapio que necesitamos deberá saber cuidar su vocación, deberá dejarse cuidar y tendrá derecho a que le ayudemos en este camino. Nadie puede recorrerlo solo.

Mi quinta y última aportación -no quiero superar los límites de una carta fraterna como ésta- tiene que ver con el equipamiento del que deberá dotarse -y del que deberemos dotarle- en este momento histórico que le toca vivir. No se puede emprender un largo viaje, y por caminos desconocidos, sin un equipamiento adecuado. Me referiré sólo a algunos ejemplos, basándome en lo que les va a tocar vivir a quienes quieran ser escolapios hoy.

Serán escolapios inmersos en una sociedad secular o en camino inexorable de serlo. La secularidad es un dato objetivo de la realidad mundial, ya actual en buena parte de nuestras sociedades, y por llegar -para quedarse- en otros contextos mundiales. Deberán saber vivir en un contexto en el que el viento no soplará a favor, y en el que no será fácil llevar adelante nuestra misión. Pero, como todos, un contexto apasionante en el que la búsqueda de Dios será progresivamente más auténtica y probada.

Deberán saber convivir con la diversidad, con el diferente, con lo plural. Vivirán en comunidades y contextos interculturales y abiertos. Deberán saber comprender y amar el mundo en el que viven, para poder cambiarlo.

Deberán ser escolapios preparados. En algunos contextos, serán poco numerosos, en otros su número será mayor, pero en todos los contextos deberán estar bien preparados en lo humano, religioso, teológico, científico, filosófico, pedagógico, etc. Las Escuelas Pías necesitan escolapios capaces de abrir caminos y de entender el mundo.

Deberán ser escolapios fuertemente identificados con las Escuelas Pías y con el carisma. Necesitamos escolapios que conozcan bien la Orden, el fundador, nuestra misión, nuestra identidad. Escolapios realmente pertenecientes, que estudian y profundizan aquello a lo están llamados a vivir. Escolapios realmente identificados serán transmisores de esa identidad.

Y, finalmente, deberán ser hijos auténticos de Calasanz, que nos dejó claro cuál es el centro de la vida escolapia, cuál el modo en el que debe ser vivida, cuáles las claves que ayudan y sostienen la vocación, cuál el sentido de nuestra misión, etc. Escolapios consagrados al único Señor, centrados en su fe, entregados a la misión, hermanos de comunidad, acompañantes de los niños y jóvenes y siempre en camino de conversión.

Quienes vengan, vendrán porque Dios les ha enviado. Vendrán jóvenes diversos y plurales, pero jóvenes deseosos de dar la vida por el proyecto de Calasanz. Cada uno tendrá sus dones y sus debilidades. Pero si vienen a nosotros, deberemos ofrecerles un camino de crecimiento integral, de propio conocimiento, de transparencia formativa, de creciente pertenencia y de acompañamiento escolapio para que, con el favor de Dios, puedan ser los escolapios que nuestros niños y jóvenes esperan y necesitan.

Recibid un abrazo fraterno.

 

P. Pedro Aguado Sch. P.

Padre General

 


[1] San José de Calasanz. Memorial al Cardenal Tonti. Opera Omnia, tomo IX, página 305-306.

[2] II Tim 2, 7.9

[3] Ap 2, 4