Hace unos 20 años me pidieron que escribiera una especie de pronóstico, que luego fue publicado con el título “Escolapios 2020” en Ephemerides Calasanctianae (1999, pág. 604-606). Quien quiera hacerlo, puede comprobar que en esas páginas hacía yo unas predicciones que se han cumplido antes de la fecha. Anunciaba algún cambio imprevisible en el mundo (y el estado de “terrorismo” desde el 11.9.01 lo fue), y en la Iglesia (pontificado de Francisco). Esa era la parte más arriesgada. Con respecto a la Orden era más fácil: anunciaba una importante reestructuración (Circunscripciones, Provincias); importancia creciente de la comunicación; caminos nuevos para llevar a cabo el ministerio educativo (importancia creciente de la Educación No Formal), desplazamiento hacia los pobres (véase la lista de nuevas fundaciones y nuevos países en estos años); comunidades más pequeñas, encarnadas y dialogantes; obras sin presencia de religiosos; crecimiento de la importancia de los laicos, con las adaptaciones jurídicas necesarias; flujo estable de vocaciones, y recuperación numérica de vocaciones, con el consiguiente rejuvenecimiento de la Orden; importancia del inglés como lengua de comunicación; predominancia de los escolapios de fuera de Europa en número… Me quedé corto en una cosa, lo confieso: no esperaba que se lograra tan pronto la colaboración interdemarcacional expresada por medio de la centralización económica.

Me piden que lo intente de nuevo, y lo voy a hacer, a sabiendas de que es muy probable que yo ya no pueda verificar “desde este lado” el cumplimiento de mis previsiones. No me resulta más difícil ahora que entonces usar la deducción para prever cuál será el aspecto general de la Orden dentro de otros veinte años, un periodo realmente corto en nuestra historia pero que, espero, va a producir cambios muy importantes. Como no es difícil a un botánico al ver un arbolito de un palmo “predecir” los frutos que dará cuando crezca. Vamos allá. Emplearé el mismo esquema que la otra vez.

  • No me atrevo a pronosticar otro “acontecimiento perturbador” en el mundo: tan solo que nuestra dimensión global seguirá acentuándose, lo cual se traducirá en una mayor desconfianza hacia “los otros”, y al mismo tiempo una mayor necesidad de ellos. Serán años turbados, de camino (largo) hacia un mayor entendimiento global. A nivel eclesial, sin embargo, sí me atrevo a pronosticar un cambio significativo en cuanto a la eclesialidad, a partir del próximo pontificado y en la línea del Vaticano II. Se van a producir algunos cambios notables, que causarán sorpresa y desconcierto.
  • Las Escuelas Pías seguirán su desplazamiento hacia el Sur (de América, de Asia, hacia África). Se tratará no tanto de un desplazamiento numérico (que ya es real hoy) cuanto ideológico: las prioridades carismáticas serán reinventadas y reimplantadas en el Sur, mediante las aplicaciones tradicionales del carisma en contextos nuevos, y mediante adaptaciones a nuevos modos de poner en obra la Piedad y las Letras. Los hermanos africanos y asiáticos tendrán ya la madurez y la experiencia suficiente como para proponer las reformas adecuadas para nuevos tiempos y lugares. Y serán ellos los que estén al frente de los principales puestos de responsabilidad de la Orden.
  • En España seguirá descendiendo el número de religiosos, y su presencia en los centros escolares, por consiguiente; y algunas decisiones políticas pueden llegar a poner en crisis el futuro de nuestros colegios actuales. En Italia quedarán muy pocos escolapios, y de ellos buena parte venidos de otros países. Es posible que no quede ningún colegio abierto en este país, como no se dé antes un potente “reciclaje” de los pocos que quedan. Esta crisis será menos notable en Europa Central.
  • Nuestro ministerio educativo se seguirá enriqueciendo, tanto en la calidad como en la diversidad de realizaciones concretas. Y ello será debido a varios factores: uso más adecuado de las tecnologías de la educación y trabajo en red; mejor formación pedagógica de quienes irán llegando al campo de la educación; mejor adaptación a los lugares, culturas y circunstancias concretas; conciencia más marcada de nuestra identidad carismática, que funcionará como un estímulo para todos…
  • Se producirán (quizás a finales del periodo) nuevas adaptaciones estructurales de la Orden, basadas menos en criterios geográficos que en otros más operativos, fundados en una “mentalidad de Orden” más madura. La noción de “presencia” irá ganando fuerza en todas partes. La Centralidad en la organización se irá acentuando. Todo esto se traducirá en una mayor unidad de pensamiento y una mayor agilidad a la hora de tomar decisiones, sin que esto comprometa la diversidad propia de lugares y culturas.
  • La vida religiosa mantendrá su vigor, pero con formas nuevas. Seguiremos en esto la evolución general de la Vida Religiosa en la Iglesia. Las comunidades seguirán siendo pequeñas, pero serán más abiertas, y serán más frecuentes las comunidades de “misión compartida” y de carácter provisional, en función de proyectos. Aparecerán nuevas formas de cooperación y de vida, en la línea de lo intercongregacional, animadas por las autoridades eclesiales. Y no sería sorprendente que aparecieran, además, alguna experiencia interreligiosa…
  • Seguirá creciendo la importancia de los escolapios laicos, y no como suplencia, sino como “segundo pulmón” de las Escuelas Pías. Irán adquiriendo mayor importancia también en la gestión de lo ministerial e incluso de lo carismático (sin que esto afecte para nada a lo propio de la Vida Consagrada de los religiosos con votos).
  • Gracias al esfuerzo por implantar la “Cultura Vocacional” en toda la Orden, creceremos numéricamente, tanto en número de religiosos (sobre todo procedentes del Sur) como en el de laicos comprometidos. El inglés se convertirá en la lengua normal de comunicación para la Orden. Las posibilidades de comunicación (por medios y por cultura) se desarrollarán notablemente.
  • El incremento en la comunicación (viajes, tecnologías) favorecerán cada vez más una mentalidad más común entre todas las demarcaciones de la Orden. La identidad de estas no dependerá tanto del pasado (como hasta ahora: conservar las tradiciones), sino de la apertura al futuro: porque muchas demarcaciones tienen un pasado muy breve, y porque el intercambio de personal (auténtico espíritu “misionero”) será cada vez más frecuente. Se tratará de una identidad más “proyectiva” que “histórica”. Sin que esto signifique, por supuesto, un desprecio de la historia: por el contrario, se incrementarán el número y la calidad de los estudios históricos de la Orden.
  • Las Escuelas Pías estarán presentes en no menos de 50 países, y en los 5 continentes (nos asomaremos a Oceanía).

En resumen, se van a mantener las grandes líneas de evolución de estos 20 años pasados: mayor peso de África y Asia en la Orden; crecimiento sostenido, en religiosos y en laicos; mayor comunicación y más desarrollada “mentalidad de Orden”; cambios estructurales significativos, impulsados por una nueva mentalidad eclesial, más “postconciliar”.

Y, para terminar, una cuestión con respecto a los cambios. En los últimos 20 años la Orden ha vivido más cambios que en los 300 anteriores. Y es que el mundo va cambiando cada vez más aprisa, sobre todo en materias científicas y tecnológicas, pero también en aspectos políticos y sociales. Y la Orden necesita mantener esa velocidad, más bien aceleración, en los cambios, para no perder el tren de la vida. Nos resulta, pues, nada atrevido decir que en los próximos 20 años habrá en la Orden cambios aún más espectaculares. Y es que el mundo se va “calentando” (y no hablo solo de temperatura climática), y el proceso seguirá acelerándose… hasta que llegue la próxima “glaciación”, del tipo que sea, como tantas otras que ha habido antes. Pero eso no ocurrirá antes de 2040…

José P. Burgués

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