Como todos sabéis, el pasado mes de febrero llevamos adelante en Roma un “seminario de trabajo” sobre dos dinamismos fundamentales en la vida de la Iglesia y, por lo tanto, de las Escuelas Pías: la interculturalidad y la inculturación. En pocas semanas se publicarán todos los documentos que allí se trabajaron. Quisiera aportar un pequeño grano de arena a nuestra reflexión, con esta carta fraterna.

Punto de partida: la realidad es la que es, y es nueva.

Me gustaría partir de unas palabras del Papa Francisco. Se trata de una brevísima -y certera- descripción de lo que vivimos en cada continente, publicada en una carta dirigida al presidente de la Pontificia Academia Eclesiástica en febrero de este año 2020. Dice así Francisco: «La misión que un día estaréis llamados a desempeñar os llevará a todas las partes del mundo. A Europa, que necesita despertarse; a África, sedienta de reconciliación; a América Latina, hambrienta de alimento e interioridad; a América del Norte, determinada a redescubrir las raíces de una identidad que no se define a partir de la exclusión; a Asia y Oceanía, desafiadas por la capacidad de fermentar en la diáspora y dialogar con la vastedad de culturas ancestrales.[1]«

La lectura de este párrafo deja en mí, el menos, dos sentimientos. Por un lado, me ayuda a entender lo que vivimos en cada continente, y eso es muy importante para poder discernir lo que los escolapios podemos y debemos aportar en cada uno de ellos. Pero, por otro lado, pienso que lo que se vive específicamente en cada continente se va trasladando a los demás, poco a poco y de modo inexorable. Nada ni nadie está aislado, y todo se comunica. Y todos estamos desafiados en esta tarea de comprender que el mundo deja de ser monolítico y se convierte en plural y diverso.

Lo que decimos de nuestro mundo lo podemos decir también de nuestra Orden. No hay más que abrir bien los ojos para comprender la extraordinaria interculturalidad desde las que vamos configurando nuestra vida escolapia. Y, por lo mismo, el formidable desafío de la inculturación.

Algunos ejemplos nos pueden ayudar a entender lo que estamos viviendo:

  1. Las provincias africanas tienen religiosos de ocho países cada una. Por ejemplo, los juniores de Dakar, en Senegal, pertenecen a 21 etnias diferentes.
  2. Nuestra presencia en Mozambique está formada por religiosos de Senegal y Camerún, y algunos serán formados en Brasil. Y pertenece a la Provincia Emaús, siendo la lengua el portugués y el macua.
  3. Nuestra Viceprovincia de Japón y Filipinas tiene religiosos de diez países diferentes, y está trabajando la pastoral vocacional en nuevos países asiáticos.
  4. La Provincia de Estados Unidos y Puerto Rico está formada por escolapios de once países diferentes.
  5. Cada vez tenemos más casas de formación en las que hay jóvenes de países y culturas diferentes, incluso en demarcaciones de un solo país. La experiencia de formación intercultural se da en la mayor parte de nuestros Junioratos, aunque es evidente que debemos profundizar en ella. Algunos ejemplos: Buenos Aires, con jóvenes de India y de Argentina; Madrid, con jóvenes de Italia, España, Timor Leste e Indonesia; Belo Horizonte, con jóvenes de Brasil, Bolivia, Senegal y Camerún; y no hace falta decir nada de las numerosas casas de formación de África y de Asia, o nuestra Casa Internacional de Manila.

Nuestra realidad es plural, y el desafío es muy claro: profundizar en lo que significa llevar adelante un proyecto común entre diferentes (interculturalidad), y saber situarse en cada contexto concreto para que nuestro carisma llegue al núcleo de cada cultura y la evangelice (inculturación).

Dos dinamismos diferentes y complementarios.

Constatada nuestra realidad, es bueno que demos un paso más. Estamos delante de dos desafíos diferentes, pero absolutamente complementarios. Se necesitan el uno al otro. Podemos decir que son las dos caras de la misma moneda. La interculturalidad sin la inculturación provoca “extranjeros”, y la segunda sin la primera tiende a olvidar los procesos desde los cuales se produce y se consolida.

La interculturalidad no es lo mismo que la pluralidad. La constatación de la pluralidad no es suficiente. Lo importante son los dinamismos que hacen posible que esa diversidad se convierta en respuestas compartidas, en vida común, en planteamientos fraternos, en testimonio de comunión y de entrega a la misión.

La inculturación no consiste simplemente en adaptarnos a las nuevas realidades, sino en amarlas para evangelizarlas. El Evangelio se incultura cuando se sitúa en las raíces culturales, para transformarlas, humanizarlas y abrirlas a Dios[2].

Hace años, durante el generalato del P. Josep Maria Balcells, la Orden elaboró unos documentos muy valiosos, centrados en reflexionar sobre lo que las Escuelas Pías debieran tener en cuenta en cada continente. A veces olvidamos documentos que consideramos “antiguos”, pero que siguen ofreciendo luminosas aportaciones. Quisiera sólo, como botones de muestra, destacar breves párrafos “antiguos” que marcan claramente la dirección.

 

“En la formación inicial de todo escolapio no faltará la dimensión misionera; se favorecerá, según circunstancias y posibilidades, la presencia temporal de nuestros juniores en misiones[3]

“Nuestra actitud es de respeto y admiración por las culturas milenarias y las tradiciones religiosas de Asia, ricas de espiritualidad y de humanismo. Por eso, la Misión en Asia pasa por el diálogo interreligioso y la inculturación del Evangelio. Nada de positivo y de bello del cristianismo y de las culturas se perderá, si se procede en diálogo abierto y en el respeto a la libertad de anuncio. Este deberá ser responsable y respetuoso, reconocedor de cualquier destello que indique Verdad y conduzca a una relación fraternal y amistosa de las gentes y de los pueblos[4]”.

“La inculturación no es conveniencia o táctica evangelizadora. Es parte fundamental de la verdad de nuestra fe. La inculturación es una experiencia espiritual, un proceso pascual en el cual morimos a nosotros mismos para encontrarnos con Jesús, presente en el continente latinoamericano, encarnado en sus comunidades eclesiales y caminante con su pueblo[5]”.

Me gusta citar textos de épocas anteriores porque creo que nos ayudan mucho a dos cosas importantes: apreciar el esfuerzo, trabajo y clarividencia de nuestros mayores, que nos han ayudado mucho a avanzar en lo que vamos teniendo claro en nuestros días; y, por otro lado, asumir con humildad que no podemos permitirnos el lujo de hacer “buenas programaciones” capaces de desinstalarnos y luego olvidarlas para permanecer siempre en el mismo sitio. Hemos de trabajar fuerte para que los dinamismos de los que hablamos en nuestro Seminario sobre Interculturalidad e Inculturación nos ayuden a avanzar. Es nuestra responsabilidad y, sin duda, una de las tareas fuertes del próximo Capítulo General.

Algunas pistas para avanzar en el camino que nos hemos propuesto:

El camino que estamos recorriendo viene de lejos. Lo hemos podido comprobar leyendo textos propios de nuestra historia. Pero hay pistas que van quedando claras y que debemos destacar. Cito algunas de ellas.

  1. La interculturalidad y la inculturación, las dos, necesitan procesos formativos. No se “aprenden” de modo espontáneo. La Formación Inicial y Permanente deben tener todo esto muy en cuenta.
  2. El proyecto EN SALIDA busca ofrecer una nueva perspectiva a la Orden, en línea de interculturalidad, inculturación y dinamismo misionero. Tendremos la oportunidad de profundizar en él.

 

  1. La interculturalidad y la inculturación deben impregnar la vida y la misión de la Orden. Deben llegar a la vida de las comunidades, a los dinamismos de la formación, a los planteamientos espirituales, al modo de comprender y de vivir el carisma, etc. Deben ser pensados a fondo e incorporados de modo inteligente, compartido y calasancio a la vida de las Escuelas Pías.
  2. El discernimiento crítico de lo que hacemos y vivimos debe ser también algo muy claro entre nosotros, para evitar aceptar dinamismos, estilos y costumbres que pueden y deben ser cambiadas, y que incluso son diferentes -y puede que contrarias- a lo que queremos vivir como religiosos escolapios. Atención al estilo de sacerdocio, a los dinamismos demasiado influidos por las pertenencias, al funcionamiento económico, etc.
  3. Inculturar el carisma desde comunidades interculturales. Esta puede ser una buena síntesis de lo que necesitamos vivir e impulsar. Creo que es claro que estamos entrando, poco a poco, en esa dinámica. Pero quizá no la estamos pensando demasiado. Por eso este seminario.
  4. Estamos avanzando en lo que llamamos “modelo de presencia escolapia”. Pienso que introducir estos dos dinamismos en los proyectos de cada presencia nos ayudará a enriquecer nuestra vivencia de cada uno de ellos y a avanzar en la buena dirección.

Os invito a todos a trabajar sobre los materiales elaborados en nuestro seminario, y ofrecer vuestras aportaciones para una mejor y más adecuada vivencia de nuestro carisma en el conjunto de las Escuelas Pías.

Recibid un abrazo fraterno.

 

Pedro Aguado Sch. P.

Padre General

 

 

 

[1] Papa Francisco. Carta al Presidente de la Pontificia Academia Eclesiástica, 11 de febrero de 2020.

[2] San Pablo VI. “Evangelii Nuntiandi” 18-19

[3] Congregación General. “Presencia religiosa, educativa y misionera de las Escuelas Pías. Punto VIII.6. Colección CUADERNOS nº 12. 1987

[4] Congregación General. “Testigos de Jesús y discípulos de Calasanz en Asia”. Colección CUADERNOS, punto 67.

[5] Superiores Mayores de América. “Encarnación de las Escuelas Pías en Latinoamérica”. Punto 3.1, página 29. Colección CUADERNOS, nº 17.

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