Como todos sabéis, como miembro del Consejo Ejecutivo de la Unión de Superiores Generales tuve la oportunidad de participar en la asamblea de presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, convocada por el Papa Francisco para abordar la “plaga de los abusos sexuales, de poder y de conciencia” que han acontecido en la Iglesia. Una asamblea necesaria, oportuna y clarificadora.

No pretendo exponer en esta carta fraterna la gran cantidad de aportaciones, reflexiones y desafíos que fueron abordados en dicho encuentro. Todos tenéis acceso a los documentos que se trabajaron y al discurso final del Papa en el que ofreció una síntesis bien clara de los desafíos que tenemos como Iglesia. Sólo quiero compartir con todos vosotros las reflexiones que me fui haciendo esos días.

Durante la asamblea, los participantes pudimos escuchar a varias personas que han sido víctimas de abusos sexuales por parte de religiosos o sacerdotes. Varios de esos testimonios se ofrecieron como ayuda para la meditación en la oración comunitaria de comienzo y de final de las jornadas. Os aseguro que verdaderamente, fueron una gran ayuda para la oración y la toma de conciencia de la extraordinaria gravedad del problema.

1-Una meditación escolapia

Durante esos días, yo hice mi meditación teniendo muy presente el Proemio que Calasanz escribió para sus Constituciones. Lo he leído y pensado intensamente, a la luz de lo que estamos viviendo en la Iglesia. Me parece que es un texto que nos ilumina mucho en lo que tenemos que hacer como escolapios. Os comparto tres breves subrayados:

a-Calasanz piensa en ofrecer a los niños la posibilidad de una vida plena. Lo expresa con fuerza y nitidez: “es de esperar un feliz transcurso de toda su vida”. Y afirma que esto será posible si, desde pequeños, los niños son imbuidos en la Piedad y las Letras. Hermanos, Calasanz fundó la Orden de las Escuelas Pías para ofrecer a los niños el mejor medio para garantizarles una vida plena, basada en los valores del Evangelio. Para eso estamos los escolapios.

Escuchando a las víctimas, podemos percibir cuán lejos están de ese deseo de Calasanz, de esa plenitud de vida, de esa felicidad. ¿Cómo es posible que personas consagradas a Cristo hayan provocado tanto dolor y tantas rupturas vitales?

b-Calasanz insiste en la atención a los niños pobres. Pide que no sean menospreciados, sino que sean atendidos con tenaz paciencia y amor. Y fundamenta su convicción en Mt 25, 40: “lo que hicisteis con un hermano mío, de esos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Si analizamos con serenidad todo lo que ha pasado en relación con los abusos sexuales, de poder y de conciencia en los menores, nos damos cuenta de que hay un elemento de fondo que es común: la vulnerabilidad de esos niños y niñas, de esos adolescentes. La gravedad del abuso se acrecienta, si cabe, cuando se da en personas vulnerables.

c-Finalmente, Calasanz defiende con fuerza que la trascendencia de la tarea que se propone llevar adelante exige una selección adecuada de los candidatos, una formación inicial esmerada, y un cuidado permanente del crecimiento de cada uno, para que podamos llegar a ser dignos cooperadores de la Verdad.

La educación de los niños y jóvenes, y de modo especial de aquellos que tienen más necesidad, exige personas capaces, bien elegidas, bien formadas y bien acompañadas.

Me bastan estos tres ejemplos para expresar mi convicción de que debemos reflexionar muy a fondo el Proemio de Calasanz a sus Constituciones, porque ilumina con claridad las grandes cuestiones que están hoy en juego en la vida de la Iglesia. Entre ellas, las tres que acabo de citar: la misión de la Iglesia es ofrecer plenitud de vida a los niños y jóvenes; la vulnerabilidad en la que muchos de ellos se encuentran es una llamada fuerte a estar con ellos para ayudarles a crecer; sólo personas bien preparadas, claras en su vocación y conscientes de su responsabilidad pueden ser buena noticia para los niños. Y todo ello está en el corazón de las Escuelas Pías.

2-Una pregunta de fondo

¿Qué es lo que está en juego en este momento en la Iglesia? Es bueno que nos hagamos esta pregunta con toda claridad. Es necesario. Todavía hay personas que piensan que se habla demasiado de este asunto de los abusos sexuales; todavía algunos siguen creyendo que este problema es de Europa, USA y Australia, y que no les afecta a ellos; todavía subsisten actitudes defensivas que priman la defensa de la institución por encima de la justicia debida a los sobrevivientes, etc.

El Papa Francisco convocó la asamblea, entre otras cosas, para contribuir a una más clara toma de conciencia en la Iglesia sobre el problema que vivimos. Es decir, hace falta tomar conciencia, aunque parezca increíble.

De todas las aportaciones que escuché en la asamblea, me pareció especialmente significativo lo que dijo el cardenal Tagle, arzobispo de Manila. Se centró en el texto del encuentro de Jesús con Tomás, en el que el Señor pide a Tomás que toque sus heridas con sus manos. Sólo entonces Tomás puede creer y proclamar su fe en la resurrección: “Señor mío y Dios mío[1]. Sólo si tocamos las heridas de Cristo podemos proclamar nuestra fe en su resurrección. No hay otro camino.

Los enviados a proclamar el núcleo de nuestra fe, la muerte y la resurrección de Cristo, sólo pueden hacerlo con autenticidad si están en contacto con las heridas de la humanidad. Esto es verdad en Tomás, y es verdad en la Iglesia de todos los tiempos, y especialmente en el nuestro. Y este es el tema del que estamos hablando, sin duda.

3-La raíz del problema

En su “Carta al Pueblo de Dios” del 20 de agosto de 2018, el Papa Francisco abordó con claridad el problema de los abusos sexuales, de poder y de conciencia, y los relacionó directamente con el clericalismo, “una manera anómala de entender la autoridad de la Iglesia y que genera una escisión en el cuerpo eclesial y que ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos[2].

No hay duda de que el clericalismo es una de las raíces del problema que hoy vivimos en la Iglesia y que ha causado tanto sufrimiento en los sobrevivientes, en sus familias, y en la comunidad eclesial. Ese clericalismo se puede manifestar en muchas actitudes y modos de actuar que a veces observamos. Por ejemplo: pensar que la Iglesia está por encima de la autoridad civil, que no tiene nada que decirnos; pensar que es más importante salvaguardar el honor de la institución eclesial que responder al dolor de las víctimas; pensar que, como nuestro problema es pequeño en comparación con las dimensiones de los abusos a menores en las diversas sociedades, la cosa no es para tanto; echar la culpa al mensajero (los medios de comunicación social) en vez de mirarnos a nosotros mismos.

Son numerosos los pasajes evangélicos en los que podemos encontrar referencias de Jesús a estas actitudes clericales. De todos ellos, me parece que nos puede iluminar mucho el que conocemos como la parábola del fariseo y el publicano. Quizá la clave del clericalismo está en creerse mejores, diferentes y separados de los demás[3].

 4-Tres desafíos de la comunidad eclesial y, por lo tanto, de las Escuelas Pías.

A la luz de la Asamblea de Presidentes de las Conferencias Episcopales, creo que el camino que debemos recorrer está bastante claro. Lo podríamos sintetizar en tres verbos: sanar, proteger y liderar. Los explico brevemente.

SANAR. Los abusos sexuales cometidos, la lentitud en afrontarlos, el secretismo y en demasiados casos encubrimiento de los delitos, la falta de escucha empática de los sobrevivientes y sus familias, la falta de denuncias de los abusadores ante las autoridades civiles, la ceguera culpable que hemos vivido, no son sólo un pecado gravísimo. Son un crimen. Un crimen social y eclesial, cometido contra personas vulnerables y consentido –o al menos no suficientemente impedido- por quienes tenían que garantizar la seguridad de los menores. Todo lo que hagamos ahora siempre será insuficiente. Pero lo tenemos que hacer. Pedir sinceramente perdón; acompañar al sobreviviente; denunciar al culpable, sin dejar de tratar de ayudarle a rehacerse; resarcir el daño cometido… todo ello debe ser hecho, con todas las consecuencias y con plena claridad y transparencia.

PROTEGER. Me llevo de la asamblea una convicción: “NUNCA MÁS”. Hay que impedir que vuelva a suceder. La Iglesia, en todos sus ámbitos, debe garantizar que nunca más volverá a ocurrir. Son muchas las tareas que tenemos que llevar adelante para que esto sea así. Entre ellas: cambios legislativos claros y precisos; protocolos serios de defensa del menor; mecanismos de control y supervisión de las personas constituidas en autoridad en la Iglesia; adecuada selección y formación de sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes de pastoral, garantizando su certificación en “protección del menor” como requisito para la ordenación o la profesión religiosa; trabajo serio para una auténtica conversión de alma, corazón, actitudes y opciones, para que la Iglesia no piense nunca más en sí misma sino en aquellos a los que tiene la obligación de servir y cuidar, etc. La lista de decisiones que debemos tomar para conseguir este “nunca más” es larga y exigente.

LIDERAR. La Iglesia no debe solamente garantizar en su seno la protección de los menores. Debe liderar la lucha por los derechos de los menores y su protección en todos los contextos y en todas las culturas. Pertenece a la misión de la Iglesia trabajar a fondo, en comunión con todas las instancias sociales comprometidas en esa lucha, para eliminar radicalmente lo que sabemos que es un gravísimo problema social: el abuso de los menores, que se comete en tantos espacios y contextos. El abuso de los menores en el mundo supera ampliamente las fronteras de nuestra Iglesia. Nuestra misión es cambiar el mundo, para acercarlo a los valores del Reino de Dios.

Pero la Iglesia sólo será creíble en esta lucha si resuelve con claridad y transparencia los otros dos verbos (sanar y proteger). Este es nuestro desafío. Tenemos que asumir que, por el bien de todos los niños, y por nuestro compromiso con el Reino, la Iglesia debe ser de nuevo una institución creíble y capaz de ser un referente moral y social en nuestro mundo. Como es lógico, debemos trabajar los tres verbos a la vez. Los tres a fondo. Y los tres con certero discernimiento y plenitud.

5-Demos pasos como escolapios

San José de Calasanz fundó la Orden para educar integralmente a los niños y jóvenes, para garantizar su crecimiento y plenitud vital. No hay nada más contrario al carisma calasancio que hacer daño a un niño. Por eso, debemos emprender un camino claro para garantizar que las Escuelas Pías no sean sólo un lugar seguro para los niños y jóvenes, sino una oportunidad de plenitud de vida para todos. Todas las Demarcaciones y Presencias Escolapias están trabajando a fondo para avanzar en la buena dirección. Gracias a todos.

Como pequeño ejemplo de las tareas que queremos emprender, os comunico que he convocado a todos los formadores de la Orden –todos sin excepción- este próximo mes de julio en Roma, para abordar con ellos todos los dinamismos que debemos llevar adelante en nuestra Formación Inicial para que los jóvenes escolapios sean –cada vez más- auténticos cooperadores de la Verdad.

Os invito a orar por estas intenciones, y a tener presentes a las personas que han sufrido y siguen sufriendo por esta causa.

Recibid un abrazo fraterno

P. Pedro Aguado Sch. P.

Padre General

[1] Jn 20, 27-28

[2] FRANCISCO. Carta al Pueblo de Dios. 20 de agosto de 2018.

[3] Lc 18, 9-14

 

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