Esta es la formulación elegida por nuestro Capítulo General para expresar la primera de las Claves de Vida de la Orden, encuadrada en el así llamado núcleo configurador de la “centralidad de Jesucristo en nuestra vida y misión”.  Son dos las opciones que se nos proponen para la adecuad vivencia de este núcleo: la espiritualidad y la vida comunitaria. Sobre esta segunda escribí el pasado mes; ahora me he decidido a escribiros sobre la primera.

Mi pretensión es muy simple: ofreceros algunos comentarios sencillos sobre algunas de las propuestas y criterios desde los que nuestro documento capitular presenta el reto de profundizar en nuestra espiritualidad escolapia. Vamos allá.

Quiero comenzar destacando que la “profundización en nuestra espiritualidad” es la primera de las Claves de Vida desde las que nuestro Capítulo General definió el “núcleo configurador” del camino que estamos llamados a recorrer en este sexenio y, sin duda, mucho más allá de los límites temporales desde los que un Capítulo General ilumina la vida y la misión de la Orden. No creo que este hecho -la primacía- sea algo insignificante. Por el contrario, lleva consigo un mensaje y marca un camino.

Por eso es bueno empezar por decir algo que, no por repetido, deja de tener su importancia: la espiritualidad cristiana consiste en vivir según el Espíritu, siguiendo los pasos de Jesús. Esta es la definición más breve y concreta que podemos dar de este apasionante desafío. La espiritualidad es un camino de seguimiento del Señor, que se expresa y se vive en el discipulado, como una dinámica vital que nos ayuda a vivir desde Dios y nos abre a obrar en apertura y escucha del Espíritu.

La espiritualidad calasancia radica en el modo en el que nuestro fundador encarnó y asumió ese camino de seguimiento: caminar desde el profundo deseo y aspiración de configurarse con Cristo. La espiritualidad escolapia procede de esa espiritualidad de Calasanz, enriquecida con las diversas respuestas y experiencias que como Orden hemos ido dando a lo largo de los siglos y por los descubrimientos que han ido configurando lo que somos y estamos llamados a vivir, tal y como se expresa en nuestras Constituciones.

Vivimos en un mundo en el que la pérdida de sentido de Dios y el estrechamiento de los horizontes de la humanidad dificultan mucho la comprensión y la vivencia de “lo espiritual” en tantas personas, también entre aquellas que viven y crecen entre nosotros. No está de más que nosotros pensemos si, a pesar de nuestra identidad y de nuestra consagración -quienes somos religiosos- o a pesar de nuestras opciones de vida cristiana y escolapia, necesitamos replantarnos este apasionante reto. Este es el objetivo que nos plantea el Capítulo.

Recuerdo un párrafo del muy conocido libro de Karl Rahner “Cambio estructural en la Iglesia”. El libro tiene 50 años. Pero dice cosas como esta: “Necesitamos una Iglesia de espiritualidad auténtica. Tenemos el riesgo de ser, en el terreno de lo espiritual, hasta un extremo tremendo, una Iglesia sin vida, en la que predomina el ritualismo, el legalismo, la burocracia y un “seguir tirando” con una resignación y un tedio cada vez mayores por los carriles habituales de una mediocridad espiritual”. [1] La vivencia y el cuidado de la espiritualidad es una necesidad de Vida con mayúsculas. Por eso creo que nuestro Capítulo nos desafía certeramente cuando nos llama a “profundizar” en esta dimensión. Una experiencia superficial, descuidada o poco consistente de nuestra espiritualidad agosta y marchita nuestro tesoro e impide que podamos ofrecer a nuestros alumnos y a nuestros jóvenes lo que más necesitan.

Entremos en el contenido del documento y de las Líneas de Avance que nos ofrece. Creo que todo el texto es muy significativo.

1-En primer lugar, se proponen ocho criterios desde los que somos llamados a plantear nuestra espiritualidad. Hay que leerlos con detenimiento, porque indican caminos muy concretos, expresados desde un lenguaje activo y provocador. Hablamos de cultivar, de caminar, de vivir desde proyectos, de sinodalidad, de compartir, de profetizar, de comunión, de ecología integral.

En definitiva, estas son las llamadas que recibimos: vivir la espiritualidad como camino de santidad; cultivar nuestro espíritu de oración; sinodalidad y construcción de comunión y solidaridad; proyectos y opciones que respondan a lo que la Iglesia y el mundo de hoy necesitan de nosotros; compartir nuestro tesoro con la Fraternidad y con las personas que caminan con nosotros; asumir la llamada a ser profetas; vivir desde una ecología integral.

Creo que son criterios ricos, actuales y propositivos, y expresan el deseo-y la opción- de la Orden de escuchar el sentir de la Iglesia y, sobre todo, de los jóvenes.

2-En segundo lugar, el documento nos presenta la opción central de Calasanz, desde la que nuestro santo padre configuró y vivió su espiritualidad: la kenosis. El documento nos refiere a esta experiencia centralmente calasancia. Nos basta con relacionar dos conocidos textos de Calasanz para comprenderlo. “Es un buen principio de la vida espiritual el del propio conocimiento y miseria en la que todos nacemos y también de la ingratitud con que después de tantos beneficios hemos correspondido a Dios”. [2]

Veamos el camino que propone para conseguirlo: “La strada o vía más breve y más fácil para ser exaltado al propio conocimiento y desde él a los atributos de la misericordia, prudencia e infinita paciencia y bondad de Dios es el abajarse a dar luz a los niños, y en particular a los que son como desamparados de todos, ya que por ser oficio a los ojos de todos tan bajo y tan vil, pocos quieren abajarse a él, y suele Dios dar ciento por uno, sobre todo si haciéndolo bien, tuviese persecuciones o tribulaciones en las cuales, si se toman con paciencia de la mano de Dios, se halla el céntuplo de espíritu”[3].

Pienso que es muy significativo que el Capítulo General nos recuerde que la actitud de fondo desde la que podemos profundizar en nuestra espiritualidad es la kenosis, el abajamiento, a imitación del único Maestro.

3-En tercer lugar, nuestro documento destaca algunas de las notas de nuestra espiritualidad que quizá son más necesarias en el mundo de hoy. Este es un bello ejercicio de discernimiento comunitario: ¿Cuáles son las claves de nuestra espiritualidad que hoy son más necesarias y, por lo tanto, más hemos de cuidar y profundizar? ¿Por qué el 48º Capítulo General destaca estas claves, cada una de ellas? Son estas: espiritualidad cristo-céntrica, dócil al Espíritu, atenta a la Palabra, provocadora de servicio, buscadora de comunión, sacramental, mariana, eclesial, orante, conectada con la misión y encarnada en la vida, cultivadora de las virtudes pedagógicas calasancias, dinámica y sustentadora de la misión.

Sería un buen ejercicio comunitario pensar cada una de estas características y tratar de reflexionar, en común, sobre lo que supone para nuestra vida y nuestra comunidad el reto de profundizar en cada una de estas características. No son teóricas, sino provocadoras de nuevas respuestas.

4-Finalmente, el documento capitular propone algunas “Líneas de Acción”. Voy a comentar solamente las tres primeras, aunque no hay duda de que las siete que vienen propuestas tienen una notable carga de renovación.

  1. Cultivar el acompañamiento espiritual. Pienso que la propuesta de vivir espiritualmente acompañados (de modo personal y comunitario) resonó con fuerza en el aula capitular. Es interesante notar los frutos que el Capítulo dice que podemos recibir si así vivimos: “una mejor comprensión de la voluntad de Dios en la propia vida y un mejor conocimiento de nosotros mismos”. No hay duda de que estamos ante una “vía de crecimiento espiritual” que sería muy importante que nuestros capítulos demarcacionales reflexionaran y potenciaran.
  2. Trabajar procesos que enriquezcan nuestra oración personal y comunitaria. El Capítulo afirma que tenemos que cuidar y enriquecer nuestra oración, y que esto supone trabajar aquellos procesos que lo hagan posible. Destaco algunos: el aprendizaje de la meditación, la lectio divina, el cuidado de la celebración eucarística comunitaria, el proyecto personal de vida espiritual, la atención a las devociones que más nos ayudan, los retiros comunitarios, las dinámicas de ejercicios espirituales, la dirección espiritual, etc.
  3. Potenciar nuestra espiritualidad desde el encuentro con los niños y jóvenes, preferentemente pobres. Nuestra espiritualidad se fortalece desde los niños y jóvenes, como le ocurrió a Calasanz. Nuestro fundador ofreció a los niños y jóvenes una manera original y nueva de comprender una de las mayores novedades del anuncio evangélico, que no es otra que la experiencia de que Dios nos ama. Calasanz ofrece a los niños la experiencia de sentirse amados por Dios. A veces no nos damos cuenta de la hondura y de la radicalidad de esta experiencia, profundamente espiritual. El escolapio que se aleja de los niños y jóvenes pierde el contacto con la fuente que asegura su vitalidad. El “alejamiento” es también algo espiritual. Puede haber escolapios que estén todo el día en la misión con los niños, pero espiritualmente lejos de ellos, y escolapios en otros quehaceres no directamente relacionados con el contacto frecuente con los niños y jóvenes, pero profundamente cercanos a ellos y alimentados por este inagotable manantial de vida que emerge de aquellos por quienes Calasanz fundó las Escuelas Pías.

Me gustaría terminar esta carta fraterna con una invitación bien concreta: que en todas nuestras comunidades dediquemos un tiempo a compartir los retos que nos propone esta primera Clave de Vida de la Orden: la espiritualidad escolapia. Estoy seguro de que encontraremos nuevas preguntas y nuevos caminos de seguimiento y fidelidad.

Recibid un abrazo fraterno.

Pedro Aguado Sch.P.

Padre General

[1] Rahner, Karl. “Cambio estructural en la Iglesia”, Ed. Cristiandad, Madrid 1974, pág. 102

[2] San José de Calasanz. Opera Omnia, tomo III, página 328, documento 1339.

[3] San José de Calasanz. Opera Omnia, tomo III, página 235, documento 1236.