El pasado mes de julio tuvo lugar una nueva edición de lo que poco a poco se va dando en llamar “Ruta Calasancia”, el encuentro anual de todos los jóvenes escolapios que, en ese año, hacen su profesión solemne como religiosos. El encuentro de este año 2022 fue bastante diferente, porque han participado en él cerca de ochenta jóvenes de todas las demarcaciones, en dos tandas distintas. Después de dos años sin poderlo llevar adelante a causa de la pandemia, este año 2022 hemos recuperado esta formidable experiencia calasancia que tanto enriquece a los escolapios que en ella participan y a quienes la acompañan.

He decidido dedicar una de las cartas mensuales que dirijo al conjunto de las Escuelas Pías a compartir con todos vosotros algunas reflexiones que me fui haciendo a lo largo de este intenso mes de julio. Lo hago porque creo que es valioso destacar algunas de las experiencias que se viven en esta “ruta calasancia”, y que alcanzan un valor formidable en el contexto de este proceso posterior a un Capítulo General que nos propuso a todos vivir centrados en Cristo y cuidar en profundidad el don vocacional recibido.

Comienzo por recordar la estructura básica del encuentro, para que quienes no lo conocen puedan comprender mejor las claves que quiero compartir con todos vosotros. Los jóvenes se reúnen en Madrid y comienzan visitando el santuario de San Faustino Míguez, en Getafe. Comenzamos, pues, resaltando la llamada a la santidad que todos hemos recibido como religiosos escolapios. De allí a Peralta de la Sal, para vivir cinco días de experiencia espiritual entrando a fondo en lo central de la vocación escolapia. Desde Peralta, un viaje de cuatro días por los lugares en los que nuestro fundador vivió y ejerció su ministerio sacerdotal. Y de allí, a Roma, para seguir las huellas de Calasanz y trabajar algunos temas especialmente significativos de la vida de la Orden en la actualidad. Cerramos la primera tanda con la primera ordenación sacerdotal celebrada en Roma de un escolapio vietnamita, presidida por el cardenal Lazzaro You Heung-sik, y la segunda con diez profesiones solemnes y nueve ordenaciones diaconales, presididas las primeras por este servidor, y el diaconado por nuestro hermano y obispo Mons. Carlos Curiel. Terminamos las dos tandas con una peregrinación a Frascati, para ofrecer nuestra vocación a la Reina de las Escuelas Pías.

Pero una cosa es el itinerario geográfico y otra mucho más importante es el itinerario espiritual que vivimos en la Ruta Calasancia. Destaco algunas de las experiencias que considero más ilustrativas para el momento que vivimos en la Orden.

Interiorizar y compartir. Reflexionar sobre nuestra propia vocación religiosa y compartir nuestras reflexiones con escolapios de lugares y culturas diferentes supone una riqueza formidable. La Ruta Calasancia nos ayuda a comprender la importancia de poder entrar a fondo en nosotros mismos y de poder compartir ese fondo vocacional con los hermanos. No hay ninguna duda de que todos necesitamos momentos como estos, en los que podamos vivir estas dos preciosas dimensiones de nuestra vocación. El compartir en grupos, de dos en dos, o todos juntos, de modo organizado o de modo espontáneo (que de todo hubo) enriqueció notablemente a los jóvenes. Prueba de ello es que, finalizada la Ruta, siguen compartiendo. Y quieren poder seguir haciéndolo de modo organizado. Hemos de reflexionar sobre ello.

Calasanz nos desafía. La Ruta ha ofrecido a todos los participantes no sólo un mayor y mejor conocimiento de Calasanz sino, sobre todo, la oportunidad de confrontase con su figura, vincularse con sus procesos, orar intensamente ante su tumba, emocionarse ante sus recuerdos y, de modo especial, renovar y fortalecer la llamada que sienten muy profundamente en lo más hondo de su alma: ser un nuevo Calasanz. Esta es la feliz expresión con la que tratamos de expresar lo más genuino de la vocación de cada uno de los jóvenes escolapios que Dios nos concede como regalo inmerecido. Y lo que experimentamos en la Ruta Calasancia, como lo experimento en cada visita y en cada encuentro con los jóvenes es que, efectivamente, éste es su más hondo deseo, que lo viven con tanta humildad como autenticidad: ser un nuevo Calasanz.

Peregrinar. La Ruta Calasancia tiene un componente de peregrinación. Y toda peregrinación tiene, entre otras, tres características: estar en los lugares concretos en los que aconteció algo que es significativo para nosotros; recorrer un itinerario espiritual iluminado por la experiencia a la que peregrinamos y, finalmente, hacerme consciente de lo que he vivido y de lo que ha acontecido en mi interior a lo largo de la peregrinación. Sin esos tres componentes, no estamos ante una peregrinación; a lo sumo, lo que hacemos es una interesante visita que nos enriquece o un buen intercambio de ideas sobre unos temas más o menos valiosos. Pienso que estas tres claves han sido bien vividas por nuestros jóvenes a lo largo de la Ruta Calasancia, y todos ellos están ahora en la tarea de dar nombre a la tercera. Les ofrecimos una clave certera para esta tarea: hacerse la pregunta de Calasanz a Glicerio y que está recogida en el nuevo cuadro que hemos colocado en San Pantaleo en honor al primer joven que llamó a las puertas de las Escuelas Pías para ser escolapio. La pregunta es tan simple como profunda: ¿qué habita en tu corazón?

El valor de las mediaciones ordinarias. Es cierto que la Ruta Calasancia es algo extraordinario. Pero está configurada desde muchas mediaciones ordinarias, frecuentes y normales en nuestra vida. La oración de Laudes y Vísperas de cada día; la celebración cuidada y participada de la Eucaristía; la reunión comunitaria en la que compartimos vida, ideas e inquietudes; el servicio a los hermanos que facilita la convivencia; la acogida de las comunidades que nos reciben; el tiempo libre -escaso- pero compartido y disfrutado; el diálogo con el superior o los responsables de la comunidad; la oración personal, ciertamente en lugares y espacios privilegiados; la escucha de charlas o reflexiones de interés; el retiro espiritual; las reflexiones sobre la vida de la Orden; la formación calasancia, etc. Todo ello forma parte de nuestra vida; todo ello, cuando se vive con alegría y se comparte en fraternidad, hace que nuestra vida sea, en verdad, extraordinaria.

El acompañamiento de los religiosos adultos jóvenes. Este es uno de los aspectos que fue subrayado con más fuerza en nuestro 48º Capítulo General. Los capítulos detectan, con fino discernimiento, necesidades a las que la Orden debe responder. El acompañamiento de los religiosos escolapios en sus primeros años de vida adulta es una de ellas. Y la Ruta Calasancia nos ha ayudado a comprender algunos aspectos importantes de este desafío. El primero, que el acompañamiento es deseado y querido por los jóvenes escolapios; lo buscan y lo viven con alegría y sinceridad, pero necesitan que el contexto en el que viven lo provoque y lo explicite. El segundo, que la dinámica comunitaria es un buen contexto de acompañamiento. Cuando una comunidad se decide a hacerse preguntas y a compartir las respuestas, el acompañamiento emerge con su riqueza natural. El tercero, que el acompañamiento necesita de personas que crean en él, que den tiempo a la escucha y a la acogida, y que la provoquen y la propongan. Y el cuarto, que el acompañamiento es una “cultura”, un modo de vivir como escolapios, y cuando lo experimentamos, la vocación crece en autenticidad. 

El trabajo escondido de quienes hacen posible nuestra vida. Me hago eco en esta carta del sentimiento de agradecimiento de los jóvenes hacia todas las personas que han hecho posible la Ruta Calasancia, y que la hacen posible cada año. Me atrevo a citar algunas de estas personas: quienes se esfuerzan en que todos tengan su visado de entrada en Europa; los encargados de la logística en cada lugar que visitamos, algunos bien complejos como el recorrido por tierras catalanas; la acogida de las comunidades de Gaztambide, Peralta de la Sal, Monte Mario, San Pantaleo y Frascati; los trabajadores que se encargan de la comida o la limpieza; los acompañantes de cada grupo; los escolapios que han ofrecido sus reflexiones y charlas, etc. Los jóvenes han tenido palabras de agradecimiento para todos, conscientes como son de que nuestra vida es posible porque hay muchas personas que lo facilitan con su trabajo profesional y bien hecho. También es Ruta Calasancia agradecer a quienes nos ayudan.

El regalo de profesar o de ordenarse en Roma. La Congregación General ofrece cada año la posibilidad de que los que lo deseen puedan profesar u ordenarse en San Pantaleo, en la casa de Calasanz. Es claro que una profesión o una ordenación son experiencias valiosas para vivirlas en tu propia provincia, en tu escuela, en tu parroquia de Bautismo o en donde estés destinado como escolapio. Pero también lo es que hacerlo en San Pantaleo es una experiencia bella e impactante. Todas las opciones tienen su riqueza. Este año, como queda dicho, hemos celebrado en Roma una ordenación sacerdotal, diez profesiones solemnes y nueve ordenaciones diaconales. Para todos, y no sólo para los que profesaban o se ordenaban, han sido experiencias significativas.

La oportunidad de vivir las “claves de vida” de la Orden. La Ruta Calasancia ofrece a los participantes la ocasión de experimentar la riqueza y la complejidad de algunas de las Claves de Vida desde las que nuestro 48º Capítulo General ha querido orientar nuestro camino. De modo especial algunas de ellas: la sinodalidad, tejida de búsqueda fraterna y de reflexiones compartidas; la interculturalidad, vivida en tantas dimensiones complementarias como los idiomas, las tradiciones, los estilos de vida, etc.; la mentalidad de Orden, especialmente cuidada con el compartir de la realidad de cada Provincia y con la escucha de lo que vivimos a nivel general; la centralidad de Cristo, expresada cada día de múltiples maneras y especialmente en la Eucaristía; el redescubrimiento de la espiritualidad escolapia; el cuidado de la vida comunitaria; la dinámica “Escuelas Pías en Salida”, etc. Todas ellas emergen como don y como tarea. Toda ocasión es buena para hacernos conscientes de la importancia de las claves desde las que somos invitados a vivir.

La riqueza de las propuestas hechas por lo jóvenes y la profundidad de sus cuestionamientos. A lo largo de los días de la Ruta Calasancia fueron apareciendo propuestas e ideas, y también preocupaciones y dolores. Todo ello forma parte de nuestra vida. Es bueno compartir algunas de ellas. Lo hago con brevedad, buscando solo que podamos crecer en la bella experiencia de compartir lo que nos preocupa. Cito sólo cuatro de ellas:

¿Por qué no organizamos una Ruta Calasancia para los superiores de las comunidades y de las demarcaciones? Hubo sonrisas cuando se propuso esta idea, pero tiene un fondo muy importante. A lo largo de la Ruta Calasancia aparecen muchas ideas y propuestas de renovación, pero luego “regresamos a la realidad, y muchas veces las cosas de las que hablamos aquí no se pueden plantear en la comunidad”.  Es una inquietud desafiante.

¿Sería posible volver a reunirse dentro de un tiempo para compartir lo que vamos viviendo de todo lo que hemos experimentado en la Ruta Calasancia? Es una inquietud que refleja bien a las claras algo importante: necesitamos espacios de vida compartida y no podemos configurar la vida desde experiencias desconectadas que se acaban en sí mismas, sino desde procesos que provocan transformación.

Necesitamos redescubrir a Calasanz. La Ruta Calasancia ofrece a los jóvenes una oportunidad formidable para enamorarse nuevamente de Calasanz. El santo fundador emerge como novedad, como llamada, como provocación, como modelo y guía.

El reto de hacerse adulto en la Orden. Una de las expresiones más bellas de la adultez es la capacidad de expresar libremente lo que pensamos y lo que nos inquieta de nuestra vida escolapia. A lo largo de las diversas reuniones, los jóvenes escolapios han experimentado la importancia de compartir lo que te preocupa y duele y lo que te fortalece y alegra. Nos hacemos adultos en la Orden también a través de este dinamismo.

La construcción de las Escuelas Pías. Termino esta carta fraterna compartiendo una de las experiencias que vivimos en cada una de las tandas de la Ruta Calasancia. Dedicamos tres días completos a trabajar sobre las “Escuelas Pías en Salida”. Una de las reuniones consistió en una reflexión altamente sinodal sobre una pregunta muy concreta. La pregunta era esta: piensa que eres el provincial y tienes que explicar a tus hermanos, en el Capítulo, lo que tú consideras que es lo fundamental que la Provincia necesita para avanzar. La puesta en común, en la que participaron todos y cada uno de los jóvenes (cada uno disponía de cuatro minutos para compartir sus ideas) fue una extraordinaria experiencia sinodal y ayudó a todos a comprender qué queremos decir con el nombre que hemos dado a uno de los núcleos capitulares: la construcción de las Escuelas Pías.

Lo dejo aquí, no sin compartir con todos vosotros mi acción de gracias a Dios por la vocación de cada uno de los jóvenes escolapios que Él, como Padre, nos ha regalado para el bien de los niños y jóvenes.

Recibid un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch.P.

Padre General