Después de año y medio, seguimos viviendo en medio de una pandemia que no estamos siendo capaces de controlar y que todavía no sabemos cuándo y cómo terminará. Está siendo, sin duda, una experiencia excepcional para toda la humanidad y, por lo tanto, para la Vida Consagrada y para el conjunto de las Escuelas Pías.

Nos podemos acercar a esta experiencia desde puntos de vista muy diversos, pero yo quisiera hacerlo desde una perspectiva en la que vengo pensando hace bastante tiempo y que se basa en una convicción muy concreta. Me gustaría formular esta convicción con la ayuda de una pregunta: ¿qué está haciendo surgir el Espíritu en medio de estas difíciles circunstancias que estamos viviendo, en medio de una pandemia que parece no tener fin?

Si analizamos la historia de la Vida Consagrada comprobamos que en momentos de dificultad y de sufrimiento han surgido respuestas nuevas que comenzaron con pequeñas semillas pero que con el tiempo se convirtieron en árboles frondosos plenos de frutos y de vida. Esa es la experiencia de Calasanz y de otros fundadores que, en el contexto de aquella Roma plena de injusticia y de sufrimientos hicieron surgir “respuestas de vida”, inspiradas por el Espíritu, para atender a los niños, a los pobres, a los enfermos y, sin duda, a una Iglesia necesitada de reforma y transformación.

Pienso que nada de lo que ocurre es simplemente un acontecimiento. Es, también, una oportunidad, un contexto, una realidad en la que surgen “brotes de vida” que al principio son imperceptibles pero que, con el tiempo, acaban generando apasionantes procesos de cambio, de bendición y de vida. Por eso, me gustaría invitaros a que os hagáis esta pregunta: ¿qué semillas portadoras de nueva vida se han ido sembrando a lo largo de esta pandemia en el contexto de la Vida Consagrada y de las Escuelas Pías? ¿Qué gérmenes de renovación, de nuevos descubrimientos, de nuevas respuestas de misión, están ya germinando en medio de nosotros y provocarán -sin duda- nuevas oportunidades para nuestra vida y misión escolapias?

Quiero apuntar diez ejemplos, basados en una sencilla e inicial observación de lo que estamos viviendo. Son diez afirmaciones que empiezan a marcar dirección en nuestra vida y nos van a ayudar a caminar con mayor autenticidad como escolapios. Estoy seguro de ello.

  1. En primer lugar, creo que entre nosotros ha crecido la extraordinaria experiencia de la limitación humana, de nuestra fragilidad, de que somos criaturas pequeñas en las manos de Dios. La pandemia ha contribuido mucho a que los hombres y mujeres de fe nos acerquemos con mayor necesidad -fruto de la pequeñez- al amor de Dios y al encuentro con el Señor. ¿Quién no ha vivido experiencias renovadas de oración y de encuentro con Dios ante el sufrimiento de las personas, ante el desconcierto ante un futuro incierto, ante la enfermedad y la muerte? Tal vez también nosotros, los religiosos, tan acostumbrados a hacer planes y proyectos, hemos podido redescubrir que “hay que trabajar como si todo dependiera de nosotros sabiendo que todo depende de Dios”. Esta es la primera semilla que va a dar muchos frutos: cuidemos nuestra experiencia de fragilidad, para comprender que la plenitud es la pequeñez habitada por Dios.

 

  1. La segunda semilla que está germinando es la del valor de la comunidad, la importancia de las relaciones, del cuidado de los unos para con los otros. Pienso que se ha producido un redescubrimiento de la comunidad, de la oración comunitaria, del discernimiento comunitario, de la vida fraterna. Creo que nos hemos hecho más conscientes del profundo desafío de que supone construir una auténtica vida comunitaria entre diferentes personalidades, sueños, visiones y experiencias.

 

  1. Hay una tercera experiencia que creo nos va a marcar y muy profundamente. Hemos conocido religiosos y religiosas que se han mantenido en dinámica de ayuda y de servicio a las personas que más están sufriendo en esta pandemia, pero también hemos conocido religiosos y religiosas que se han refugiado en la seguridad de su vida, quizá cayendo en la tentación de pensar sólo en sí mismos. Somos humanos, y tenemos nuestras contradicciones. Pero creo que esta pandemia nos va a ayudar a “mirar más profundamente la realidad”, a acercarnos a ella con ojos más calasancios, buscando crecer, como Orden, en nuestra capacidad de respuesta a las necesidades de los niños y jóvenes, algo que no tiene que estar en contradicción con la debida prudencia para cuidarnos. No podemos caer en el virus de la indiferencia, porque esa sí que sería una pandemia incurable.

 

  1. La cuarta semilla tiene un nombre ya muy conocido: Escuelas Pías en Salida. Doy gracias a Dios porque nuestra Orden haya podido iniciar dos fundaciones en plena pandemia. Con dificultades de todo tipo, pero ahí está nuestra presencia en Guatemala y en Timor Leste. Quizá son las dos opciones más llamativas, pero no quiero dejar de decir algo que me parece formidable: en todas las Provincias se han dado movimientos y opciones de misión. La pandemia no nos ha parado. Sólo algunos ejemplos sencillos para ilustrar esta afirmación: los pasos dados en Mozambique para plantear una segunda presencia en la diócesis de Tete; la apertura de una nueva misión en Puerto Rico, en la localidad de Adjuntas; la sistemática planificación que están llevando adelante en India para abrir alguna presencia nueva en otros estados y en otros ritos; la apertura de un nuevo “Hogar Calasanz” en Argentina; la apertura de nuestra segunda presencia en Ucrania, en la Provincia de Polonia; los pasos dados para poder asumir un nuevo colegio en la República Dominicana, etc. Todo esto está pasando en estos meses. La semilla de la audacia apostólica germina desde hace mucho tiempo entre nosotros, pero en esta época lo hace subrayando una convicción: nada puede ni debe parar el carisma.

 

  1. La semilla de lo intercultural. Evidentemente, estaba sembrada hace mucho tiempo entre nosotros, pero hay algo nuevo que nos cebe hacer pensar. Las naciones han ido cerrando fronteras y poniendo requisitos para que las personas de fuera puedan entrar en ellas. Quizá es una medida prudente, no la vamos a discutir. Pero lo que tenemos muy claro es que en la Vida Consagrada y en la Iglesia apostamos por lo contrario: por abrir sus puertas a los diferentes, y por recorrer el apasionante camino de construir algo nuevo y común entre distintos. El camino de transformación de nuestro mundo pasa por los puentes y no por los muros. Estoy seguro de que la experiencia de estos meses nos ayudará a consolidar el camino que estamos recorriendo. Nuestras comunidades han respondido al cierre de fronteras con una mayor experiencia de fraternidad y de oración los unos por los otros. Hemos crecido en la convicción de que formamos un solo cuerpo.

 

  1. A pesar de la situación, lo que hemos experimentado es que nos hemos comunicado más y mejor. Las nuevas vías abiertas por la comunicación digital, aunque nunca podrán sustituir a la plenitud de la relación presencial, nos han ofrecido una experiencia nueva: nos hemos comunicado más. Nunca habíamos tenido tantos encuentros formativos y de comunicación fraterna como en esta pandemia. Nunca habíamos reunido a todos los juniores de la Orden. Nunca habíamos estado tan cerca los unos de los otros. Lo digital ha venido para quedarse y para transformar nuestras relaciones, haciéndolas más vivas y fecundas.

 

  1. Necesitamos a los niños; los niños nos necesitan. La experiencia de la pandemia nos hace más conscientes de la importancia de la relación educativa en nuestras escuelas, parroquias y centros socioeducativos. Luchamos y trabajamos por la presencialidad, no sólo porque es un valor en el que creemos, sino porque no hay otro modo de llevar adelante nuestra misión. La escuela, la auténtica relación educativa, es un derecho de los niños. No lo podemos olvidar.

 

  1. Podemos decir con alegría y humildad que, en esta experiencia tan difícil, estamos sabiendo salir adelante, superar los obstáculos y continuar dando lo mejor de nosotros mismos por los niños y jóvenes. La semilla del esfuerzo por seguir construyendo Escuelas Pías sigue germinando entre nosotros.

 

  1. Y hay una semilla muy nueva que también dará frutos en breve plazo: vamos comprendiendo que nada será igual después de esta pandemia. No buscamos volver a la “antigua normalidad”, sencillamente porque no nos gustaba. Lo que buscamos es construir la nueva sociedad, desde valores que emergen de modo renovado entre nosotros y que nos van a ayudar a reorientar nuestra misión: la centralidad del Señor, -única respuesta a todas las preguntas; el valor de la educación como clave de transformación social; la atención al pobre y al necesitado; la importancia de la comunidad; la lucha por el derecho a la educación; la búsqueda de la ciudadanía global, etc.

 

  1. En plena pandemia, la Orden dio a luz una nueva Provincia, la de Asia Pacífico. Es quizá uno de los hechos más significativos que hemos vivido en estos meses. Quiero terminar esta carta fraterna con unas palabras que dirigí a los hermanos de esta nueva Provincia en la carta en la que les comuniqué la decisión: “Hay una cita del Evangelio que nos puede ayudar en este momento histórico que vivimos. Es una parábola, la del grano de mostaza Dice así: “El reino de los cielos es como un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo.Aunque es la más pequeña de todas las semillas, cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en árbol, de modo que vienen las aves y anidan en sus ramas”. (Mt. 13, 31-32). Me gusta aplicar esta parábola a la vida de nuestra Orden. Comenzamos con pequeñas presencias. Pero poco a poco, con el favor de Dios, con atrevimiento y paciencia, con corresponsabilidad generosa, con espíritu misionero, la Orden crece y se convierte en un espacio de acogida, de misión y de Reino.

Sabemos que las semillas dan fruto, pero dependen de la tierra en la que germinan. Trabajemos para que nuestras Escuelas Pías sean esa “tierra buena” que hace posible la vida.

Recibid un abrazo fraterno

 

P. Pedro Aguado Sch.P.

Padre General