Durante la Visita Canónica General que hice a las presencias de Venezuela, una de las miembros del Consejo Técnico de nuestro colegio “Cristo Rey” de Carora pronunció de manera espontánea una frase que a todos nos hizo reír pero que es muy profunda. Yo le dije que iba a escribir una Carta a los Hermanos titulada con la misma expresión. Estábamos hablando de las cosas buenas del colegio, y dijo que, para ella, el colegio tiene “un no sé qué que qué sé yo” que hacía que ella se sintiera en él como en su casa.

He pensado un poco en esa frase y en su profundo significado, y he pensado que sería bueno compartir con todos vosotros algunos sencillos ejemplos de ese “no sé qué que qué se yo” que caracteriza los colegios escolapios.

Llevo dos años llevando adelante la Visita Canónica a la Orden. He ido visitando las escuelas, una por una, y he escuchado a alumnos, a docentes, a padres de familia, a escolapios, a responsables de pastoral, etc. A muchas personas. Y he ido percibiendo las “vibraciones del alma del colegio”, los aspectos y las experiencias que hacen diferente a nuestra escuela. Voy a compartir con vosotros algunas de ellas. Seguro que hay muchas más, pero creo que el esfuerzo de “poner nombre” a lo que vibra en el colegio es algo bueno y nos puede ayudar.

“Los profesores nos conocen”. Esta es la experiencia más clara que emerge entre los alumnos del colegio cuando les preguntas lo que más valoran de su escuela. Y me alegra mucho poder decirlo. Los alumnos se sienten personas -y no sólo nombres de una lista-, se sienten queridos, acogidos, tenidos en cuenta. Sienten el colegio como una familia, como un espacio en el que pueden crecer, en el que pueden vivir y construir sueños. Desde mi punto de vista, estamos ante un bello ejemplo de lo que quiere decir el primer elemento de identidad calasancia de nuestras escuelas: la centralidad de niños y jóvenes.

“Mi hijo está todo el día en el colegio, no hay quien le saque de él”. Muchos padres de familia expresan así el ideal de “escuela a pleno tiempo” que caracteriza -debe hacerlo- a los colegios escolapios. Un colegio abierto, que rompe los límites del horario académico y que propone diversas iniciativas pastorales, deportivas, sociales, de apoyo escolar, etc.- que hacen que la educación que se ofrece en él sea verdaderamente integral.

“El colegio me dio la fe, me acompañó en ella y me ayudó a vivirla”. La inmensa mayoría de nuestros exalumnos que permanecen cerca del colegio y de nuestras propuestas (hemos de reconocer que hay muchos que han perdido este don) expresan con profundo agradecimiento que es el colegio donde consolidaron -y en bastantes casos donde lo recibieron- el don de la fe. Sabemos que tenemos colegios en todos los contextos posibles en relación con la experiencia religiosa. Pero sabemos también que el don de la fe puede y debe ser ofrecido, propuesto y acompañado en cada uno de ellos.

“Calasanz ha cambiado mi vida”. Esta es la experiencia de muchos de nuestros educadores y educadoras. La figura de Calasanz, su carisma, la experiencia calasancia que se transmite en un colegio que vive auténticamente su identidad, hace que nuestros educadores descubran de manera nueva su vocación. En encuentro con Calasanz enriquece y redimensiona la vocación de cada maestro. Los colegios que no trabajan sistemáticamente esta inmensa riqueza que tenemos hacen un grave daño a los educadores que trabajan día a día en ellos, y consecuentemente a los alumnos.

“Me sentí acompañado”. Esta experiencia de nuestros alumnos y educadores, sobre todo en los momentos especiales de la vida de cada uno (una confirmación, una primera comunión, un fallecimiento, la dura experiencia de la enfermedad o de la emigración, etc.) tiene un hondo significado de familia. Decir de un colegio que es como una familia es realmente valioso.

“Trabajamos juntos”. No hay duda de que el sistemático trabajo en equipo hace que los educadores construyan, día a día, un modo “relacional” de ser educadores. Y esto marca completamente el clima de la escuela, y hace emerger muchas cosas buenas en el colegio.

«La innovación educativa que destaca lo humano y lo solidario”, que estamos impulsando con tanta fuerza en nuestras escuelas, forma parte de estas vibraciones del alma escolar. El “aprendizaje-servicio”, la “escuela de caridad”, el “aprendizaje cooperativo”, el “Yo puedo” y tantos otros dinamismos que estamos impulsando en las escuelas son algo más que un método. Configuran el tesoro del colegio y lo construyen día a día.

La Oración Continua que se vive en tantos de nuestros colegios, en los que los alumnos y los educadores oran juntos, va poco a poco haciendo su labor en esta tarea de “dar vida calasancia” al colegio. Hay una apuesta fuerte de la Orden por llevarla adelante, y estoy convencido de que esta dinámica irá poco a poco fortaleciendo la identidad calasancia de nuestras obras y la vinculación de los educadores con nuestra propuesta educativa.

El Movimiento Calasanz. Me he encontrado con colegios en los que la mayor parte  de los alumnos forman parte del Movimiento Calasanz. Se trata de una realidad en crecimiento, que está llamada a trasformar el perfil de nuestros colegios. Poco a poco se va consolidando una visión más global de “escuela escolapia”, en la que todo lo que hacemos en ella forma parte del colegio, no sólo las clases. El Movimiento Calasanz es una formidable herramienta para acompañar a los alumnos de manera integral y para no dejarles abandonados cuando terminan sus estudios. Hay que seguir adelante con esta apuesta, en todos y cada uno de los colegios de la Orden. En ninguno debemos hurtar este tesoro a nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

En “COEDUPIA” me di cuenta de lo diversos y lo iguales que somos. Esta expresión es una de las mejores síntesis que he escuchado de lo que vivimos en el Congreso de Educación Escolapia que se celebró en Santiago de Chile en abril de 2017, con motivo del Año Jubilar Calasancio. Es absolutamente cierta. La identidad escolapia estaba clarísima para todos, tan clara como la gran diversidad desde la que esta identidad se encarna y se lleva adelante. Poner en común nuestros modos de hacer y de vivir nuestro ministerio nos ayuda a aprender, a respetar, a valorar y a construir juntos. Una de las claves del alma de las escuelas escolapias es que cada vez ven más claro que no se bastan a sí mismas y que la pertenencia a una red universal les da un valor añadido que llega hasta el ejercicio concreto de nuestro ministerio en el aula. La pertenencia y la vinculación no es una experiencia teórica ni una constatación sociológica. Es una experiencia de identidad.

“Cuando escuché que Calasanz no es sólo el patrono de los educadores, sino de todos los que hacen posible su sueño, me emocioné”. Son muchísimas las personas que trabajan en nuestras escuelas que necesitan sentirse convocadas y tenidas en cuenta cuando hablamos de nuestros colegios. No sólo los educadores. Estamos hablando del personal de Secretaría, de Administración, de Limpieza, de Mantenimiento, de Comunicación, de Biblioteca, del Comedor, etc. Todos hacen posible la escuela escolapia, y todos deben sentirlo, saberlo y escucharlo. Calasanz limpiaba las aulas, llevaba las cuentas económicas, acompañaba a los niños a sus casas, etc. Todas las tareas son importantes, y todas hacen posible el sueño de Calasanz. Nuestro Santo Padre es el patrono de la escuela, de toda la escuela.

“Mi padre y mi abuelo también estudiaron aquí”. La memoria de los niños llega hasta su abuelo, no es fácil que llegue más allá. Pero son muchos los que tienen esta experiencia. Es preciosa, y está indicando algo muy valioso. Son muchas las familias que sienten que el colegio forma parte de ellas, y esto se trasmite de padres a hijos.  Estas familias supieron descubrir el alma de la escuela y no quieren perderla.

Los escolapios que dieron la vida por el colegio y ya no están entre nosotros. Podría citar muchos nombres, pero siempre faltaría a la justicia olvidando alguno. Pero entre las “palpitaciones del alma de la escuela” siempre aparecen los nombres de esos escolapios que estuvieron tantos años en el colegio y que marcaron la vida de tantas generaciones. Hoy eso ya no es tan frecuente, porque la movilidad es mucho mayor. Pero es precioso oír hablar a los educadores o a los exalumnos de esos escolapios que marcaron para siempre su vida y la de la escuela. Eso nos ayuda a entender la importancia de la presencia de un escolapio que “siempre está ahí”, y del que los alumnos saben que nunca les va a fallar.

El “alma de la escuela escolapia” necesita ser expresada, visibilizada, construida y disfrutada. Cada vez es más claro entre nosotros que la comunidad cristiana escolapia (Reglas 103) es uno de los espacios privilegiados desde los que se configura esa alma, y que la celebración de la Eucaristía en el seno de esa comunidad es el momento central y de la misma.

Podría seguir citando muchas experiencias más, unas sencillas, otra muy profundas. Pero no quiero extenderme más. Pero me gustaría que, al hilo de la lectura de esta Salutatio, pudierais hacer el trabajo de continuar la lista y completarla, dando nombre a ese «no sé qué que qué sé yo» que hace que nuestro colegio sea especial para quien vive y trabaja en él.

Termino con una breve cita de Calasanz, tomada del Memorial al Cardenal Tonti, que refleja muy bien que, en el seno de las Escuelas Pías, desde el nacimiento, hay “algo diferente” que hay que saber nombrar y cuidar. No cito el párrafo completo: “Supuesta, pues, la necesidad y utilidad de esta Obra, que abraza a todas las personas, condiciones y lugares, toda la educación básica y todos los medios para vivir bien, se deduce, como consecuencia lógica, la necesidad de hacerla Orden, tanto para estabilizarla (…) como también por la necesidad de ampliarla y propagarla según las necesidades, deseos e instancias de muchos. Todo esto no puede hacerse sin muchos obreros, que no pueden conseguirse si no tienen gran espíritu y son llamados con vocación particular”.

Recibid un abrazo fraterno

Pedro Aguado Sch. P.

Padre General

 

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