Queridos hermanos y hermanas,
Permitidme comenzar esta Salutatio compartiendo un recuerdo que aún resuena con fuerza en el corazón. Hemos vivido recientemente el Jubileo de los Jóvenes en Roma, y creo que somos muchos los que todavía sentimos la emoción de aquellos días: la ciudad eterna rejuvenecida por el entusiasmo de los peregrinos, y San Pantaleo desbordando vida, lleno de jóvenes de nuestros grupos que parecían revivir los tiempos de nuestro Santo Padre José Calasanz, cuando la Casa General era un colegio bullicioso, repleto de alumnos alegres y esperanzados.
Para nosotros, escolapios, fue conmovedor contemplar a tantos jóvenes conversando, cantando, compartiendo la fe con autenticidad y sencillez. El Día Escolapio, con la emotiva celebración en Sant’Andrea della Valle, nos ayudó a redescubrir el sentido auténtico de ser peregrinos, no turistas, caminantes en ruta hacia Dios, dejando comodidades, descubriendo no lugares, sino las maravillas de Dios en hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas, y la grandeza de ponerse a su servicio.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a la Comisión del Jubileo escolapio. Su dedicación discreta y constante ha permitido que cada detalle estuviera cuidado y ha hecho posible que todos pudiéramos vivir estos días el don de la esperanza.
El Jubileo bíblico, instituido en el libro del Levítico, se celebra al llegar el año cincuenta, después de contar siete semanas de años, siete veces siete años (Lv 25,8). Pero no podemos reducir el Jubileo a una simple celebración por haber alcanzado un número redondo, como si se tratara de un aniversario simbólico, sino el fruto de un tiempo cumplido, colmado y rebosante, que se abre a un horizonte nuevo. El Jubileo es la señal de que el tiempo ha sido vivido, trabajado y cultivado con fidelidad; es la plenitud que nace de la perseverancia diaria.
En este año sagrado se pregona la libertad, se perdonan las deudas, se restablece la justicia y se restituye lo que se había perdido. El Jubileo es un tiempo de gracia, que no procede de la aritmética de los días, sino de la misericordia de Dios y del esfuerzo honesto de quienes han sabido sembrar. Es un signo, capaz de transformar la historia, restaurar la dignidad y abrir caminos de recomienzo. Por eso, cada Jubileo es también una llamada a preparar el corazón para una renovación profunda, personal y comunitaria.
Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre, la injusticia, conflictos bélicos, crisis institucionales y la falta de sentido. También en nuestras comunidades sentimos el cansancio; la rutina desgasta y puede llegar a oscurecer la misión. Hay claustros fatigados, religiosos y laicos que se sienten sobrecargados por tareas inmensas, y no pocos enfrentan fragilidades emocionales o psicológicas. En este contexto, la pregunta por el propio destino emerge con fuerza en nuestros corazones. Es una pregunta grande, que nos excede, y sin embargo decisiva: ¿Qué será de mí mañana? Su respuesta exige un discernimiento fino, lúcido y paciente, porque una respuesta equivocada puede arrastrarnos al fatalismo o a la desesperanza, o bien a una falsa seguridad que, en realidad, no nos sostiene.
Frente a esta inquietud, la esperanza no aparece como un lujo, sino como una necesidad vital. No es ingenuidad, ni simple optimismo, sino una fuerza real que sostiene e impulsa. Como virtud teologal, nos abre a la certeza de que Dios camina con nosotros, incluso en la noche más oscura.
Cuando surge en nosotros la pregunta que nace del desánimo, ¿dónde encuentro esperanza cuando mis fuerzas flaquean? quizás podamos responder con otra pregunta igualmente decisiva ¿Cuándo fue la última vez que experimenté una esperanza que me sostuvo de verdad? Mirar hacia atrás y recordar los momentos en que la esperanza nos sostuvo, cuando parecía que no había salida, nos ayuda a reconocer que no se trata de una idea abstracta, sino una realidad que ya hemos vivido. En nuestra historia personal y comunitaria hay huellas concretas de esa esperanza: ocasiones en que recibimos apoyo inesperado, en que la oración nos devolvió paz, en que alguien nos tendió una mano, en que la fe nos dio refugio. Esta memoria agradecida es un antídoto contra la desesperanza. Nos enseña que, así como Dios nos sostuvo antes, lo hará de nuevo. La esperanza se alimenta de esa experiencia viva, la certeza nacida de la historia concreta de salvación que Dios escribe con nosotros.
Estas últimas Navidades, junto a algunos hermanos de San Pantaleo y Montemario acudimos a la plaza San Pedro para recibir la bendición Urbi et Orbi. En su mensaje[1], el Papa Francisco recordó a catorce países heridos por el dolor, siete de los cuales cuentan con presencia escolapia. Aquellas palabras me conmovieron profundamente y pensé en tantos escolapios que, en medio de contextos difíciles, siguen transmitiendo vida, enseñando, acompañando, evangelizando, siendo testigos silenciosos de esperanza. A todos vosotros, ¡gracias! Sois signo concreto y vivo de que la esperanza cristiana no se apoya en ilusiones, sino en la certeza de que Cristo resucitado nos precede y nos acompaña.
La esperanza, junto con la fe y la caridad[2], es virtud teologal que nos lleva a otro plano existencial. No es un sentimiento, ni optimismo, sino la confianza radical en las promesas de Dios incluso (especialmente) en medio de los ahogos. Cuánto más sólida es mi fe, cuánto más indiviso es mi corazón, cuando estoy convencido que Jesús es el Señor y puede salvarnos, tiene lugar la esperanza.
Para profundizar en el sentido de la esperanza, podemos dejarnos iluminar por algunos autores que han reflexionado sobre su fuerza transformadora desde distintas perspectivas. Cito a tres, Jürgen Moltmann[3], Erich Fromm[4] y el contemporáneo Byung-Chul Han[5]. Sorprende comprobar la actualidad y vigencia de sus reflexiones, que dialogan con los desafíos espirituales y culturales de nuestro tiempo y nos ofrecen claves para vivir orientación y profundidad. Si me lo permitís, recomiendo vivamente acercarse al tercero, El espíritu de la esperanza. Es un texto breve, casi como un sorbo, que ofrece una mirada profunda, realista e integradora sobre lo que significa esperar, y su lectura me resulta especialmente oportuna en este año jubilar.
El Magisterio de la Iglesia ha reflexionado ampliamente sobre la esperanza como don que sostiene y transforma la vida. Benedicto XVI, en Spe Salvi, nos asegura que la esperanza no es un consuelo frágil, sino una fuerza firme que hace soportable incluso lo más desafiante del presente, una certeza arraigada en Cristo resucitado que da consistencia al presente y abre caminos de futuro cuando dice se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente[6].
El Papa Francisco, en la bula Spes non confundit para el Jubileo 2025, profundiza en esta visión recordando que todos esperan. En el corazón de toda persona anida la esperanza como deseo y expectativa del bien, aun ignorando lo que traerá consigo el mañana[7]. Nos invita a reconocer que la esperanza es parte de la identidad más profunda del ser humano, una aspiración universal que el Jubileo quiere despertar, avivar y fortalecer. Es oportuno y bello que Francisco haya elegido para esta bula el título tomado de san Pablo Spes non confundit[8], recordándonos que la esperanza no defrauda porque se apoya en la fidelidad de Dios. Este año santo se convierte así en una ocasión privilegiada para renovar el aliento de la esperanza y compartirlo con un mundo sediento de sentido y compasión.
Hagan oración y persistan en el trabajo con la esperanza segura en la ayuda divina, la cual no faltará a sus siervos en ningún tiempo[9]. Con estas palabras, escritas el 25 de enero 1647, Calasanz revela la clave de su vida espiritual: una esperanza firme, arraigada en la oración constante, la confianza absoluta en la Providencia y el trabajo fiel en el ministerio educativo y pastoral que Dios le había confiado. Orar, trabajar y esperar, este fue el eje de su vocación y de su legado.
En un tiempo de tensiones internas, dificultades económicas y oposición externa, Calasanz nunca se dejó vencer por el desánimo. Su visión, templada en la prueba, se sostenía en la certeza de que las Escuelas Pías eran obra de Dios y que Él no dejaría de acompañarlas, incluso en los momentos más difíciles. Para Calasanz, la esperanza no era evasión, sino una virtud activa y una decisión diaria: perseverar, orar y trabajar confiando en que Dios abriría el camino. Su ejemplo sigue inspirándonos, recordándonos que la fidelidad cotidiana, vivida con esperanza, transforma comunidades, sostiene la misión y da fruto en la vida de los niños, niñas y jóvenes a los que servimos.
La esperanza no es un adorno espiritual ni un optimismo miope incapaz de apasionarnos con lo que todavía no existe. Es un modo de vivir desde Dios. Nace de un presente que nos ofrece sentido y propósito, se orienta hacia un futuro que no controlamos pero que confiamos a Dios, y se manifiesta en una alegría serena que nadie puede arrebatarnos[10]. Vivir con esperanza es aceptar la vida con sus luces y sombras, pero sin resignación; es creer que lo estéril puede florecer, que la semilla oculta dará fruto, que las lágrimas pueden convertirse en cosecha[11].
Fomentar la esperanza es más que un ideal, es el motor que impulsa nuestra misión educativa y evangelizadora, la fuerza que nos estira hacia adelante. La esperanza no se enseña ni se explica, se contagia con nuestro testimonio cuando soñamos sin ser ingenuos, trabajamos con pasión militante y vivimos desde la fe. En el corazón escolapio, esta esperanza se traduce en educar y evangelizar, convencidos de que cada niño y joven encierra una promesa de futuro.
Ser escolapio, religioso o laico, significa ser Elpíforo[12], portador de esperanza. Esta tarea no es individual, sino comunitaria, el sujeto de la esperanza es un nosotros. Dios nos confía el don de su esperanza para que la compartamos y la contagiemos, para que nuestra presencia sea una luz que se expande. Por eso, te invito a dejar resonar una última pregunta ¿quién necesita hoy que seas para él o ella un portador de esperanza? Si dejamos que esta pregunta nos guíe nuestra misión será más fecunda y sembrarán futuro allí donde otros solo ven incertidumbre.
Hoy, en nuestra Orden, en nuestras comunidades y presencias escolapias, necesitamos revitalizar nuestra esperanza. No como evasión, sino como impulso. No como un futuro lejano, sino como una forma concreta de vivir el presente con sentido. Que este sea nuestro compromiso como familia escolapia.
Señor Jesús, fuente de nuestra esperanza,
Renueva en nosotros la alegría de tu Evangelio,
y haznos portadores de esperanza para todos los que caminan con nosotros.
– Amén.
P. Carles, SchP.
[1] https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/urbi/documents/20241225-urbi-et-orbi-natale.html
[2] 1 Co 13, 13
[3] Moltmann, J. Teología de la esperanza, 1964.
[4] Fromm, E. La revolución de la esperanza, 1968.
[5] Han, B.-C. El espíritu de la esperanza, 2024.
[6] Benedicto XVI. Spe Salvi. Carta Encíclica sobre la esperanza cristiana, n. 1, Vaticano, 30 de noviembre de 2007.
[7] Francisco. Spes non confundit. Bolla de indicción del Jubileo Ordinario del Año 2025, n1 . Vaticano, 9 de mayo de 2024.
[8] La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5, 5).
[9] San José Calasanz, Opera Omnia vol. VIII, p. 358.
[10] Jn 16, 22.
[11] Sal 126, 5.
[12] ἐλπὶς, expresión usada en Rom 5, 5 para la esperanza, φόρος de φέρω, llevar, portar.