Queridos hermanos y hermanas escolapios,

Permitidme comenzar esta carta con un recuerdo personal. En el año 2006 viví en un suburbio de Dakar, Sam Sam, donde tenemos una comunidad y unas obras muy escolapias. Llegué en la estación de lluvias, y para entrar en casa debía atravesar un pequeño vertedero. El primer día lo crucé, escandalizado, saltando de piedra en piedra para no tocar aquella basura y evitar su hedor que todo lo envolvía. Dos meses más tarde, ya pasaba por el vertedero como cualquier vecino, sin darle importancia. Entonces saqué un par de lecciones: la invisibilidad de la pobreza, -quizás su mayor problema-: nadie se moviliza por lo que no ve, o no sabe ver; y la necesidad de personas que nos mantengan despiertos, para evitar acostumbrarnos a ella, como el rico que varias veces al día se cruzaba con Lázaro sin percibirle.

A lo largo de los años he podido constatar cómo la misión escolapia puede cambiar vidas, incluso salvarlas, o dicho de forma más personal, he tenido la suerte de presenciar cómo muchos escolapios, -hermanos y hermanas-, han sido determinantes para una vida más digna de muchas personas cuyo rostro y nombre conozco.

¿Por qué ahora hablar de la pobreza?

Porque es un tema que jamás podrá concluirse, por eso debemos revisarlo de forma recurrente en nuestras comunidades, obras y Provincias; interpelarnos sin miedo a las propias contradicciones, y animarnos siempre.

Octubre nos invita a mirar a María; a recordar a San Francisco de Asís, modelo de pobreza evangélica, con su radicalidad, incomprensiones y persecuciones; a preparar la Jornada Mundial de los Pobres[1], instituida por el papa Francisco; a alinearnos con la esperada primera exhortación apostólica del Papa León XIV, Dilexi te[2], sobre el amor hacia los pobres; y a informarnos sobre, la situación actual de la pobreza a través del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, promovido cada 17 de octubre por Naciones Unidas, con el tema de este año centrado en las familias, para que permanezcan unidas, prosperen y forjen su propio futuro[3].

Quisiera enfocar este tema en tres dimensiones: la pobreza evangélica, la pobreza en clave escolapia, y la pobreza de quienes están atrapadas en ella.

La belleza de la pobreza evangélica.

Jesús abre las bienaventuranzas proclamando: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5, 3). A lo largo del Evangelio, la pobreza aparece constantemente: la viuda que da todo lo que tiene, Zaqueo que reparte sus bienes, el joven rico que se resiste, el rico indiferente al pobre Lázaro…

La pobreza evangélica no es miseria, ni renuncias forzadas, sino una vida con propósito, coherente con el Evangelio. Es vivir sin falsas seguridades, confiando plenamente en Dios y abriéndose al hermano. Es bella porque nos libera, nos humaniza y nos permite amar sin ataduras.

Pobres de la Madre de Dios, pobres como la Madre de Dios.

Como sabemos, San José Calasanz nos llamaba pobres de la Madre de Dios[4], ya en 1618[5], en lo que probablemente sea la primera mención documentada de esta expresión para los hermanos, en una carta donde la incluye incluso en su firma. En otra carta de 1620[6] no solo usa esta expresión, sino que explica su sentido teológico y espiritual:

Advierta que somos pobres de la Madre de Dios y no de los hombres, de modo que nuestra importunidad sea con Nuestra Madre y no con los hombres, pues ella no se cansa nunca de nuestras importunidades, pero los hombres sí.

Calasanz entendió que nuestra pobreza debía ser una confianza absoluta en la providencia divina a través de María, no dependencia de la caridad humana.
Por eso, podemos decir también que somos llamados a ser pobres como la Madre de Dios.

María fue de los anawim de Israel (los pobres del Señor). Los pequeños que no tienen otra riqueza que su confianza en Dios. En su Magnificat proclama la grandeza de un Dios que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Su pobreza no fue miseria, sino plenitud en la fe y en el seguimiento. Ser pobres de María significa pertenecerle; ser pobres como María significa imitar su confianza y su entrega total. Ella es el modelo de quien no se aferra a nada para que Dios lo sea todo.

Tibi derelictus est pauper.

A ti se te ha confiado el pobre: qué hermosa vocación.

Qué hermosa vocación la nuestra: el pobre se abandona en las manos de Dios, pero también, misteriosamente, en las nuestras. Es a nosotros (a cada uno) a quienes se confía su vida frágil. Ese tibi del salmo es directo, impertinente e ineludible. Nos señala por nuestro nombre. No podemos mirar hacia otro lado. La confianza del pobre en Dios se convierte en una misión que se deposita en nuestras manos, estar allí donde el Señor escucha el grito de los pobres, compartir su destino, y sostener con ellos la esperanza que se abre paso en medio de la fragilidad.

La pobreza no es una estadística, ni una causa, tiene rostro, mirada y nombre, y nuestra vocación escolapia consiste en acoger esa vida confiada con ternura, inteligencia y compromiso. Porque en cada pobre que se nos confía, Dios nos está confiando algo de sí mismo.

Nuestra misión entre los pobres.

Las Escuelas Pías nacieron del encuentro de Calasanz con un niño pobre. No quiso aceptar la pobreza como destino, sino transformarla por medio de la educación. Por eso, nuestra misión no es hablar de los pobres, sino reducir efectivamente la pobreza en el mundo.

Esto exige tres actitudes:

1.- Sentir la pobreza.

Desde que la palabra pobreza entró en mi vocabulario, nunca he dejado de preguntarme por su misterio. No se trata solo de comprenderla o analizarla, sino de sentirla, de dejar que nos toque, que nos interpele, que nos duela.

Necesitamos ptōchógogos[7], personas que nos conduzcan hacia los pobres, que nos despierten del letargo y nos devuelvan la capacidad de mirar con compasión. Son quienes nos ayudan a desarrollar una sensibilidad que no se adormece ante el sufrimiento ni se acostumbra a la injusticia.

Os invito a hacer una pausa, a quienes leéis esta Salutatio, para recordar con gratitud a esas personas (quizás algunos escolapios) que nos han abierto los ojos y el corazón. Compartamos también las lecturas y testimonios que nos han acompañado en ese camino; entre las mías, una de las primeras fue la de Majid Rahnema, Quand la misère chasse la pauvreté [8]. Me alegraría conocer también las vuestras, los nombres, las vivencias, o las lecturas que os han ayudado a mirar la pobreza con más hondura y esperanza.

2.- Conocer la pobreza.

No basta con sentirla; hay que entenderla en toda su complejidad, sus causas multifactoriales: económicas, sociales, culturales, políticas, educativas, también espirituales. Si no las entendemos, corremos el riesgo de actuar de modo asistencialista o superficial, aliviando síntomas sin tocar las raíces.

Pero conocer la pobreza no es solo cuestión de ideas, sino de ubicación interior. Como suelo decir, tenemos la cabeza donde tenemos los pies: si nuestros pies están lejos de los pobres, también lo estará nuestra comprensión. El reto no es solo pensar o estudiar, sino pensar desde el lugar adecuado. Los entornos moldean nuestra mirada; y si nuestro entorno es cómodo y estable, sin darnos cuenta podemos aburguesarnos, incluso justificar nuestras distancias.

3.- Vivir desde donde están los pobres.

Solo desde la realidad de los pobres nuestra misión es creíble. No basta con trabajar para ellos, ni siquiera con ellos; necesitamos también hacerlo desde ellos. Es decir, desde su manera de entender la vida y de resistir. Este desde nos resitúa no como benefactores, sino como hermanos.

Trabajar para, con y desde los pobres resitúa nuestra identidad. No somos simples prestadores de servicios, ni funcionarios de instituciones educativas o sociales; somos religiosos y laicos movidos por una vocación, que dan la vida sin mirar atrás.

No es solo un compromiso social, sino una experiencia espiritual: Cuando te haces cercano a un pobre, es Jesús quien se acerca a ti [9]. Quien más gracia recibe de la limosna es quien la da, porque se deja mirar por los ojos del Señor. Y en esa cercanía sucede algo decisivo, quien más gracia recibe no es quien da, sino quien se deja mirar por los ojos del Señor a través del pobre.

Mirada social y samaritana.

Allí donde no podamos cambiar estructuralmente la realidad, por contexto o historia, estamos llamados al menos a tener una mirada social y samaritana, a vivir con conciencia de la injusticia y con deseo de repararla. Recordemos la parábola del buen samaritano: si no podemos cuidar directamente al herido, al menos debemos confiarlo al posadero[10] que nos ayude a hacerlo. Nuestras alianzas, redes y proyectos sociales son esos posaderos que nos permiten seguir cuidando la vida de los descartados.

También pienso en Don Antonio Brandini, párroco de Santa Dorotea en 1597. Su deseo de asistir le llevó a abrir unas sencillas dependencias junto a la parroquia, donde un par de maestros daban clases a los niños del barrio. Pero fue la llegada de san José Calasanz la que transformó aquella buena intención en una obra duradera. Con su ingenio y pasión, dio estructura y visión a lo que acabaría siendo la primera escuela popular gratuita de Europa. Este episodio nos recuerda que, a veces, estamos llamados a ser como Brandini, personas que ofrecen lo que tienen, espacios, tiempo o confianza, para que otros puedan dar forma a proyectos que cambian la vida de los jóvenes. La misión escolapia también nace así, de la colaboración humilde entre quienes sueñan y quienes hacen posible el sueño.

Una fidelidad que se revisa.

Quiero felicitar a tantos religiosos y laicos escolapios que, con su entrega cotidiana, ofrecen oportunidades reales de vida y de esperanza. Muchos no son conscientes del bien que hacen; otros sufren y se desgastan por la complejidad de los entornos donde trabajan. A todos ellos, mi gratitud y mi oración.

Pero también necesitamos un cuestionamiento constante. No una desconfianza hacia lo que somos, sino una actitud humilde de discernimiento. Las presencias escolapias y las Demarcaciones han de preguntarse, con sencillez y verdad, si seguimos respondiendo al carisma de Calasanz, a la intuición fundacional que dio origen a nuestra misión, al sentido profundo de nuestra vocación escolapia.

Y quizás valga la pena dejarnos interpelar por algunas preguntas:

¿Estamos realmente donde somos más necesarios?

¿Nuestras obras siguen siendo respuesta a los niños y jóvenes que más necesitan oportunidades?

¿Mantenemos viva la pasión educativa y evangelizadora que nos puso en camino?

¿Nuestra manera de vivir expresa todavía la sobriedad y la esperanza de los pobres del Evangelio?

Que el Señor, por intercesión de María,

nos conceda la gracia de vivir pobres de la Madre de Dios,

y pobres como la Madre de Dios,

para que nuestra vida y nuestras obras

sean buena noticia para los pequeños.

Con afecto fraterno,

P. Carles, SchP.

Padre General

 

[1] Os comparto la compilación de los ocho mensajes que el papa Francisco nos dirigió con ocasión de la Jornada Mundial de los Pobres, que él mismo instituyó el XXXIII Domingo. Os invito a leerlos: https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/poveri.html

[2] La exhortación apostólica Te he amado tendrá como tema el amor a los pobres, según la prensa vaticana.

[3] https://www.un.org/es/observances/day-for-eradicating-poverty

[4] El 4 de abril, y firma como Vice-Prefecto de los Pobres de la Madre de Dios. Opera Omnia, vol. 1, p. 54.

[5] El 19 de octubre dirige una carta Al Cmo. hermano en Cristo Juan Pedro de la Virgen de los Ángeles, pobre de la Madre de Dios, en Frascati. Opera Omnia, vol. 1, p. 63.

[6] El 23 de diciembre. Opera Omnia, vol. 1, p. 105.

[7] πτωχὸς + γωγoς pobre, en el relato de Lázaro (Lc 16, 20), y conducir o guiar.

[8] Rahnema, Majid Quand la misère chasse la pauvreté (Cuando la miseria ahuyenta a la pobreza), Essai. Actes Sud. (2003).

[9] Papa Francisco, Angelus del 27 de octubre de 2024.

[10] Lc 10, 35.