Queridos hermanos y hermanas en las Escuelas Pías,
¿Quién evangeliza hoy a quién? ¿Somos nosotros quienes acompañamos a los jóvenes, o son ellos quienes, sin saberlo, nos están mostrando el camino?
El Papa Francisco nos brinda la clave de interpretación en Christus Vivit: la Iglesia no solo tiene algo que decirles, sino también mucho que aprender de ellos. Toda una nueva perspectiva.
Lo he podido comprobar muchas veces, en encuentros sencillos, en conversaciones sin pretensiones, en visitas a nuestras presencias escolapias. Cuando uno se acerca de verdad a su vida, a sus búsquedas, a sus inquietudes, descubre en ellos una fuerza que nos descoloca. El Papa Francisco continúa en la carta: su juventud nos ilumina, y pueden ayudarnos a mantenernos jóvenes y a redescubrir dimensiones del Evangelio que quizá hemos dejado de lado. Quizá por eso podemos decir, con humildad y con verdad, que los jóvenes nos evangelizan.
Los jóvenes poseen una gracia que no deberíamos dejar apagar nunca: la insatisfacción. Ese inconformismo interior que les impide acomodarse. A veces la miramos con sospecha, como si hubiera que domesticarla. Y, sin embargo, es una bendición.
Desde la antropología evolutiva, esta realidad puede comprenderse también con mayor precisión. La adolescencia no es una etapa desordenada, sino una fase con un claro valor adaptativo para la especie humana. Diversos estudios subrayan que, durante este periodo, se intensifica la orientación hacia la novedad y la asunción de riesgos, en relación con un desarrollo neurobiológico específico, que favorece conductas de exploración más arriesgadas, las cuales, en contextos evolutivos, resultaron decisivas para la expansión y la apertura de nuevas posibilidades de vida. En este sentido, la audacia característica de los adolescentes no es un desafío que haya que corregir, sino una condición que ha permitido a la humanidad avanzar más allá de sus propios límites.
Quizá por eso los jóvenes nos evangelizan: porque nos sacan de nuestros marcos mentales y de nuestras prudencias excesivas.
Recuerdo un congreso en Roma, durante un encuentro vinculado al Sínodo de los jóvenes, en el que participaban distintas congregaciones y órdenes religiosas. Allí se insistía, con razón, en la necesidad de que los jóvenes tuvieran voz, de que fueran escuchados. Atendiendo a ese diálogo, surgía en mí una convicción: el verdadero desafío no es solo tener voz, o la capacidad de manifestarse correctamente, ni siquiera ser escuchados; el desafío es, ante todo, tener pensamiento. Entonces compartí una intuición que sigo considerando clave, el reto es ser voz, no eco.
Esta es una tentación de nuestro tiempo: confundir tener voz con tener pensamiento. Vivimos rodeados de discursos rápidos, de opiniones que se repiten sin cesar. Pero no todo el que habla piensa, ni todo el que opina tiene una voz propia. Aquí aparece uno de los grandes dones de los jóvenes: la búsqueda, a veces torpe, a veces apasionada, de un pensamiento propio. Nos recuerdan que no basta con repetir; que el matiz importa; que la verdad no se hereda sin más, sino que se conquista. No como una posesión que se impone, sino como un camino que se recorre en libertad, en diálogo con la realidad, con los otros y con Dios. En un mundo atravesado por la polarización, donde se confunde la verdad con ruido, o con la mera opinión, esta actitud es sencillamente evangélica.
Cuando convivimos con ellos, algo en nosotros también se renueva. Nos rejuvenecen. Nos devuelven a las preguntas esenciales: ¿qué merece la pena?, ¿por qué vivimos?, ¿para quién vivimos? En ellos late la necesidad y la urgencia de profundidad, de pasión y de propósito. Nuestra tarea no es sustituirla, sino ayudar a que emerja, a que tome forma, a que encuentre cauces.
Aquí aparece un punto decisivo: el cultivo de la vida interior. Muchos jóvenes intuyen que dentro de sí hay una reserva de sentido, una presencia que sostiene, una fuerza que no es solo psicológica. Pero necesitan descubrirlo y aprender a cuidarlo con autenticidad, cultivando una vida interior de calidad: habitada, trabajada, capaz de sostener la vida. Sin esa calidad en la vida interior, la existencia se fragmenta y queda a merced de lo inmediato; con ella, en cambio, la vida se unifica, se orienta, adquiere hondura y libertad. Educar hoy implica también acompañar este proceso, ayudando a que los jóvenes accedan a una vida espiritual real, encarnada, que no evade la realidad, sino que la ilumina y la transforma desde dentro.
María Zambrano[1] presenta al maestro como un mediador, que ni trasmite contenidos ni impone su verdad, sino que, a través de su propio modo de estar en el mundo abre un espacio donde el alumno puede encontrarse a sí mismo y comenzar a formular sus propias preguntas. El maestro no es el que enseña algo, sino el que hace que el alumno sea él mismo, el que le ayuda a encontrarse. […] La acción del maestro es, sobre todo, una presencia. Los jóvenes necesitan este tipo de presencia: adultos cuya vida, más que sus discursos, les ayude a abrirse y suscite en ellos las preguntas fundamentales, acompañándolos en el delicado proceso de llegar a ser ellos mismos.
Por eso es tan importante la presencia: estar donde están los jóvenes, no como observadores externos, sino como compañeros de camino, al estilo de Jesús con los discípulos de Emaús. Si no estamos ahí, difícilmente los encontraremos. Esta es una llamada para todos –religiosos, laicos y laicas, educadores, comunidades- porque muchas veces basta una palabra sencilla nacida en lo más cotidiano, para tocar el corazón. No subestimemos el valor de un encuentro, incluso inesperado, con una presencia que escucha, acompaña y cree.
Al mismo tiempo, no podemos olvidar sus heridas. Hay jóvenes que, cuando hablan de sí mismos, utilizan palabras como vacío, pozo, cansancio… Es un grito silencioso que toca muchas vidas. A veces basta con una escucha paciente y atenta, capaz de mirar con respeto y sin juzgar. Existe una forma de estar que en sí misma ya es sanadora, porque hace sentir al otro reconocido, comprendido y acompañado. Cuidar, en definitiva, implica una cercanía que no fuerza procesos y un tiempo que sabe esperar a que la vida vuelva a brotar.
En este ambiente de pesimismo contemporáneo, a menudo asfixiado por el nihilismo, donde el miedo y la falta de horizontes parecen dictar las reglas, surge una pregunta que no podemos seguir esquivando: ¿dónde han quedado los grandes sueños? No estamos llamados a conformarnos con una existencia apocopada, construida desde el temor o el cortoplacismo de quien solo sobrevive al día siguiente. Nuestra misión como escolapios no es ofrecer respuestas que cierren el misterio, sino proponer una vida con mayúsculas, una que no tema a la inmensidad del futuro, y que la abrace como el escenario donde Dios sigue actuando.
Resulta imperativo recuperar aquella pregunta punzante que nace en el ámbito del liderazgo social: ¿a qué dedicarías las próximas 90.000 horas de tu vida? Esta cifra es una invitación a situar nuestra existencia ante un verdadero horizonte de sentido, lejos de la inercia que nos vuelve mediocres. Los jóvenes, en su búsqueda apasionada, necesitan preguntas que desafíen su audacia y su capacidad de entrega. Cuando vean en nosotros una existencia que se gasta con alegría por algo grande, se atreverán ellos también a un sueño fuerte que se forje con cada decisión vital.
De entre tantas preguntas y también fragilidades, hay una belleza que no podemos dejar de reconocer. No se trata de subrayar solo lo extraordinario, sino de dar luz a vidas concretas que, con sencillez, están llenas de sentido y compromiso.
Pienso en una joven de Barcelona que, tras un año de voluntariado en Tijuana, es hoy una maestra brillante en una escuela con alumnado de altas necesidades; en un joven de Budapest que crea una revista de pensamiento; en otro que compone una misa; o en el joven de Agboville que embellece nuestra parroquia con su arte; o en una joven de Buenos Aires que, después de una larga jornada como maestra, sigue educando como voluntaria en nuestro Hogar; o en los jóvenes de Zolochiv, en Ucrania, que, en medio de la guerra, permanecen fieles en su compromiso con las actividades de la comunidad escolapia (…).
(…) Pienso también en los tantísimos jóvenes que animan, organizan y sostienen grupos, especialmente en el Movimiento Calasanz o en las múltiples iniciativas sociales de nuestras presencias, como: en Itaka Escolapios, en Solca, en Camins Escola Pia… y pienso, junto a todos ellos, en tantos que eligen ser maestros o incluso dar el paso hacia la vida religiosa escolapia. ¡Qué alegría y qué responsabilidad!
A todos vosotros, jóvenes, os miro con admiración. Gracias por lo que sois y por lo que hacéis: en vosotros encontramos una fuerza que nos sostiene y nos impulsa.
Por eso es tan importante que se encuentren entre ellos, que se conozcan y compartan camino. Las redes que vamos tejiendo, a través del Movimiento Calasanz, de Alumni y de los espacios digitales, son verdaderos lugares de comunión.
El próximo Fórum de jóvenes, previsto para este mes de julio, quiere ser precisamente eso: un espacio donde puedan encontrarse, reflexionar juntos y crecer en liderazgo, pensamiento, vida espiritual y compromiso con nuestra misión. En las Escuelas Pías, el joven no es solo destinatario, es protagonista. Es sujeto activo de evangelización. Nos evangeliza con su búsqueda, y nos recuerda que el Evangelio es siempre joven, siempre nuevo, siempre en salida.
Quizá, al final, la pregunta más importante no sea qué hacemos nosotros por los jóvenes, sino qué estamos dispuestos a aprender de ellos. Porque, en muchos sentidos, son ellos quienes nos están mostrando el camino.
Esta realidad nos invita a reconocer, como nos recuerda el Magisterio de la Iglesia, que los jóvenes no son solo el futuro, sino el ahora de Dios[2]. En el contexto de las Escuelas Pías, esta mirada adquiere un valor especial: al acompañar su audacia y su búsqueda de sentido, descubrimos que el Espíritu actúa también a través de ellos, haciendo de su insatisfacción una fuerza creativa.
Como intuyó San José Calasanz, en la pequeñez y en el ímpetu de la juventud late una presencia que no solo necesita ser acompañada, sino que también nos transforma. Él mismo lo experimentó al afirmar que el abajarse a dar luz a los niños… es el camino más breve y más fácil para ser exaltado al propio conocimiento… y suele Dios dar ciento por uno[3]. En este sentido, el joven no es solo quien recibe, sino quien también evangeliza al maestro, introduciéndolo en la humildad y en la misericordia de Dios.
Padre bueno, danos un corazón joven para acoger su vida y su búsqueda.
Enséñanos a caminar con ellos, sin miedo, con esperanza.
Y haz de nuestras vidas un lugar donde puedan encontrarte.
Amén.
P. Carles, SchP.
Padre General.
San Pantaleo, Roma, 1 de mayo de 2026.
[1] Zambrano, M. (2007). La mediación del maestro. En Filosofía y educación: Manuscritos (pp. 121-128). Ágora
[2] Papa Francisco, Christus Vivit. Exhortación Apostólica Postsinodal sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, 25 de marzo de 2019, n. 178.
[3] José Calasanz, Opera Omnia, p. 234, carta de 19 de octubre de 1629.