Reflexión personal desde la 3ª generación de “Escuelas Pías en salida”

Acabo de volver de Benín. Fui como aprendiz y vuelvo con una certeza simple: “salir” no es ir lejos, es ir profundo. La experiencia me desinstaló por dentro: rezar en distintas lenguas, convivir con hermanos de culturas diversas y descubrir que la interculturalidad no es solo convivencia, es conversión. En el camino se me grabó otra intuición: el Espíritu actúa en la fragilidad; no cuando todo está claro, sino precisamente cuando no lo está. Y, como brújula, Santa Dorotea: cercanía concreta, aulas humildes, nombres propios e historias reales donde se gasta la vida.

Allá volvimos a lo esencial: cabeza–corazón–pies. Pensar críticamente para no confundir síntomas con causas; mantener la mirada caliente para no deshumanizar; y pisar territorio para no hablar desde el aire. También redescubrí un liderazgo fraterno que se cocina en lo simple: poner la mesa, recoger, escuchar, celebrar cumpleaños, aprender a decir “gracias” y “lo siento”. Ese compartir cotidiano terminó siendo nuestro lenguaje común y, muchas veces, un sacramento de fraternidad.

Con ese fuego llego a mi nueva misión: asumir la dirección de la Casa Hogar Calasanz en Veracruz. Hoy acompañamos a 9 niños, desde primaria hasta bachillerato. Somos un equipo pequeño y muy entregado; cada día intentamos que el estudio, la vida comunitaria, el acompañamiento socioemocional y la dimensión espiritual caminen juntos.

Aquí el método es el acompañamiento en lo cotidiano. Hacer vida con ellos: escuchar, jugar, estudiar a su lado, ser uno más. Los vínculos nacen en los pasillos y el patio: una tarea acompañada, un gol gritado, una pregunta a tiempo, un “¿cómo vas?” que no se queda en la superficie. El día se teje con pequeños rituales —la mesa compartida, la hora de estudio acompañada, el partido de la tarde, la oración sencilla antes de dormir— donde cada niño escucha con hechos: tu vida importa. También abrimos espacios para su voz: decisiones pequeñas, responsabilidades reales y una palabra que vale tanto como la del adulto.

Veo con claridad retos y bendiciones.

Retos: sostener una economía solidaria organizada (más redes y alianzas, menos improvisación); cuidar a los educadores con formación y descanso (para prevenir desgaste); y asegurar que lo pedagógico y lo espiritual se integren en la jornada, no como “dos departamentos”, sino como una sola experiencia educativa.

Bendiciones: la resiliencia de los niños, la cercanía de la comunidad local, y la red escolapia que nos recuerda que no somos isla, somos cuerpo.

De Benín me traje una consigna que quiero vivir aquí: el desahogo sin procesos no cambia nada, pero la misericordia organizada abre caminos. Nos quedamos con la tarea de crear espacios donde los más jóvenes puedan aportar, y los más experimentados acompañen sin sofocar. Menos queja, más puentes.

Vuelvo con una certeza sencilla: la misión escolapia se juega en lo pequeño. En un aula calurosa, en una mesa de comedor, en una asamblea con niños, en una reunión de

educadores donde alguien escucha de verdad. A veces vemos por “adverso” lo que nos es útil; dejemos que Dios lleve la barca y recibamos de su mano lo que viene. Benín me enseñó que “salir” no es ir lejos, sino ir profundo: al corazón del carisma, a las periferias del aula, a las causas de la pobreza, a los gestos que tejen comunidad. Eso quiero seguir haciendo. Con cabeza, corazón y pies. Y con la certeza de que cuando servimos juntos, crecemos todos.

Isaac Mendoza Sch.P.