Sobre la salvaguarda de los menores y las personas vulnerables en las Escuelas Pías
Queridos hermanos y hermanas en las Escuelas Pías,
Un paso en Madrid.
Hace pocas semanas, nos hemos reunido en Madrid representantes de todas las Demarcaciones de la Orden, y muchos Provinciales, para abordar juntos el tema de la Salvaguarda de los menores y de las personas vulnerables. Ha sido un encuentro denso, honesto y necesario.
El lema escogido (Escuchamos. Prevenimos. Cuidamos) sintetiza bien el espíritu con que queremos caminar. Somos conscientes de que en una semana de trabajo no resolveremos un tema tan hondo y complejo; no es posible concluir algo que, por su naturaleza, permanecerá siempre abierto, pero sí podemos (y debemos) dar un paso de gigante.
Recuerdo, al terminar una de las sesiones, un silencio profundo en la sala. Era el silencio de un peso apabullante, pero también compartido. No era la conclusión de una jornada más, ni un encuentro al que uno asiste, escucha ponencias y vuelve a casa. Este encuentro nos ha conmovido y nos ha cambiado; ha abierto un proceso, un paso de conversión que pide continuidad, compromiso que ahora debemos hacer crecer en nuestras Demarcaciones, en nuestras presencias, y en cada obra escolapia.
Esta Salutatio quiere ser una palabra fraterna y humilde sobre este camino que aún debemos recorrer juntos.
La herida y la verdad.
El abuso es la noche. Es el demonio de mediodía[1], el vacío interior, la desolación espiritual que quita toda alegría, aun en medio de la luz. Es devastador para las víctimas y sus familias, y deja heridas también en quienes convivieron o trabajaron cerca del victimario. Es una pérdida total, un sufrimiento que se propaga y alcanza a todos, también a la institución que lo sufre y lo lamenta. Sin embargo, solo acercándonos a esta realidad con justicia, compasión y humildad podremos iniciar la reparación y un cambio de cultura.
Escuchar, acompañar, pedir perdón y reparar son los únicos verbos que restauran.
No esconder nada. Nada puede ocultarse.
Sabemos que, en algunos momentos de nuestra historia, también entre nosotros ha habido sufrimiento, dolor y errores graves. La verdad no destruye la Iglesia; la purifica. La transparencia no debilita nuestra misión, la fortalece. El silencio, el encubrimiento o la minimización nos envenenan y nos hacen perder credibilidad ante los pequeños, ante la sociedad y ante el mismo Evangelio. Como recordaba monseñor Jordi Bertomeu[2]: Para las víctimas, lo primero es la justicia. No puede haber misericordia sin justicia.
Hace más de 400 años, Calasanz nos mostró el camino[3]: ponerse sin vacilaciones del lado de los pequeños, protegerlos y educarlos. Por eso fundó las Escuelas Pías, para que cada niño y joven encontrara un lugar seguro donde crecer, aprender y sentirse amado. La protección de las víctimas y la creación de entornos verdaderamente seguros no son una exigencia externa, sino una fidelidad absoluta a la misión calasancia[4]. Nuestra reputación no depende de la imagen que proyectamos, sino de la confianza que generamos cuando protegemos y educamos apropiadamente.
Una cultura del cuidado.
El Evangelio nos ha recordado siempre que los pequeños son el centro del Reino. Cuidar, proteger y acompañar a los más frágiles no es una tarea añadida a nuestra misión: es el corazón mismo de la vocación escolapia. Por eso, cuando se ha herido a un niño, se ha herido también el alma de las Escuelas Pías.
La prevención no puede reducirse a normas. Los protocolos son necesarios, pero no bastan. La salvaguarda no es un apéndice jurídico: es una cultura que cuida, una manera de entender la vida escolapia.
Por eso, distinguimos tres dimensiones inseparables:
- Promoción: generar una conciencia viva de respeto, responsabilidad y cuidado.
- Prevención: establecer equipos, estructuras, formación y procesos que reduzcan los riesgos.
- Intervención: actuar con prontitud y justicia ante cualquier señal de abuso, garantizando acompañamiento y reparación.
Esta labor necesita una aproximación científica[5], que nos ayude a identificar los factores de riesgo y las señales de alerta que pueden anticipar situaciones de abuso o de vulnerabilidad: el progresivo aislamiento, la falta de supervisión, la rigidez en las relaciones, la excesiva cercanía, la falta de límites adecuados, el abuso de autoridad o de confianza, y esa frase eso no es asunto tuyo, que pretende silenciar lo que pide ser dicho. Todos estos comportamientos, pequeños o grandes, son síntomas de un entorno que necesita vigilancia y acompañamiento. Todos somos responsables de todos. Debemos ser más atentos y asertivos en el cuidado mutuo.
Una red: nosotros.
Durante la semana en Madrid he vuelto a sentir que la Orden es una red viva, una comunión de comunidades, de personas y de obras que se sostienen mutuamente. Las Escuelas Pías no son una suma de Provincias; son un cuerpo, una trama de vínculos y responsabilidades, que solo cobra sentido cuando cada parte asume la responsabilidad del todo. La credibilidad de la Orden se juega en la coherencia de cada una de sus presencias.
Si una parte sufre, todo el cuerpo sufre. Lo que se hace bien en una provincia fortalece a todas; lo que se omite en un rincón del mundo afecta a la reputación y a la credibilidad de la Orden entera. No podemos permitirnos ese lujo. Este compromiso no es optativo. Afecta a cada provincia, a cada comunidad, a cada obra escolapia. Debemos actuar como una sola comunidad global. Nadie puede quedar atrás.
Humildad y verdad.
Humildad es una palabra fundamental en este proceso. La humildad no es debilidad, sino el valor de mirarnos como somos. Hemos de aceptar que el mal también ha habitado entre nosotros. La imagen de la Última Cena, con Judas, lo explica bien. Judas encarna el mal, pero era parte de los Doce. En algunas representaciones se le ha llegado a borrar del cuadro, pero cuando el arte lo conserva, es una lección de humildad: ya con Jesús, el mal estaba presente entre los suyos. Negarlo no nos purifica; aceptarlo con humildad nos hace más creíbles y dignos de confianza.
El clericalismo (como señaló la Royal Commission [6]australiana) ha sido una de las raíces más tóxicas de nuestras resistencias. Es la cultura de la distancia y del privilegio. Solo una comunidad humilde y fraterna puede curar esa herida.
La esperanza, se vislumbra el alba.
El abuso es la noche oscura y cerrada. Pero, como dice san Pablo, La noche está avanzada, el día se acerca[7].
No todo es oscuro. Al final de cada noche el alba despunta en el horizonte: es la esperanza. Esa esperanza no es ingenua, sino que nace del trabajo bien hecho, de la verdad asumida y del compromiso compartido.
No tengamos miedo. Estamos caminando hacia un día donde cada niño, cada niña, cada persona vulnerable pueda sentirse segura, escuchada y amada. Ese día se acerca.
Una llamada a la conversión.
Este camino no es un asunto administrativo, es un proceso espiritual. No hablamos de estrategia, sino de conversión. De mirar hacia adelante con responsabilidad, sin negar lo que fuimos, pero sabiendo que el Espíritu sigue actuando en medio de nuestras fragilidades. El perdón no cambia el pasado (…) pero puede cambiar el futuro[8].
Las Escuelas Pías en su conjunto están llamadas a una conversión pastoral profunda para ser signo de esperanza.
Si somos fieles a la verdad que cuida, podremos decir que las Escuelas Pías han dado un paso de gigante, no solo hacia la seguridad institucional, sino hacia la casa donde todos puedan vivir bien, crecer y sentirse amparados y amados.
Quiero expresar con especial gratitud mi reconocimiento al trabajo[9] del Departamento General de Protección del Menor, de las Comisiones de las Demarcaciones, y a todas las personas que han trabajado sin tregua por la Salvaguarda en la Orden, de manera discreta, perseverante y decisiva. Sé que es una tarea delicada, exigente y, muchas veces, ingrata. Pero es una de las más evangélicas que podemos asumir hoy: cuidar a quien fue herido, proteger a quien puede serlo, y educar en el respeto auténtico. La tarea continúa, el camino está trazado, y no caminamos solos.
Que San José de Calasanz, maestro de los pequeños,
nos enseñe a cuidar como él cuidó.
Y que María, Madre de las Escuelas Pías,
sostenga con su amor las heridas del pasado
y fortalezca nuestra esperanza.
Oremos juntos, como una gran comunidad escolapia,
por todas las víctimas, por quienes sufrieron y siguen sufriendo,
por quienes buscan justicia y consuelo,
y por una Iglesia más humilde, más verdadera y más capaz de cuidar.
Con afecto fraterno,
P. Carles Sch.P.
Padre General
[1] Ps 91, 6 (90), que rezamos en completes cada domingo.
[2] Desde 2018 investigador del Vaticano, junto al arzobispo maltés Charles Scicluna.
[3] Es propio del Instituto de las Escuelas Pías enseñar a los muchachos y particularmente a los pobres, muchos de los cuales por la pobreza o dejadez de sus padres no vienen a las escuelas ni aprenden oficio o ejercicio alguno, sino que van perdidos y ociosos y por tanto fácilmente se dan a diversos juegos, sobre todo a las cartas, y necesariamente cuando no tienen dinero para jugar han de robarlo primero en su casa y luego donde puedan, o bien lo encontrarán por otros pésimos modos. Para atajar desde el principio un mal tan pernicioso para la sociedad, los Padres de las Escuelas Pías se ofrecen a la fatigosa tarea de enseñarles.
San José Calasanz, Opera Omnia, vol. 9, p. 313, en Memorial en nombre del P. Dragonetti a favor de los niños pobres (1626).
[4] Para garantizar la seguridad de los niños y la integridad de su obra, Calasanz estableció normas muy estrictas y precisas para los maestros, especialmente para evitar cualquier indicio de mal ejemplo o de contacto inapropiado. Él mismo advertía que tales comportamientos serían una ruina inequívoca para nuestras escuelas.
San José Calasanz, Opera Omnia, vol. 9, p. 79, Declaraciones sobre nuestras Constituciones, Reglas y Ritos Comunes (1637).
[5] En este sentido, es fundamental consultar a organismos especializados, tanto eclesiales como civiles, que aportan conocimiento, comprensión y una lectura objetiva de los hechos. Resulta valioso el diálogo con asociaciones de víctimas, entes gubernamentales sobre el tema, conferencias episcopales que han desarrollado marcos sólidos, y centros universitarios o de investigación.
Entre muchos otros aportes, pueden mencionarse:
– Comisión independiente sobre los abusos sexuales en la Iglesia (CIASE). Les violences sexuelles dans l’Église catholique : France 1950-2020 — Rapport final. París: CIASE, 5 de octubre de 2021.
– Hervieu-Léger, Danièle; Schlegel, Jean-Louis. Vers l’implosion ? Entretiens sur le présent et l’avenir du catholicisme. París: Éditions du Seuil, 2022.
[6] Royal Commission into Institutional Responses to Child Sexual Abuse (creada por las instancias gubernamentales de Australia). Final Report. Volume 16. Religious Institutions. Book 2, Commonwealth of Australia 2017. https://www.childabuseroyalcommission.gov.au/final-report
[7] Nox praecessit, dies autem appropinquabit (Rm 13, 12)
[8] Papa Francisco, Spes non confundit, 23
[9] Que se puede consultar en la página web que el Departamento de Salvaguarda de la Orden ha puesto en línea https://scolopi.org/safeguarding.
O escribir en cualquier momento a protezione@scolopi.net.