La profesión de votos solemnes que realicé el pasado 25 de agosto, fiesta de nuestro santo fundador Calasanz, es el corolario de haber ido descubriendo el amor misericordioso de Dios a lo largo de mi vida. Se trata de un proceso a través del cual he podido constatar cómo ese amor ha permanecido siempre a mi lado, a pesar de mis limitaciones -o, mejor: a causa de ellas. Esa ha sido y continúa siendo mi experiencia vocacional.

Consagrar mi vida a ese misterio de amor, en el seno de la Escuela Pía, significa abandonarme a los brazos del Dios-Amor revelado en Jesucristo. La profesión solemne es, así, un compromiso para toda la vida; no es algo que se haga a la ligera. Es la proclamación de un querer configurarse cada día más al estilo de san José de Calasanz en el hacer propia la justicia y la solidaridad con los más pequeños.

Se trata, pues, de un viaje donde Dios es el camino, también es quien acompaña y el que genera experiencias. Un viaje por el que uno va transitando, hallando las iluminaciones para seguir en la senda, así como el tiempo para agradecer, soñar y construir. Todo ello va cobrando sentido desde el compartir ese amor de Dios que se va haciendo vida.

La profesión solemne es un sí que no se improvisa, sino que se va reafirmando en la cotidianidad de la vida compartida con los hermanos. Es una entrega para siempre a un Dios vivo, a alguien real que me sigue sorprendiendo y que me muestra detalles que me hacen ver claramente que él es parte activa en la construcción de su Reino.

En definitiva, entiendo la profesión de votos solemnes como un proceso de humanización que, desde la ternura y el amor, Dios ha realizado y continúa realizando en mí. El Señor, pues, me humaniza, me hace una persona más “real”. Aquel pasaje de Ezequiel (11,19; 36,26) donde el Señor afirma que cambiará los corazones de piedra por un corazón nuevo podría definir muy bien este proceso: de la esclerocardia a la misericordia (Giselle Gómez). Y lo conmovedor es saber que lo seguirá haciendo.

Albert Moliner Fernández