El miércoles 16 de julio por la noche, siguiendo la ruta calasancia, llegamos a Roma, la ciudad en la que nuestro Santo Fundador, encontró el mejor modo de servir a Dios, haciendo el bien a los pequeños. Fue tan así que en esta misma ciudad murió y en su casa de San Pantaleo encontramos sus restos, la reliquia más venerada para nosotros, sus hijos.
En estos días, bajo la guía del P. Ángel Ayala, postulador de la Orden, pudimos conocer la experiencia que vivió Calasanz; diez años viviendo en el palacio Colonna, cinco de ellos atravesados por el contacto con la pobreza y el abandono de tantos niños en el barrio del Trastévere. Hemos tenido la gracia de palpar la experiencia contrastante que vivió Calasanz, experiencia que lo llevó a elegir para sí mismo una vida de pobre, muy distinta a la que había llevado hasta entonces en el palacio cardenalicio. Y es así que hemos captado más a fondo las palabras de este santo, que, siendo doctor en Teología, llegó a decir que “la vía más breve para conocer a Dios es el abajarse a dar luz a los niños, y en particular a los que son como desamparados de todos”.
Al mismo tiempo tuvimos días de formación y reflexión con el P. Pedro Aguado, obispo de Jaca y Huesca, el P. General, Carles Gil, y el P. Josef Urban, asistente general. Hemos podido conocer más de cerca los nuevos desafíos que enfrenta la Orden, y los desafíos propios de la etapa que estamos por comenzar, de adultos jóvenes. También hemos profundizado en las implicaciones sobre unas Escuelas Pías en Salida y de cómo debemos centrar nuestra vida en Cristo, para poder llegar a ser, cada uno con su propia impronta, un nuevo Calasanz. Damos gracias a Dios por la posibilidad de vivir esta experiencia y le pedimos que dé frutos de santidad, para mayor gloria de Dios y utilidad de los niños, en particular de los más necesitados.
Diego Correa Pelaez, Sch. P.