Todavía resuenan en mi corazón aquellas palabras que dije “Sí, quiero, con la ayuda de Dios” cuando el Obispo de Huesca y Java, el Excmo. y Rvdmo. D. Pedro Aguado Cuesta me preguntaba durante el ritual para recibir la consagración diaconal. Recibir el diaconado no es alcanzar una meta, sino abrir una puerta nueva hacia una entrega que comenzó hace ya doce años. Al mirar hacia atrás, no puedo sino experimentar un profundo sentido de gratitud. Estos doce años de vocación escolapia han sido, en esencia, una escuela de amor donde Dios ha ido moldeando el barro de mi vida con una paciencia infinita.

Doce años de camino

Doce años pueden parecer mucho tiempo, o un suspiro. Para mí, han sido el tiempo necesario para entender que la vocación no es un proyecto personal, sino una respuesta a una iniciativa divina. Desde aquel primer «ven y verás», mi camino en las Escuelas Pías ha estado hallado a través de varias mediaciones de Dios.

Mi primer pensamiento de gratitud es para el Señor, el protagonista de esta historia. Pero Dios no me muestra el camino solo; lo hace a través de mis hermanos escolapios y mis formadores. En cada comunidad donde he estado, en cada etapa de formación, he encontrado hombres que, con sus luces y sus sombras, me han enseñado qué significa vivir «en comunidad para la misión». A ellos les debo la firmeza en la fe y la comprensión de que nadie se salva ni se santifica solo.

Sin embargo, mi vocación no se explica solo en los claustros o en los libros de teología. Se explica en el encuentro con las «personas sencillas». He encontrado a Dios en los niños y jóvenes que han pasado por mi vida en estos años, en sus preguntas honestas, en sus risas y en sus carencias. Ellos, los pequeños, los sencillos, han sido mis verdaderos maestros de humildad. En ellos he visto el rostro de Cristo que sufre y que espera, el Cristo que Calasanz nos enseñó a amar sobre todas las cosas.

El Tesoro y el Corazón (Mateo 6,21)

Hay un pasaje que me dio un significado nuevo en esta etapa de mi vida: «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21). Durante mucho tiempo, uno puede buscar su «tesoro» en el reconocimiento, en la seguridad personal o en el éxito profesional. Pero la vida religiosa tiene una pedagogía propia que me va despojando de lo accesorio.

He descubierto mi tesoro en las Escuelas Pías. No es un tesoro material, sino el tesoro del carisma calasancio: la alegría de servir a la comunidad y la urgencia de atender a los niños necesitados. Mi corazón ha encontrado su lugar de descanso y de lucha en el servicio a la infancia desfavorecida y en el anuncio del Evangelio a través de la educación. Cuando comprendes que tu tesoro es el Reino de Dios manifestado en la «Piedad y Letras», tu corazón se libera. Ya no late para sí mismo, sino al ritmo de las necesidades del mundo y de la Iglesia. El diaconado es la confirmación oficial de que mi corazón ya no me pertenece; le pertenece a Dios y, por Él, a los más pequeños.

El significado del Diaconado

Para la Iglesia Católica, el diaconado es mucho más que un paso previo al presbiterado. No es un escalón. Es un ministerio que permanece en la identidad del uno que lo reciba. La palabra diakonía significa servicio, y ese es el núcleo de este ministerio. El diácono está llamado a ser el signo visible de una Iglesia que no vive para sí misma, sino que se inclina, como Jesús en la última cena, para lavar los pies a sus hermanos.

El diácono sirve en tres dimensiones fundamentales: la Liturgia, la Palabra y la Caridad. Este ministerio es una llamada a la «periferia», a estar allí donde el dolor y la necesidad son más evidentes. En el diaconado, la Iglesia nos recuerda que todo poder en ella es servicio, y que la autoridad más auténtica es la que se ejerce con el delantal puesto.

¿Y cómo se traduce este significado eclesial en mi identidad como religioso escolapio? Para nosotros los escolapios, el servicio de la caridad tiene un nombre concreto “Educación Cristiana”. Mi diaconado se vive hoy, de manera muy especial, en las aulas de nuestro colegio de las Escuelas Pías de Alcalá de Henares. Actualmente, desempeño mi labor como profesor en esta casa. Mi tesoro está aquí, entre la tiza y los libros, en la capilla cuando tenga las celebraciones con los alumnos, en la catequesis, entre los compañeros y, sobre todo, entre los niños y jóvenes de Alcalá. Porque ahí está mi tesoro, puedo decir con total libertad que allí está mi corazón.

Por Robertus Meak