El pasado 21 de noviembre del año corriente fue ordenado nuestro hermano Gregorius Luan de Cristo Crucificado, junto con otros ocho diocesanos, en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, en la Ciudad de Betun, Capital de Malaka. Presidio la ordenación S.E. Monseñor Dominikus Saku. Asistieron en esta celebración unos 250 sacerdotes, tanto diocesanos como sacerdotes de congregaciones y Ordenes presentes en la diócesis de Atambua. Contados en dichos números nuestros hermanos sacerdotes escolapios de la Comunidad de Atambua (2), Kupang (2) y Dili (1). También acompañaron a nuestro hermano neopresbítero sus familiares, las madres escolapias y sus aspirantes de Atambua y nuestros aspirantes (6), novicios (5) y junior (1) junto a numerosos feligreses que en gran número tuvieron que seguir la celebración fuera del templo parroquial.
Acercándose al acontecer de la ordenación sacerdotal, puede afirmarse que todos los aspectos preparativos y celebrativos que la envuelven apunta a un encuentro de fe y tradición. No cabe ni la menor duda de que el sacramento que se va a recibir es un don inmerecido. Solo Dios quien capacita y santifica a los elegidos y convertirlos en sus sacerdotes según el orden de Melquisedec. Desde luego, cuando es consagrado se es sacerdos in aeternum. Por esta razón, previo a la ordenación los futuros sacerdotes son regalados momentos de intimidad con Dios en comunión eclesial en los ejercicios espirituales y el triduo.
No obstante, lo sacramental no se celebra fuera del medium que es el cuerpo cultural donde lo divino toca lo terrenal y lo convierte en un locus sacer. Dios se hizo carne y ocupó la carne humana. Así también la ordenación sacerdotal. El sacramento adopta las expresiones culturales del lugar y las hace suya. La cultura del lugar, a su vez, convierte lo sacramental en una parte esencial de su existencia.
Cuando la tradición y la fe se funden, generando una nueva expresión de fe encarnada en la cultura, suscitan en el pueblo santo de Dios una alegría tan desbordante que la ordenación sacerdotal se celebra con júbilo y solemnidad. Esta desbordante dicha encuentra su lugar en las expresiones propias del pueblo fiel de Malaka. La tarde del día 20 de noviembre fueron recibidos los futuros sacerdotes fueron recibidos en la entrada de la ciudad. Luego, cada candidato subió a un coche descapotable y fue conducido en procesión hacia la iglesia donde serían ordenados. A lo largo del camino, fueron recibidos con el saludo de manos y las aclamaciones del pueblo de Dios. En la puerta de la iglesia, se les dio una bienvenida tradicional, se les colocaron estolas ceremoniales en el cuello y se les acompañó con una danza likurai hacia el interior del templo. Posteriormente, se procedió con la ceremonia de bendición de los enseres litúrgicos de los nuevos sacerdotes. La propia celebración de la ordenación fue una simbiosis de la fe y la cultura. Desde los cantos litúrgicos, distintas danzas litúrgicas hasta los paramentos litúrgicos son una expresión de una fe encarnada.
La dicha del pueblo no terminó con las palabras ite, missa est. Estas palabras introducen a un nuevo episodio celebrativo. La santa misa se concluye en la mesa compartida donde cada gesto, cada palabra y cada plato servido es una expresión tangible de la misma alegría desbordante.
Todo el acontecer de la ordenación sacerdotal se concluyó con la Eucaristía de Acción de Gracias por el don recibido celebrada unos días después de la ordenación. Aquí otro elemento simbólico de trascendente significado digno de ser observado es el paso del neopresbítero por su casa de tribu. Como un héroe que acaba de conseguir una gran victoria por su pueblo, el recién ordenado es recibido y desfila hacia la casa tribal entre danzas y gritos de júbilo. Su entrada a la casa tribal para ser revestido con indumentaria y todos sus atributos para luego ser revestido de nuevo con los paramentos litúrgicos es una máxima expresión de gratitud y despedida. El nuevo sacerdote agradece a sus antepasados por la vida y la identidad cultural heredada y al mismo tiempo se despide de ella. Ya no pertenece a la casa materna (la casa tribal) sino es de Dios. Su vida, ahora en adelante, es una ofrenda continua a Dios para la santificación de su pueblo santo, educar evangelizando y evangelizar educando.