Este nuevo año 2020 se inicia con la alegría de conmemorar los 70 años de presencia escolapia en Managua, Nicaragua, la más antigua de la demarcación, después de Cuba y de León, que apenas el año pasado celebraba la misma fiesta. Esta conmemoración nos lleva a los primeros años de historia escolapia en Centroamérica, y nos permite contemplar la dimensión misionera del carisma escolapio, llamado a consolidarse y a crecer en medio de las dificultades. Aquella generación de hermanos escolapios, que salieron de sus tierras a llevar a Calasanz a los diversos rincones del mundo, lograron enfrentar muchas vicisitudes para hacer posible la educación y la evangelización de los más pobres nuestro continente.

Recordamos los inicios, en los que gracias a la visión y audacia del P. Joaquín Ferragud, llegamos a Managua, quien después de un año de presencia en León veía conveniente fundar en la capital ante la ausencia de congregaciones religiosas que pudiesen ofrecer educación y evangelización a los más pobres. Sólo los HH. De la Salle, hasta el momento, habían logrado ubicarse en esta ciudad, y era imperativo ubicarse en el lugar donde la mayoría de la población de Nicaragua vivía en situaciones de extrema y dura pobreza.

Pero este comienzo no fue nada fácil. La ubicación de la primera escuela se hizo “alquilando el colegio de Lourdes a los PP. capuchinos; era un viejo caserón de una sola planta, 2.400 metros cuadrados, que venía funcionando como «Escuela nacional Méjico»”[1]. Pero era importante iniciar, aunque fuese en un destartalado y viejo edificio. La presencia nace con más hermanos que se suman a la tarea, y ya en 1952 arribará el P. Bruno Martínez, quien encontrará en estas tierras “la mejor manera de servir a Dios” hasta su muerte.

Esta primera escuela va ampliándose, no sin las dificultades que ofrece un espacio tan pequeño para la gran misión que se impulsa, y muchas precariedades económicas que afectaban el desarrollo y crecimiento de la escuela. Cada paso se hacía con gran esfuerzo y tesón, como todos los inicios… ¡qué grande la gallardía de aquellos hombres, que dejaban las comodidades de su tierra y se lanzaban, mar adentro, a construir el sueño de Calasanz, aun en la mayor precariedad de vida!

La obra de Dios va consolidándose, ya decíamos, pero no sin dificultades. Cada vez son más los niños que llegan a nuestras aulas, y todo indica que la obra debe crecer, sin saber cómo. Junto a la precariedad, se da la tragedia: un terremoto azota a la ciudad de Managua el 23 de diciembre de 1972, y hace que toda la obra se derrumbe a los ojos de todos. En medio de los escombros entrega su espíritu, con olor a santidad, el P. Bruno Martínez, primer Superior Local y co-fundador.

En medio de las vicisitudes, sólo queda la convicción de que la obra de Calasanz debe continuar. Y así, los padres escolapios, junto a los colaboradores laicos, hacen posible que poco a poco pueda trasladarse aquella primera escuela a los terrenos que ya en sus inicios, en el kilómetro 11 ½ de la Carretera Sur, habían sido adquiridos por el P. Joaquín. Sin saberlo, aquellos terrenos que se encontraban en las afueras serían el espacio donde la escuela calasancia se consolidara y permaneciera hasta la actualidad.

Los años 80’s son tiempos de agitación y de conflicto, en medio de la lucha armada que asume la causa de los pobres y que traerá tiempos de desolación y muerte. Una vez más, la misión debe transformarse, los niños y los jóvenes en el exilio, apresados y asesinados, demandan nuevos desafíos que interpelan y nuevos planteamientos de la vida y la misión. En todo este tiempo, se mantiene la convicción de que las Escuelas Pías siguen siendo respuesta a las necesidades de un pueblo empobrecido y golpeado, por lo que los PP. Escolapios deciden continuar, en medio de la precariedad, la escasez y la violencia.

Mientras esto sucede, los PP. Escolapios no estuvieron ajenos a las necesidades de la Iglesia local, por lo que les veremos en diversas ocasiones asumiendo algunas parroquias, entre ellas Santa Clara, San Rafael del Sur, San Antonio, San José y San Sebastián. Destaca el trabajo en la Parroquia “Nuestra Señora de América”, asumida en 1974, con dos capillas, una con el mismo nombre y la segunda bajo la advocación de nuestro santo fundador, que aún hoy permanece en pie como testimonio del trabajo pastoral realizado por nuestros hermanos y las HH. Calasancias.

Más allá de los datos históricos, es importante subrayar lo que este acontecimiento dice nuestro presente y futuro. Comprendemos que mirar la historia es encontrar sentido al hoy, impulsar el mañana, asumir los aciertos y aprender de los errores. Considero que la celebración de este septuagésimo aniversario nos revela algunos aspectos fundamentales que destaco a continuación.

  1. La dimensión misionera de las Escuelas Pías: la Escuela Pía es, en germen, misionera. Esta dimensión, tan resaltada en la última Conferencia del Episcopado Latinoamericano (Aparecida, 2009) es constitutiva de nuestra Orden, y transversal en su inserción Centroamérica y Caribe. La Escuela Pía latinoamericana es, en esencia, misionera, y debe comprenderse como una plataforma de evangelización de los pueblos alejados de la fe, ausentes de toda esperanza y sentido de vida, o marcados por un fuerte sincretismo religioso que desdibuja los elementos centrales del Evangelio.
  2. Construir la Escuela Pía: no en vano, nos lo recordaba el P. General en su última visita a la Provincia. La misión de los Escolapios no es sólo educar y evangelizar, sino construir la Orden; consolidar lo existente y expandir, con audacia e inteligencia, nuestra presencia. Así lo hicieron nuestros hermanos, quienes desde los orígenes vieron la necesidad de llegar más allá, aún en la necesidad, para que la obra de Calasanz pudiera arraigarse.
  3. Profecía evangélica: en medio de las circunstancias más adversas, nuestros hermanos supieron alzar la voz profética que anuncia la posibilidad de un nuevo mundo que se construye desde los valores del Evangelio. Desde el silencio del aula y de la escuela, en el apoyo a la Iglesia local, en medio de los barrios pobres, supieron revelar de palabra y de obra que este mundo no es definitivo, y que la justicia de Dios, la paz y la misericordia llegarán a todos los pueblos.
  4. La necesaria audacia de los religiosos jóvenes: todos los religiosos, pero principalmente los más jóvenes, están llamados a vivir con audacia nuestra vocación escolapia. La audacia supone pasión por la misión, vivencia auténtica de la consagración, cultivo de la vida comunitaria, disposición para la tarea, entrega a los niños y a los jóvenes, ímpetu misionero, protagonismo en los grandes desafíos de la Escuela Pía y de la Iglesia latinoamericana. Llamados, por tanto, a superar el clericalismo y las formas acomodadas que busca instalarse en la Vida Consagrada y en el sacerdocio latinoamericano, que oscurece nuestro ser y quehacer, y que el mismo Papa Francisco denuncia: «Cuando falta la profecía, el clericalismo ocupa su sitio, el rígido esquema de la legalidad que cierra la puerta en la cara al hombre…”[2]
  5. La participación de los laicos: ya en sus inicios, y durante los períodos más críticos, los PP. Escolapios de Managua supieron hacer partícipes de la misión a los hombres y mujeres que deseaban vivir el Evangelio al estilo de Calasanz. Junto a ellos, pudimos llevar adelante la tarea de fundar y reconstruir la escuela, de ampliar y consolidar nuestra misión. Es, por tanto, constitutivo de sus orígenes la participación de numerosos laicos, algunos con Carta de Hermandad, y otros que desde el anonimato hicieron posible nuestra escuela de Managua.
  6. La inserción en la Iglesia local: la presencia escolapia de Nicaragua, y concretamente de Managua, ha estado inserta en la Iglesia local, respondiendo a sus necesidades sin sacrificar su propia identidad y misión. Es un reto, por tanto, la incorporación a la Iglesia desde lo que somos, en atención a sus necesidades, en consonancia con los proyectos diocesanos y las líneas provinciales y de Orden.
  7. Crecer en medio de la precariedad: La Escuela Pía está llamada a consolidarse y crecer, en medio de la pobreza asumida y valorada. Nuestros hermanos emprendieron, sin seguridades, en un mundo desconocido en el que sólo veían la necesidad de ofrecer el Evangelio. ¡Cuánta audacia hay en aquellos hermanos que sueñan con ir más allá, a pesar de las circunstancias, y lo hacen posible!

En la actualidad, las Escuelas Pías de Nicaragua está llamada a retomar los valores de su historia, para reconocer su presente y lanzarse al futuro. Y con ella, toda la Provincia entra en comunión para leer en esta historia, nuestra propia historia; hechos que determinan una manera de ser y de configurar el carisma en nuestros pueblos. En comunión con toda la Provincia y la Orden, pedimos al Señor que nos dé la fe, la esperanza y el amor, virtudes desde las cuales podemos seguir haciendo posible el carisma de Calasanz, a orillas y con la frescura del lago de Xolotlán, con sabor a nacatamal y gallo pinto, con la fuerza escondida del Momotombo, y con el ímpetu de sus hombres y mujeres que asumen “la reforma de la sociedad” como su sentido de vida.

“En medio del abismo de la duda
lleno de oscuridad, de sombra vana
hay una estrella que reflejos mana
sublime, sí, mas silenciosa, muda.

Ella, con su fulgor divino, escuda,
alienta y guía a la conciencia humana,
cuando el genio del mal con furia insana
golpéala feroz, con mano ruda.

¿Esa estrella brotó del germen puro
de la humana creación? ¿ Bajó del cielo
a iluminar el porvenir oscuro?

¿A servir al que llora de consuelo?
No sé, mas eso que a nuestra alma inflama
ya sabéis, ya sabéis, la Fe se llama”[3]

[1] GÓMEZ, J (1990). Managua (NI) Colegio Calasanz de San Sebastián, en Diccionario Enciclopédico Escolapio (DENES) I, Madrid: Publicaciones ICCE.

[2] PAPA FRANCISCO, Homilía del 16 de diciembre de 2013. En https://es.aleteia.org/2014/02/21/lo-que-opina-el-papa-francisco-sobre-el-clericalismo/ (recurso online)

[3] RUBÉN DARÍO (1879). La fe.

 

 

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