Al desatarse la actual pandemia Covid, algunos escolapios recordaron que también Calasanz tuvo que afrontar una pandemia, a las que entonces se les daba el nombre genérico de “peste”. Es la famosa peste del norte de Italia en los años 1630-31, que sirve de marco a la famosa novela de Alessandro Manzoni “Los novios”. Y, en efecto, Calasanz nombra la peste en unas 75 cartas, la mayor parte entre 1630 y 1631. No voy a hablar de ellas: quien quiera profundizar, puede ir a Scripta, e introducir en “escrito-texto” la palabra “peste” para realizar la búsqueda.

Sin pretender ser exhaustivo, yo he indagado en otras fuentes escolapias (principalmente los Anales del P. Bernardo Bartilk y el DENES, I y II) para ofrecer una referencia histórica de la actuación y los sufrimientos de los Escolapios a lo largo de nuestra historia a causa de la peste.

Aquella peste del tiempo de Calasanz no produjo muchos daños en la Orden. La única víctima cuyo nombre conocemos es el P. Domingo Pizzardo, de quien dice el DENES: “Fue destinado a Carcare; al parecer durante la peste bubónica, que acabó con la mayor parte de los carcarenses, se dedicó día y noche a atenderlos espiritual y materialmente hasta que cayó víctima del contagio, con otros cinco escolapios de dicha población”. Bartlik fecha su muerte el 4 de julio de 1630.

Pero la peste fue también ocasión para otros acontecimientos. El primero, menos conocido, es que el Papa Urbano VIII mandó encalar por dentro todas las casas de Roma, para disminuir los riesgos de contagio. Y así Calasanz tuvo que blanquear su habitación, cubriendo los hermosos frescos de tiempos de los Muti, con la historia de Moisés en el Éxodo, que quedaron cubiertos hasta el último arreglo de la misma, después de 1983.

Otra consecuencia fue que el primer Capítulo General, que debía haber sido celebrado en abril de 1631, fue primero pospuesto durante 6 meses, pero como la peste no cesaba, fue suspendido, y no se tuvo hasta 1637 (esperemos que no ocurra lo mismo con el que estaba previsto para 2021, y también ha sido pospuesto por seis meses…). Ya entonces se había impuesto el “confinamiento”, y no se permitía durante algunos periodos el paso de un estado a otro de Italia.

Pero esta peste fue también una oportunidad para que algunos escolapios se destacaran, además del P. Pizzardo y compañeros de Liguria. Hablando de Florencia, dice el DENES: “Por causa de la peste, que invadió la ciudad, las escuelas estuvieron cerradas desde septiembre de 1630 hasta noviembre de 1631. Los escolapios prodigaron sus servicios a los apestados con tal generosidad que les valió la estima del pueblo y la fama para sus escuelas. Después de una visita de los delegados del gran duque a las escuelas en 1632, se obtuvo licencia de poder llamar a cuantos religiosos fueran necesarios, en vez de los seis permitidos al principio”. De esta ciudad y esta peste escribe el P. Bartlik: “El P. Arcángel de la Natividad del Señor, de la familia de los Galetti de Castiglion Fiorentino, encendido en el amor al prójimo, no hacía nada que no oliera a piedad. En el año 1630 de nuestra salvación, cuando la peste oprimía a Florencia, ofreciéndose al servicio de los apestados se entregó a sí mismo en aquella mísera calamidad hasta el punto de, a falta de otros, llevar sobre sus propios hombros los cadáveres de los difuntos al sepulcro, por lo que le llamaban el padre de los apestados. Por aquel digno y famoso hecho y por otros actos heroicos mereció la suma benevolencia de Fernando II, Gran Duque de Toscana, hacia toda la Orden, por lo cual no sólo se dignó recibirla bajo su protección, sino que decidió propagarla y no sólo en Florencia, sino en toda Toscana”. Y todavía duran las buenas relaciones entre la ciudad y los escolapios.

No tuvo tanta suerte el P. Alacchi en Venecia. También él se dedicó a asistir a los apestados e, intuyendo que la peste se extendía por el suelo, se construyó una cabaña en un árbol. Cuando estaba ya a punto de conseguir la fundación en la ciudad, murieron de peste varios consejeros amigos suyos (que no dormían en árboles), cambió el gobierno, y el P. Alacchi tuvo que abandonar la ciudad en 1633.

Pero la peste en aquellos años no solo asolaba Italia. También en Europa Central causaba estragos. El P. Bartlik habla de la víctima más conocida entre los escolapios, el rector de Nikolsburg P. Ambrosio Leailth: “De la peste, que invadió Moravia, también había cartas que se lamentaban, principalmente porque convirtió en víctima al P. Ambrosio de Sta. María, superior de Nikolsburg. El P. Glicerio de S. Carlos describe su muerte con estas palabras: “El domingo pasado, 16 de octubre (1645), a la hora de la oración de la mañana, pasó de esta vida a la otra aquel Isacar de toda la ciudad de Nikolsburg, aquel celoso, aquel caritativo auxilio de los moribundos, aquel infatigable obrero de la religión, aquel óptimo religioso, palabra y columna de nuestra casa, el P. Ambrosio.”

Añade el P. Bartlik: “En Nikolsburg no había ningún sacerdote; tres hermanos operarios cuidaban de la casa. El clérigo Jorge de la Natividad de la Virgen agonizaba a causa de la peste”. Y da un detalle personal: “Reinando la cual (peste) yo vine al mundo (1646) después de que hubieran fallecido siete de mi familia a causa de ella”.

Pero la peste que más dañó a los escolapios fue la que atacó Italia en los años 1656-57, que causó numerosas víctimas y frenó la expansión de la Orden en el momento en que venía restaurada. Escribe el P. Bartlik del año 1656: “Apenas se redactaron esas cosas que hemos escrito hasta aquí para nuestro bien, la peste, mal universal, invadió Nápoles con los lugares de alrededor, Cerdeña, y Roma; y aunque se mostró cautela para defenderse contra este mal, no se pudo, sin embargo, a pesar de los prudentísimos remedios prescritos, evitar que la mayor parte de los nuestros murieran de la enfermedad citada.  Daré al menos sus nombres para conocimiento de la posteridad,  aunque no pude saber acerca de los novicios si habían hecho algo famoso en su vida.” Cita a continuación los nombres de las víctimas: en el colegio de la Duchesca de Nápoles, 14; en el noviciado de Nápoles, 12; en Norcia, 6; en Chieti, 11 (todos). En Cagliari fallecieron 13 escolapios más. En toda la provincia de Nápoles solo quedaron 30 religiosos; habían fallecido más de 40.

Y sigue el P. Bartlik: “En Roma al principio del mes de julio (1656) se cerraron las escuelas por mandato de Su Santidad, y aunque murieron quizás cientos en unos días, en nuestra casa de S. Pantaleo, en el Borgo y en el colegio (Nazareno) no murió nadie, excepto el hermano Nicolás, llamado de Cuneo, que fue llevado al lazareto de la isla (Tiberina), donde entregó el alma a su Creador. Se puede imaginar fácilmente cuánto perjudicó a nuestro nuevo estado un número tan grande de difuntos. Pues había muchas casas en las que faltaban sujetos a causa de la salida al siglo o el paso a otras órdenes, y he aquí que aquellas con las que se contaba que podrían ayudar, eran las que sufrieron un mayor daño a causa de la peste”.

El año 1657 la peste se extiende a Génova: “En el año presente a causa de la continuación de la peste en Génova y en Liguria fallecieron once de los nuestros. Entre todos ellos destacamos a los PP. Luis de Sta. Catalina, Jerónimo de San José, Juan Bautista de S. Bartolomé y Francisco del Stmo. Sacramento. Este último era italiano de Cárcare, y pronto al comienzo de la peste, inflamado por la salud de las almas, dejó de lado la salud del cuerpo y fue a trabajar a favor de los infectados de la peste en el lazareto de la Consolación, y allí, fatigado por el trabajo, y enfermo de la misma peste, pasó a mejor vida para recoger el premio de sus labores en junio, a la edad de 48 años. (…) Estos  cuatro padres citados pueden ser llamados víctimas de la caridad merecidamente, a los cuales por poco no se unió un quinto, el citado P. Gabriel, superior, pues estuvo enfermo de la peste del 19 de junio hasta el 15 de agosto. Pero parece que fue preservado por la protección especial de la divina providencia con el H. Juan Bª de S. José, operario, de la ruina que se instauraba en su casa. A quien se debe ciertamente, después de a Dios, el que, después de haber muerto tantos de nuestros religiosos, la casa de Génova recobrara su decoro y honor, y se introdujera más tarde una nueva comunidad. En la cual, después de ser purgada y fumigada por dicho padre con astillas odoríferas y aromas, para habitarla de manera más segura, a primeros de octubre se abrió también la iglesia, y volvió a celebrar los oficios divinos para el público”.

Por estas fechas la peste causaba daños en Polonia, según el P. Bartlik: “En Varsovia de Polonia murieron de la peste: el H. Feliciano de S. Primo y el P. Benito de S. Ignacio; el primero el día 10, el segundo el 19 de septiembre. (1660) De Polonia sabemos con seguridad que la peste todavía no disminuyó el furor del año anterior. Dan fe de ello los difuntos de Varsovia”. Y cita el nombre de otros tres religiosos fallecidos en 1661.

Cuenta el DENES: “En 1680 se declaró la peste en Schlan (Bohemia) pereciendo unas 400 personas; entre ellas muchos de los alumnos de la escuela de leer y también su maestro, H. Silvestre de S. Antonio Eremita, quien era además el auxiliar del lector de teología; se distinguió en la atención de los apestados el P. Matías de S. Francisco”.

La peste causa efectos colaterales, no siempre negativos. Dice el P. Bartlik: “Los motivos de la división y separación de las dos provincias (Germania y Polonia) parece que fueron en primer lugar la peste que había en aquel tiempo en Polonia, a causa de la cual no se podía pasar libremente de una provincia a la otra” (1662). Otro efecto, claramente positivo, fue la creación de la casa de Cracovia. Los escolapios habían intentado fundar en ella, pero la Universidad se oponía. Al extenderse la peste a Podolin, los escolapios fueron a refugiarse a Kasimierz, un suburbio de Cracovia, y allí siguieren hasta que se instalaron definitivamente en la ciudad.

Siguieron otras pestes afectando nuestras casas en el siglo XVIII. Hablando del P. Józef Strzelecki, dice el DENES: “Luego (1771) una peste dejó en pie acaso sólo una décima parte de los vivientes; fallecieron por ella tres Padres y un clérigo del Colegio, y su Rector Strzelecki ayudaba al pueblo desparramado por el campo, sometido al hambre y los hielos, con panes comprados o mendigados, hortalizas, vestidos”. Está hablando de la casa de Międzyrzecz Korecki, de la provincia de Lituania. “Los escolapios colocaron la efigie de Nuestra Señora de las Gracias, patrona especial en estos casos, en la fachada de la iglesia, para proteger a la gente de la peste”.

También en España se sufría de las pestes. Según el DENES, “En el año 1706 se propagó por Peralta una epidemia en la que murieron una cincuentena de personas, entre ellos el P. Jerónimo Zaidín, recién ordenado, «que solas 17 misas dijo». Los pocos religiosos que quedaban en Peralta tuvieron que ir a casi todas las casas, a confesar y acompañar a los agonizantes, sin que por ello se interrumpieran las clases”. En Jaca, “El primer año (1735) fue dramático. El P. Jericó narra en sus Noticias: enfermaron sucesivamente todos los religiosos, hasta llegar al estado de administrarles la extremaunción; el fundador y primer rector, P. Marcelino Pérez, falleció como consecuencia de la epidemia; la gente de la ciudad, se portó muy bien con los escolapios, atendiéndoles caritativamente”.

Hablando del P. Tomás Sáez, de Castilla, dice el DENES: “Empieza su docencia en Getafe y en Madrid se encontraba, cuando el cólera de 1865 invadió de una manera aterradora el colegio. El P. Tomás, así como fue respetado por la epidemia, lo fue también por la consternación general, consagrándose día y noche con incansable celo al cuidado de los enfermos”. Y al leer la historia del colegio de Igualada, encontramos: “En 1918, una epidemia generalizada de gripe causó gran número de defunciones cada día. Fue tan grave la situación que, el 20 de octubre, se organizó un día de rogativas a la Virgen de la Piedad, participando toda la ciudad. En los días sucesivos fue decreciendo el número de enfermos siendo atribuido a un especial favor de la Virgen”. Estamos ya en los tiempos de la famosa “gripe española”.

El último “mártir de la caridad” escolapio en la lucha contra la peste fue el P. Juan Figueras. Había sido enviado como fundador a Puebla de México en 1915. Dice el DENES: “Clero y religiosos desertaban de la ciudad ante los muchos peligros y casi quedó sólo el P. Figueras atendiendo a todos con riesgo de su vida. La peste invadió la ciudad y el P. Figueras murió cuidando apestados. Fue sepultado en el panteón francés y los católicos poblanos dedicaron una hermosa lápida «al mártir de la caridad»”.

Conclusión

Pienso que los casos citados solo son la punta visible del iceberg en la relación de los escolapios con la peste. Entrando a fondo en los archivos (no solo los nuestros) encontraríamos muchos más casos. Y es que la peste, las diversas epidemias, han sido siempre compañeras de la humanidad, afectando de un modo u otro nuestra evolución. Pero nuestra memoria (o nuestro conocimiento de la historia) es corta, y por eso creemos que “solo” ahora estamos viviendo una situación dramática.

Quiero destacar el hecho de que lo mismo que Calasanz “inventó” la escuela popular cuando esta no existía, en tiempos de peste, cuando no existían los servicios médicos que hoy conocemos, muchos escolapios (como otros religiosos) “inventaron” la asistencia a los afectados por la peste. De manera heroica, conociendo muy bien el riesgo que corrían. Y lo hacían seguramente con intención de “salvar sus almas”, prestando el servicio sacerdotal a los moribundos.

La peste, como tantas otras circunstancias, es un “problema”, pero también una “oportunidad”, para quien sabe aprovecharla. Ojalá nuestros predecesores pudieran enviarnos un SMS con algunos consejos para estas circunstancias difíciles que estamos viviendo. Posiblemente no se trataría de simples orientaciones metodológicas para seguir con una adecuada formación on line

José P. Burgués