Entrevista con el P. Carles Gil i Saguer, Sch. P., Superior General de la Orden de las Escuelas Pías (Escolapios), grabada el 6 de febrero de 2026 durante la Visita canónica en la Provincia de Hungría
—Para empezar con una pregunta amplia: llegando al final de la visitación general, ¿qué impresión tiene sobre la realidad escolapia de Hungría?
—Primero, quiero agradecer al Provincial porque verdaderamente había preparado muy bien la visita, con equilibrio: yendo a lugares donde nos encontrábamos con más maestros y a lugares donde hablábamos con padres y madres de familia. En fin, ya se percibe incluso en el calendario que ha sido una visita muy bien pensada y preparada.
La hemos gozado mucho; la hemos disfrutado, porque esto nos ha permitido conocer, no tanto la extensión de la Provincia, sino su profundidad. Esta vez no se trataba de saltar de ciudad en ciudad diciendo tan solo “hola”, sino de ir de presencia escolapia en presencia escolapia. Y cada vez que hemos estado en algún lugar, cada vez que hemos tenido una reunión, hemos hablado con gente preparada: no solo preparada para la reunión, sino con un día a día bien pensado, bien trabajado. Esa es la gran impresión.
—Durante su estancia habló con muchas personas sobre la presencia de los escolapios en otros países y continentes, así como sobre algunos nuevos proyectos y planes para fundar nuevos centros. ¿Cómo ve usted la inserción de la Provincia de Hungría dentro de la comunidad escolapia universal?
—En primer lugar, la comunión en la Orden, para nosotros, es fundamental. Por eso insistimos tanto en algo muy concreto: seguirnos mutuamente, seguir nuestras publicaciones, para ver dónde hay vida; es decir, dónde la vida escolapia está emergiendo porque hay más vocaciones, o porque estamos trabajando la pedagogía de una forma muy concreta, y también para tener ejemplos.
Creo que el papel de la Provincia de Hungría puede ser diverso, puede ser de apoyo, por ejemplo, compartiendo conocimiento. Es una provincia centenaria. Es una provincia que ha tenido grandes escolapios y que continúa teniendo grandes escolapios, con laicos muy sólidos y comprometidos, al compartir temas de pedagogía o de pastoral.
El segundo aspecto es, literalmente, ayudar a fundar, por ejemplo, porque comparte algunas de sus personas: ya sea porque algunas pueden ser enviadas a algún lugar —y esto, últimamente, la Provincia de Hungría lo ha hecho—, o ya sea porque algunas personas colaboran en proyectos internacionales. Pienso, por ejemplo, en el proyecto Alumni, en el proyecto Calasanz, y también en la sostenibilidad integral, ámbitos en los que hay una implicación muy directa de la Provincia de Hungría. Yo creo que aquí podemos percibir cómo la Provincia de Hungría está muy conectada con la Orden.
Respecto a las fundaciones, quisiera añadir un matiz. Y esto he intentado subrayarlo: no solo fundamos en lugares nuevos, como puede ser Asia o África; también fundamos en Europa. En los últimos diez años, en Europa hemos fundado más de diez colegios nuevos. Es decir: en Europa hay vida; en Europa estamos fundando en ciudades nuevas.
Podemos fundar porque tenemos proyectos nuevos, y la Escuela Pía de Hungría funda porque tiene proyectos nuevos de pastoral, de un abordaje más social. Y la Escuela Pía de Hungría funda porque se repiensa a sí misma. Eso es lo que, hace unos 20 o 30 años —en los años noventa—, llamamos la refundación: repensarse otra vez para poder responder mejor a las necesidades. Por tanto, Europa funda porque hay nuevos proyectos sociales y pastorales, y Europa funda porque puede repensarse.
—A lo largo de la visita hemos recorrido ocho presencias, además del centro de las hermanas, que legalmente no pertenecen a la Provincia, pero también comparten el carisma. Así, ha podido conocer diferentes tipos de servicios: desde los más pequeños hasta los universitarios; colegios de alto nivel y proyectos educativos para niños también en situación de desventaja; parroquias, pastoral universitaria… todo. Y, a la luz de todo eso, ¿cómo definiría la misión de la Provincia húngara?
—La primera palabra que me viene a la cabeza es viva. La misión de la Provincia escolapia de Hungría está viva, y esto es fundamental, porque es una palabra altamente evangélica: el Señor viene para dar vida. La Provincia de Hungría existe para dar vida —como has comentado muy bien, por cierto— a niños, jóvenes, alumnos, adolescentes y familias.
Hay proyectos interesantísimos, como el extraescolar, por ejemplo, de Sátoraljaújhely. En fin: campos de trabajo, campos de verano… tantísimas cosas.
Y esto permite subrayar que hoy, en el año 2026, y también en el futuro, la Provincia de Hungría tiene que pensarse de forma integral. Tenéis la suerte de vivir en un país que no es tan grande como Brasil, y eso significa que la distancia entre comunidades y presencias no es tan grande. Aprovechémoslo. Pensémonos como Provincia. Eso permite que podamos complementarnos mucho más.
A lo mejor, por historia, por edificios, por inmuebles, hay comunidades o colegios que no pueden dar más de sí; es decir, que quizá solo ofrecen la parte más educativa, sin poder ofrecer la parte social, por ejemplo. Puede ser por la historia, por la sociología o por el tipo de colegio. Pero, sin embargo, si pensamos la Provincia como un todo, si nuestro sentimiento no es solo lo local, sino lo provincial, vemos cómo se puede compensar: en el colegio donde es posible, se puede ser más social; y donde hay parroquias, trabajar mejor la pastoral.
Entonces, yo creo que la gracia de pensar como Provincia es la gracia de encontrar un mayor equilibrio en los tres grandes pilares escolapios, que son lo educativo, lo pastoral y lo social.
—En otra ocasión dijo que la identidad escolapia naturalmente nace del carisma calasancio, pero que también está en continua evolución. Por eso tenemos formas de expresión muy diversas. Entonces, ¿cómo resumiría hoy esa identidad escolapia?
—Mira, pues con dos palabras. Primero, el fenómeno de actualizar la identidad o —como diría la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II— hacer un aggiornamento; a mí me gusta llamarlo fidelidad creativa.
Fidelidad porque, por supuesto, somos escolapios. Entonces, no tiene ningún sentido pensar en ningún tipo de comunidad, proyecto o programa que no sea escolapio. Si hacemos algo, tiene que responder al carisma escolapio, pero adaptado especialmente con dos parámetros: el tiempo y la localidad; y también con lo sociológico, lo macroeconómico y la pobreza. Por tanto, hace falta mucha creatividad: la habilidad de adaptar el carisma manteniendo la fidelidad al carisma escolapio.
Y el carisma escolapio, fundamentalmente, consiste en entender muy bien cuáles son las necesidades socioeducativas, existenciales y de fe de los niños, las niñas y los jóvenes, y dar una buena respuesta. José Calasanz fundó el primer colegio, Santa Dorotea, dando respuesta a una necesidad. En ese sentido, los escolapios tenemos un carisma muy sensible a las necesidades, y tenemos que entender muy bien qué está pasando: escuchar a las personas, a las familias, a los pueblos, al Pueblo de Dios, a los adolescentes… para comprender sus necesidades, su sed espiritual, por ejemplo, y poder ofrecer una respuesta.
El carisma escolapio es un carisma que, de forma centenaria, se expresa en tres caras: la educativa, la pastoral y la social. Porque lo que quiere es dar respuesta a esa necesidad a través del mundo educativo —que puede ir desde una residencia hasta una escuela o una universidad—; a través de lo social —mediante un programa, desde uno simple de becas hasta el voluntariado, un proyecto más sofisticado o un proyecto de mentoría—; y a través de lo pastoral: por medio del Movimiento Calasanz, que es un proyecto muy querido para los escolapios, pero también a través de las parroquias, de liturgias cuidadas, de oraciones y de Eucaristías donde los alumnos puedan sentirse en presencia de Dios, que es lo fundamental.
—Entonces, como ya hemos mencionado, hemos visto diferentes tipos de servicios. Usted siempre expresa que considera muy valioso lo que una comunidad está haciendo, sea un colegio para élites u otro tipo de centro. Pero ¿hay algún tipo de servicio al que conceda una importancia especial y que considere prioritario fortalecer o impulsar más activamente?
—Sí, por supuesto. Pero quizá no es tanto que yo lo considere prioritario, sino que Calasanz lo considera prioritario. Porque hablamos precisamente de carisma y, lógicamente, de cómo lo interpretamos y de cómo lo adaptamos.
Si nos acercamos a Calasanz, vemos que tenía como dos grandes prioridades. Cuando hablamos de Calasanz, hablamos del santo; cuando hablamos de los escolapios, hablamos de toda la Orden y de toda su historia. Entonces, estas preferencias de Calasanz —propias del fundador— también son, lógicamente, preferencias escolapias en toda la historia y en los más de 40 países donde está presente la Orden: la preferencia por los más vulnerables.
Y no siempre hay una respuesta fácil para esto; pero que no haya una respuesta fácil no significa que no debamos planteárnoslo continuamente. El reto de cómo damos una respuesta digna a los más vulnerables, a los más pobres —dicho rápidamente—, tiene que martillear recurrentemente nuestras reuniones, nuestros claustros, nuestros capítulos provinciales. No podemos “dar carpetazo” y cerrar, de una vez por todas, el tema de la pobreza, el tema de los más vulnerables o el tema de las nuevas periferias, que no son solo pobrezas materiales, sino periferias.
El papa Francisco hablaba de periferias existenciales: los problemas psicológicos y emocionales de muchos adolescentes, o las necesidades educativas especiales que requieren inclusión. Todo este mundo de la gran periferia tiene que estar de forma recurrente en nuestras mesas; y me atrevo a decir que incluso tiene que molestarnos un poquito, porque nunca podemos dar una respuesta del todo adecuada. Y cada año, o cada cuatro años, cuando nos repensemos, tiene que espolearnos, tiene que aguijonearnos, tiene que hacernos caminar hacia adelante. Ese es el gran tema de la pobreza y de lo social.
Y el segundo gran tema, la segunda gran preferencia escolapia, es presentar y cuidar la piedad, es decir, la vida espiritual para los niños, las niñas y los jóvenes, y también para las familias. ¿Cómo podemos ofrecer una participación en la vida cristiana a las familias, a los laicos o a los maestros que trabajan con nosotros?
Por eso, últimamente, por ejemplo, hablamos de comunidades cristianas escolapias, donde nos reunimos para rezar, para celebrar la Eucaristía… La gran comunidad escolapia está formada por alumnos, maestros, escolapios religiosos, escolapios laicos, exalumnos y, por supuesto, los jóvenes del Movimiento Calasanz.
Y también, más en concreto —y especialmente en Europa—, está la cuestión de cómo encontrar el lenguaje oportuno. Estamos sintiendo que en Europa hay una sed espiritual, y que a los jóvenes les falta vocabulario para expresar sus ganas de crecer espiritualmente. ¿Cómo encontramos la liturgia adecuada? ¿Cómo encontramos las palabras adecuadas para dar respuesta, fundamentalmente, a esta sed?
—Muchas personas hablan de manera muy pesimista de la realidad actual. Hablan de la disminución de las vocaciones con nostalgia del pasado; están tristes porque las estructuras que teníamos antes ya no funcionan. Sin embargo, al escucharlo a usted, siempre transmite entusiasmo y esperanza, y habla más bien de oportunidades que de crisis. ¿Cómo ve entonces el futuro de las Escuelas Pías?
—Hombre, es que me parece que esto es un principio casi vital, existencial, antropológico, que es fundamental. El pasado nos tiene que alimentar. El pasado nos alimenta con experiencia; nos nutre de tradición, de lo que queremos comunicar y compartir con las nuevas generaciones. El pasado permite que tengamos colegios tan bonitos y centenarios, por ejemplo.
Entonces, el pasado es fundamental, pero, lógicamente, no podemos vivir anclados en él. Por eso, por ejemplo, hablaba de fidelidad creativa. Nuestra vida es el presente. Y me parece una ingenuidad —con todo el respeto— mirar con mucha nostalgia el pasado, porque no suma nada. El pasado tiene que ilustrarnos, tiene que darnos conocimiento y tiene que ser como un trampolín que nos ayude a vivir mejor el presente.
Y en el presente tenemos una serie de condiciones. A lo mejor tenemos menos vocaciones, estadísticamente, que hace un tiempo; de acuerdo. Pero, muy afortunadamente, tenemos laicos muy comprometidos, que se sienten muy escolapios, muy escolapias. Quizá en el pasado esto existía menos, y ahora ya tiene su lugar. Tenemos maestros competentísimos.
¿Y por qué tengo esperanza? A mí me gusta más hablar de esperanza que de optimismo; de hecho, “optimismo” lo uso mucho menos. Fundamentalmente porque la esperanza es una virtud teologal y el optimismo es tan solo una forma de ver las cosas.
¿Y por qué tengo esperanza? Porque paseo por los colegios, porque escucho a los claustros, porque hablo con los jóvenes alumnos y, cuando hablo con ellos, pienso: «Esto irá bien». Cuando hablo con los jóvenes de último año, de bachillerato, de otros centros, y veo lo despiertos que son; cuando hablo con los jóvenes monitores del Movimiento Calasanz y veo las ganas que tienen, el tiempo que ofrecen, cómo se apasionan por hacerlo crecer; cómo son listos, cómo estudian en buenas universidades, cómo seguramente tendrán buenos trabajos y, sobre todo, cómo son buenas personas… esto va a funcionar.
Buena gente con talento, buenas personas, en un buen contexto, en una tierra fértil: esto va a funcionar. Es como una fórmula, casi una ecuación de éxito.
—Yo pensaba al inicio que la visita general era, más que nada, un encuentro administrativo sobre temas de organización y economía; sin embargo, el centro de estos días han sido claramente las personas y las comunidades: los rostros, los encuentros personales.
—Me gusta mucho que lo detectes, que lo subrayes y que lo plantees en forma de pregunta. Lógicamente, en la Congregación General se dan como tres cosas.
La primera es que, según nuestras reglas, las visitas canónicas también las hace el Padre Provincial. Y el Padre Provincial ya está realizando una visita canónica muy completa a la Provincia de Hungría.
La segunda es que la comunicación con el Provincial es muy fluida. Con el P. Víctor Zsódi hablamos cada semana. Digamos que la información que tenemos es constante y recurrente. Además, han preparado muy buenos informes. La parte del trabajo más administrativo, más estadístico o más de validación ya se hizo previamente. Y si alguna vez hubo algún problema, ya lo hemos tratado o lo seguimos tratando.
Y la tercera: con la Congregación Provincial, lógicamente, tratamos todos los temas, al principio de la visita y también al final. Dicho esto, una vez que podemos aparcarlo —porque ya lo leímos, porque ya lo tratamos o porque lo podemos resolver de forma más fluida a lo largo del año—, podemos centrarnos en lo que nos parece fundamental.
En la Orden hay una Clave de Inspiración que se llama Sostenibilidad integral, y el primer elemento de esta clave son las personas y su liderazgo. Esa es la razón de la visita: las personas. Son el factor clave para que las cosas sucedan.
El Movimiento Calasanz no podría existir sin los monitores, sin los líderes adecuados, sin los responsables adecuados. Estos colegios bien llevados, estos equipos directivos animados —que no se rinden ante los retos, que quieren construir—, son buenos porque tienen buenos directores y directoras, a quienes hemos conocido. Y la Congregación Provincial va animando e inspirando a todos: a los responsables de pedagogía, de pastoral, de economía…
Las personas son clave; y las personas especialmente clave —muy, muy clave— que hay que cuidar son los maestros. Ya no hablo de los alumnos; ni siquiera lo menciono, porque es lo más básico. Existimos por los alumnos. Lógicamente, no tiene sentido ningún colegio si no es por los alumnos. Son tan fundamentales que casi los doy por supuesto: los alumnos son el primer rostro, el rostro fundamental.
Por eso hemos querido entrar en las clases. En cada colegio que hemos visitado, en cada proyecto social que hemos visitado, en cada residencia que hemos visitado, hemos dicho “hola”, hemos saludado a los alumnos y a los participantes; pero a quienes hemos querido apoyar de manera muy directa y animar han sido los maestros: la persona que está con los alumnos en el aula.
Esa relación tan personal maestro‑alumno es una relación preciosa; y queremos animar mucho a los maestros, porque gracias a ellos se da el aprendizaje, gracias a ellos se da el crecimiento integral de los alumnos. Por eso queremos estar cerca de ellos: queremos hablar con ellos y conocerles.
—Durante la visita se encontró con el nuncio apostólico y con el cardenal. Pudo dialogar también con dos obispos de Transilvania, además de dirigirse a religiosos y responsables de movimientos espirituales. ¿Piensa que esta visita ha dado también frutos a nivel relacional o diplomático?
—Tengo que agradecer todo eso al Padre Provincial, porque nosotros damos mucha libertad a los provinciales para que —en coordinación con nosotros, pero siendo ellos los principales responsables— piensen, sueñen y, dentro del marco que ofrecemos para el perfil de la visita canónica, la construyan. Entonces, ha sido el propio Provincial, con su equipo, quien ha pensado que sería interesante hacer todo esto. Y yo lo he agradecido muchísimo, por dos razones fundamentales.
La primera es porque es bonito poner de relieve la visita canónica, no por el Padre General que viene a visitar —no por la persona—, sino por sentirnos en comunión de Orden, para que se haga más visible que somos una Orden en cuatro continentes y todo lo que implica ser Orden. Creo que esto es bueno.
Pero la segunda razón —quizá todavía más importante— es que somos Iglesia. Los escolapios somos Iglesia y nuestra propuesta es trabajar y vivir con mucha comunión con la Iglesia, fundamentalmente con la Iglesia local, a través de su pastor, que es el obispo. Y en cada reunión —tanto con Mons. Banak, el Nuncio, como con Su Eminencia el cardenal Péter Erdő; con el arzobispo Gergely Kovács o con Mons. Jenő— hemos terminado ofreciéndonos y diciendo que estamos a su disposición. Y la frase ha sido siempre la misma: “Somos Iglesia; Su Excelencia / Su Eminencia, nos ponemos a su disposición.”
—Dicho todo eso, para mí ha sido evidente que el encuentro con los jóvenes ha sido una prioridad para usted. Creo que, en coherencia con su identidad de escolapio y educador, se le veía a gusto entre los niños en el colegio, en todos los niveles. ¿A qué los ha animado? Lo pregunto porque ellos lo escucharon, pero hay muchos estudiantes que no estaban presentes. Entonces, también quisiera preguntar: ¿cuál es su mensaje para aquellos con quienes no pudo encontrarse personalmente?
—Me gustaría empezar respondiendo al principio de tu pregunta: tanto Jacek como yo somos escolapios y, por tanto, nuestro lugar natural es el aula, la parroquia, el grupo, la institución socioeducativa, el hogar, la universidad…; en fin, todas aquellas plataformas de nuestro ministerio en las que estamos cerca de nuestra razón de ser, que son los niños, las niñas, los jóvenes y también sus familias.
Es verdad que el servicio nos lleva a otros lugares, pero cada vez que tenemos la oportunidad de reencontrarnos con lo fundamental, lo disfrutamos mucho.
Y el mensaje que les ofrecemos, especialmente en Hungría, es, fundamentalmente, que aprovechen esta gran oportunidad. Viajando como viajamos por el mundo y viviendo en entornos muy complejos —por políticas, por dictaduras, por enfermedades, por algunas pobrezas, por algunas restricciones, por cierto tipo de Estados—, tener la oportunidad maravillosa de contar con colegios bonitos, centenarios, con maestros competentes e identificados con los escolapios, que están presentes y acompañan, es algo realmente valioso. Es un terreno fértil para poder crecer. Que aprovechen la oportunidad para crecer.
Lo segundo —y esto se lo digo a veces como una pequeña broma, pero me gusta recordarlo— es que, en griego, la palabra escuela (en español; en inglés funciona un poco menos) viene de scholé, que significa “lugar donde me lo paso bien”, “lugar de recreo”. Y también tienen derecho a ser felices. El colegio no es una academia donde solo aprendemos. El colegio es un lugar donde construimos amigos, construimos familia y somos felices. Pasamos mucho tiempo en el colegio: hay que gozar el colegio, hay que estar alegres en el colegio. El colegio tiene que tener un tono vital, alegre; si no, es menos colegio o, al menos, es un poco menos colegio escolapio.
Creo que una cosa es el rigor académico. El rigor académico no tiene por qué ir unido a la seriedad. Me parece un error entenderlo así. El rigor puede darse también con alegría, y ambos pueden convivir. Tenemos derecho a la alegría, a esa alegría evangélica, en el colegio.
Y lo tercero que les diría es que, cuando acaben las etapas, intenten mantener sus comunidades. Por ejemplo, tenemos un proyecto precioso: el Proyecto Alumni, que ahora es un proyecto mundial. Se trata de ofrecerles, invitarles a que todo lo que han vivido lo puedan, de alguna forma, mantener. Se acaba la etapa escolar, pero no tiene por qué acabarse la relación con los escolapios.
En resumen: que aprovechen estas oportunidades para crecer integralmente; que vivan con alegría su etapa escolar, porque lo merecen y deben hacerlo; y que deseamos —y les invitamos— a continuar esta bonita comunidad a través de un proyecto tan potente, internacional y global, como es el Proyecto Alumni.
—Muchas gracias por haber pasado este tiempo con la familia escolapia húngara; por los momentos compartidos; por haber animado a todos, desde los más pequeños, pasando por los colaboradores y miembros de la Orden, hasta los dirigentes. Buen viaje a las tierras de nuestros hermanos en otros países.
—Muchísimas gracias. Y termino con una bendición, que es la mejor forma de acabar un encuentro: desear el bien a los demás a través de la intercesión, en este caso, de San José de Calasanz.
Pedimos al Padre bueno, al Padre lleno de bondad, que bendiga vuestras vidas, vuestras familias, vuestros colegios y vuestros maestros; y que podáis acudir también a Calasanz cuando lo necesitéis.
Un abrazo enorme.